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Biografías de sacerdotes santos
El Papa puso como ejemplo a dos sacerdotes santos
| Ciudad del Vaticano, 29 Abr. 10 (AICA) | ||
El Santo Padre Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general del último miércoles a dos sacerdotes italianos: San Leonardo Murialdo (1828-1900) y San José Benito Cottolengo (1786-1842), "ejemplares en su entrega a Dios y en el testimonio de la caridad, vivida en la Iglesia y para la Iglesia, con los más necesitados".
San Leonardo Murialdo, tras superar en su juventud una profunda crisis espiritual, se hizo sacerdote en la Turín de San Juan Bosco, que lo apreciaba mucho y gracias a él, entró en contacto con "los graves problemas de las clases más pobres, desarrollando una profunda sensibilidad social, educativa y apostólica, que lo llevó a dedicarse a una variedad de iniciativas para los jóvenes", explicó el Papa. "En 1873 fundó la Congregación de San José, cuyo fin apostólico fue desde el principio la formación de los jóvenes, especialmente los más pobres y abandonados", agregó el Santo Padre, haciendo hincapié en que "el núcleo de la espiritualidad de Murialdo es la convicción del amor misericordioso de Dios: un Padre siempre bueno, paciente y generoso, que revela la grandeza y la inmensidad de su misericordia a través del perdón". San Leonardo, "subrayando la grandeza de la misión del sacerdote", que "debe continuar la obra de la redención, siempre recordaba, a sí mismo como a sus hermanos, la responsabilidad de una vida coherente con el sacramento recibido". Ese mismo "espíritu de caridad" distingue la vida y la obra de San José Benito Cottolengo, fundador de la obra "Pequeña Casa de la Divina Providencia", también llamada "Cottolengo". El santo, ya desde muy joven, "mostró gran sensibilidad hacia los pobres"; después de años de ministerio sacerdotal fructuoso, el encuentro con una joven enferma, madre de cinco hijos y a la que tuvo que asistir en la muerte, cambió su vida. "El Señor siempre pone señales en nuestro camino para guiarnos, conforme a su voluntad, a nuestro verdadero bien", observó el pontífice. Desde aquel momento, San José "utilizó todas sus capacidades para dar vida a iniciativas de ayuda a los más necesitados, sabiendo involucrar en su empresa a decenas de colaboradores y voluntarios para afrontar juntos y superar las dificultades que se presentaban. Todo el mundo en la Pequeña Casa de la Divina Providencia tenía una tarea específica. Sanos y enfermos compartían las tareas diarias. Incluso la vida religiosa se organizaba de acuerdo con las necesidades y exigencias particulares". "Para los pobres y necesitados, San José fue siempre, como él mismo se definía, "el albañil de la Divina Providencia", recordó Benedicto XVI. "Estos dos sacerdotes santos -concluyó el Papa- vivieron su ministerio en la entrega total de su vida a los más pobres, a los más necesitados, a los últimos, encontrando siempre la raíz profunda, la fuente inagotable de su acción en su relación con Dios, buscando en su amor la profunda convicción de que no es posible ejercer la caridad sin vivir en Cristo y en la Iglesia. ¡Que su intercesión y su ejemplo sigan iluminando el ministerio de los muchos sacerdotes que se entregan generosamente a Dios y al rebaño que les han confiado, y nos ayuden a todos a entregarnos con alegría y generosidad a Dios y al prójimo!".+ |
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¿Acepta HTML? El santo cura de Ars
EL día 4 de agosto de 2009, se celebró el 150 aniversario de la muerte de san Juan María Bautista Vianney, el santo cura de Ars. Esta efeméride nos anima a recordar la vida de este gran santo que la Iglesia proclama y venera como patrón del clero diocesano.

Juan María Vianney Beluse nace el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, próximo a Lyon (Francia); y falleció en Ars el 4 de agosto de 1859 a los 73 años. Destacó en su familia por comportarse piadosamente, fruto de los ejemplos y de las enseñanzas de su buena madre, que le apoyará incondicionalmente en su decisión de hacerse sacerdote para el cuidado de las almas.
Los años de su infancia son trágicos para Francia. Estalla la sangrienta revolución de 1789, con terribles consecuencias para la Iglesia. Sus bienes son expoliados y sus miembros son perseguidos y guillotinados a cientos. Las fiestas religiosas son abolidas, las procesiones prohibidas, y los templos cerrados. Las Misas se celebran en casas y almacenes, de noche y con miedo a ser descubiertos y detenidos. Esta situación fue el motivo de que nuestro protagonista recibiera la primera comunión clandestinamente a los 13 años.
La educación sufrió también un duro golpe. Ningún miembro de congregaciones religiosas podía ser elegido como maestro. Y nadie podía enseñar sin haber prestado juramento a los principios de la revolución, y sin haber obtenido el certificado de civismo. Estas circunstancias determinan que en el pueblo de Juan María, no haya regularmente un maestro y que asista poco a la escuela. Hasta los 13 años colabora en el cuidado y pastoreo del ganado, y a partir de esa edad se suma como uno más a las tareas agrícolas de la explotación familiar.
A los 19 años es admitido a la escuela de vocaciones de Ecully, regentada por el Rdo. BalIey. Era el mayor de los aspirantes y el de peor expediente académico, pues desconocía por completo el latín y su cultura general se limitaba a lo aprendido en tres años escasos de escolarización. Con casi 21 años, recibe el sacramento de la Confirmación y escoge como patrono protector al santo precursor del Señor. En adelante firmará como Juan Bautista María.
En 1809 es reclutado por el ejército de Napoleón para participar en la guerra de España. Una serie de circunstancias providenciales le condujeron a una deserción no buscada y se libró de participar en la contienda.
Acudió al seminario de Verrieres para estudiar filosofía, pero sus escasos conocimientos de latín y sus pocas dotes de retentiva, supusieron un contratiempo importante en sus estudios. Su calificación en ciencia fue de «muy endeble».
Con 27 años y un pobre bagaje académico, acude al seminario de Lyon para estudiar teología. A pesar de su heroica dedicación y aplicación, el parco conocimiento de la lengua latina, que era la oficial en aulas y exámenes, le impedían avanzar en las asignaturas. Las razones de su mentor, que no está dispuesto a que se pierda una vocación tan deseada, consiguen que sea admitido a recibir las órdenes menores. El argumento presentado ante el Vicario General es sencillo y contundente: Es un modelo de piedad. «¿Un modelo de piedad? Pues bien, yo lo admito. La Gracia de Dios, hará lo que falte».
El 13 de agosto de 1815, con 29 años, es ordenado sacerdote en Grenoble, al carecer de titular la diócesis de Lyon. Con la credencial correspondiente se presentó solo ante el anciano obispo, que no puso pegas a la ordenación de un diácono forastero al que no acompañaba ni un solo familiar ni ningún amigo.
Los dos primeros años de su ministerio los pasó como coadjutor de su querido maestro, el Rdo. Balley, en la parroquia de Ecully, donde fueron ejemplo para los fieles y compitieron en entrega, piedad y austeridad. Al fallecer éste, fue destinado a la capellanía de Ars, donde comenzó a ejercer su ministerio el 13 de febrero de 1818. Con el tiempo, Ars se erigiría en parroquia y nuestro santo contaría con un coadjutor.
La aldea de Ars, se halla en el departamento de Ain, a 35 kilómetros de Lyon, y contaba en la época con 230 habitantes. Era una población pobre, donde los años revolucionarios habían mellado la buena disposición religiosa de sus gentes, con lo que la dejadez, el descuido y la indiferencia eran la tónica general de la feligresía; aunque también había almas profundamente cristianas.
Desde el primer día, se dedicó por completo a la salvación de las almas que se le habían confiado. Para ello utilizó las mejores armas: oración constante -apenas dormía-; ayuno continuo -se pasaba días sin comer y cuando lo hacía, se despachaba con una patata cocida, un mendrugo duro de pan, y un vaso de agua-; penitencias insistentes -con autoflagelación y cilicios-; y caridad ilimitada -pues no sólo daba limosna sino que alguna vez llegó a dar los propios pantalones, y en varias ocasiones los zapatos nuevos-.
Su celo le llevó a predicar contra las tabernas, los bailes, y los trabajos en días de precepto. Esto le acarreó la enemistad de envidiosos y calumniadores, que no dudaron en hacer pintadas ofensivas en su puerta, en darle cencerradas por las noches y en remitir al obispo cartas anónimas injuriosas. Pero él no respondió con reproches. Este calvario hubo de soportarlo durante diez años, pero ni sus fieles parroquianos ni sus compañeros en el sacerdocio dieron jamás crédito a las infamias levantadas.
Pero no todo eran espinas en la parroquia de Ars. A su alrededor crecieron también almas piadosas, cultivadas con esmero por este desgarbado jardinero que en su inocencia, exhibía su belleza interior y lograba que las personas que dirigía espiritualmente, derramaran abundante perfume en su entorno.
Además de piadoso contemplativo, fue un sacerdote activo y caritativo. Emprendió obras que transformaron la Iglesia de Ars; pero su «obra» predilecta fue la fundación de «La Providencia», un internado para acoger a niñas abandonadas que también servía de escuela para las menores de la aldea, y donde la educación primaba sobre la instrucción.
Su fama de santidad se propagó por toda Francia. Por su intercesión se realizaron prodigios, pero él se lo atribuía a santa Filomena. Las multitudes intuyeron pronto su santidad y acudían en peregrinación a Ars; pero quien sabía bien que era un instrumento de Dios era el demonio que, salvo en los últimos años, no dejo de importunarle y molestarle físicamente.
A él acudían de todas partes almas en busca de perdón, consuelo y consejo. Su espíritu observador, la frescura de su imaginación, y lo fino y atinado de sus reflexiones superaba con mucho su desconocimiento del latín, sus escasos estudios teológicos y sus nulos conocimientos científicos. Era evidente que poseía algo superior a la ciencia humana y que estaba asistido por la Gracia divina.
Vianney era un penitente extremado y por su intercesión se realizaron milagros. Pues bien, ambas circunstancias confluían en su confesionario. Éste fue su tormento más atroz, pues pasaba de 11 a 12 horas diarias en un incómodo recinto, sin apenas movilidad, con frío en invierno y calor en verano. Y también fue fuente de milagros, pues estaba asediado día y noche (nunca dormía más de tres horas) por penitentes que se convertían a la virtud; por almas afligidas que quedaban consoladas, y por los pecadores más recalcitrantes que se volvían a Dios.
«Es muy hermoso ser santo. ¡Pero cuanto le ha costado al cura de Ars!» Son palabras de una feligresa que encierran una gran verdad. Aunque desde pequeño se sintió inclinado hacia Dios, debió esforzarse para lograr su propósito. Pero aunque sus sentidos y su corazón se rebelaban, jamás hizo su voluntad y logró encamar de forma continuada y heroica las virtudes de humildad, pobreza, desprendimiento, paciencia y mortificación, para el bien de las almas.
El clero diocesano no hallará mejor modelo a quien imitar en su ministerio, ni mejor intercesor a quien dirigirse para que Dios bendiga su apostolado.
Tomado de la revista Sembrar. 13 a 26 de septiembre 2009. Nº 893
14 de Junio: Juan Francisco de Regis, Confesor (1597-1640)
La tensión entre los católicos y los calvinistas franceses -los que recibieron el nombre de hugonotes-, alimentada por los intereses políticos de la Casa de Valois y la Casa de Guisa, fue aumentando en Francia; estallará la guerra civil en el siglo XVI y se prolongará durante el siglo XVII. En uno de los períodos de paz en que se despierta el fervor religioso con manifestaciones polarizadas en torno a la Eucaristía y a la Santísima Virgen, en nítido clima de resurgimiento católico, nace Juan Francisco en Foncouverte, en el 1597, de unos padres campesinos acomodados. Cuando nació, ya había pasado la terrible Noche de san Bartolomé del 1572 en la que miles de hugonotes fueron asesinados en París y en otros lugares de Francia, con Coligny, su jefe. Y faltaba un año para que el rey Enrique IV, ya convertido al catolicismo, promulgara el Edicto de Nantes que proporcionaría a los hugonotes libertad religiosa casi completa. Juan Francisco decidió entrar en la Compañía de Jesús. Estaba comenzando los estudios teológicos, cuando se declara en Touluose la terrible epidemia de peste del año 1628. Hay abundantes muertes entre enfermos y enfermeros hasta el punto de fallecer 87 jesuitas en tres años; y como hacen falta brazos para la enorme labor de caridad que tiene ante los ojos, no cesa de pedir insistentemente su plaza entre los que cooperan en lo que pueden para dar algo de remedio al mal. Se hace ordenar sacerdote precisamente para ello, aunque su decisión conlleve dificultades para la profesión solemne. Este hombre es tan de Dios que, cuando la obediencia le manda desempeñar su ministerio sacerdotal en la región de Montpellier, se hace notar por su predicación a pesar de que su estilo no goza del cuidado y pulcritud que tienen los sermones y pláticas de otros predicadores. Tan es así que, ante el éxito de multitudinaria asistencia y las conversiones que consigue, grandes figuras de la elocuencia sagrada van a escucharle y salen perplejos del discurso que han escuchado por la fuerza que transmite a pesar de la pobreza de expresión. Alguien llegó a decir que «se creía lo que predicaba». De hecho, llegó a provocar celotipias entre los oradores de fama hasta el punto de llegar a acusarle ante su padre provincial declarando que deshonraba el ministerio de la predicación por las inconveniencias y trivialidades que salían de su boca. ¿Por qué el santo suscita envidia precisamente entre los más capacitados que él? ¿Por qué la envidia de los demás es casi consustancial al santo? ¿Cómo es posible que se dé tanta envidia precisamente entre los eclesiásticos? Son preguntas a las que no consigo dar respuesta adecuada. Quiso ir al Canadá a predicar la fe; pretendía ir con deseo de martirio; hace gestiones, lo solicitó a sus superiores que le prometieron mandarlo, pero aquello no fue posible. Su Canadá fue más al norte de Francia, en la región del Vivarais, donde vivió el resto de su vida. Allí fue donde se pudo comprobar más palpablemente el talante de aquel religioso grandote y flaco que con su sotana raída y parcheada buscaba a las almas. La región era el reducto inexpugnable de los hugonotes que habían ido escapándose de las frecuentes persecuciones. La diócesis de Viviers se encontraba en un deplorable estado espiritual; la mayor parte de los puestos eclesiásticos se encontraban en mano de los protestantes; sólo veinte sacerdotes católicos tenía la diócesis y en qué estado. La ignorancia, la pobreza, el abandono y las costumbres nada ejemplares habían hecho presa en ellos. Le ocupó la preocupación de atenderles y esto volvió otra vez más a acarrearle inconvenientes, ya que algunos que no querían salir de su «situación establecida» le culparon ante el obispo de rigorismo excesivo y de que su predicación -llena de sátiras e invectivas- creaba el desorden en las parroquias; y la calumnia llegó hasta Roma desde donde le recomiendan los jefes prudencia y le prohiben exuberancia en el celo. Creyeron más fácilmente a los «instalados» que al santo. ¿Por qué será eso? Si los sacerdotes estaban así, no es difícil imaginar la situación de la gente. A pie recorre sube por los picos de la intrincada montaña, camina por los senderos, predica en las iglesias, visita las casas, catequiza, convence y convierte. Allí comienzan los lugareños a llamarle «el santo» y se llenan las iglesias más grandes de gente ávida de escucharle. Organiza la caridad. Funda casas para sacar de la prostitución a jóvenes de vida descaminada. No le sobra tiempo. Pasa noches en oración y la labor de confesonario no se cuenta por horas, sino por mañanas y tardes. Así le sorprendió la muerte cuando sólo contaba él 43 de edad: derrumbándose después de una jornada de confesonario, ante los presentes que aún esperaban su turno para recibir el perdón. Cinco días después, marchó al cielo. Era el año 1640. Y «si hay un santo a quien pueda invocarse como patrón de las misiones rurales en tierras de Francia, este es san Juan Francisco de Regis», lo dijo Pío XII.
11 de Junio: San Bernabé, Apóstol

A pesar de que San Bernabé no fue uno de los doce elegidos por Jesucristo, es considerado Apóstol por los primeros padres de la Iglesia, aún por San Lucas, a causa de la misión especial que le confió el Espíritu Santo y de su activa tarea apostólica.
Bernabé era un judío de la tribu de Levi, había nacido en Chipre; su nombre original era el de José, pero los Apóstoles lo cambiaron al de Bernabé que significa ‘hombre esforzado’. Se le menciona en las Sagradas Escrituras, en el cuarto capítulo de los Hechos de los Apóstoles; se menciona la venta de sus propiedades.
El Santo fue elegido para llevar el Evangelio a Antioquía, instruir y guiar a los neófitos. Para esta misión obtuvo la cooperación de San Pablo. Los dos predicadores obtuvieron gran éxito; Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización y fue ahí donde, por primera vez, se dio el nombre de Cristianos, a los fieles seguidores de Cristo. Tiempo más tarde, se les encomendó una nueva misión y partieron a cumplirla, acompañados por Juan Marcos. Primero se trasladaron a Seleucia y después a Salamina, en Chipre. Luego llegaron a Pafos, donde convirtieron al procónsul romano Sergio Paulo, navegaron hasta Perga en Pamfilia, donde Juan Marcos los abandonó. En Iconium, en Licaonia, estuvieron a punto de morir apedrados. En Listra, San Pablo curó milagrosamente a un paralítico y los habitantes paganos los confundieron con dioses. De regreso a Antioquía pasaron por todas las ciudades que habían visitado para confirmar y ordenar presbíteros. Surgieron ciertas diferencias entre San Pablo y San Bernabé, por lo que decidieron separarse. San Bernabé partió entonces hacia Chipre, acompañado de Juan Marcos, para visitar las iglesias que ahí se habían fundado.
Alrededor del año 60 ó 61, San Bernabé ya había muerto. Se dice que fue apedrado hasta morir en Salamina.Otra tradición nos lo presenta como predicador en Alejandría y en Roma y además como primer obispo de Milán.
Otros Santos que se festejan el día de hoy: Félix, Fortunato hermanos, mártires; Remberto, Apolo, obispos; Alejo, Aleida, Juan, Teófilo, confesores; Hugo, abad; Parisio, monje; María Rosa Molas, fundadora de las HH. Ntra. Sra. de la Consolación.
San Juan María Vianney. El Cura de Ars
Juan Bautista María Vianney nació el 8 de mayo de 1786 en el pueblo de Dardilly, cerca de Lyon, Francia.
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