Testimonios

Los sacerdotes, “don para la Iglesia y para el mundo”

Mayo 5, 2010

Catequesis sobre el sacerdocio que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro para la Audiencia General.

* * *

Queridos hermanos y hermanas,

El pasado domingo, en mi Visita Pastoral a Turín, tuve la alegría de permanecer en oración ante la Sábana Santa, uniéndome a los más de dos millones de peregrinos que durante la solemne exposición de estos días, han podido contemplarla. Ese sagrado lienzo puede nutrir y alimentar la fe y revigorizar la piedad cristiana, porque invita a dirigirse al Rostro de Cristo, al Cuerpo del Cristo crucificado y resucitado, a contemplar el misterio pascual, centro del mensaje cristiano. Del Cuerpo de Cristo resucitado, vivo y operante en la historia (cfr. Romanos 12, 5), nosotros, queridos hermanos y hermanas, somos miembros vivos, cada uno en nuestra propia función, es decir, con la tarea que el Señor ha querido confiarnos. Hoy, en esta catequesis, quisiera volver a las tareas específicas de los sacerdotes, que, según la tradición, son esencialmente tres: enseñar, santificar y gobernar. En una de las catequesis precedentes hablé sobre la primera de estas tres misiones: la enseñanza, el anuncio de la verdad, el anuncio del Dios revelado en Cristo, o - con otras palabras - la tarea profética de poner al hombre en contacto con la verdad, de ayudarle a conocer lo esencial de su vida, de la misma realidad.

Hoy quisiera detenerme brevemente con vosotros sobre la segunda tarea que tiene el sacerdote, la de santificar a los hombres, sobre todo mediante los sacramentos y el culto de la Iglesia. Debemos ante todo preguntarnos: ¿Qué quiere decir la palabra "santo"? La respuesta es: "santo" es la cualidad específica del ser de Dios, es decir, absoluta verdad, bondad, amor, belleza, luz pura. Santificar a una persona significa por tanto ponerla en contacto con Dios, con su ser luz, verdad, amor puro. Es obvio que este contacto transforma a la persona. En la antigüedad se daba esta firme convicción: Nadie puede ver a Dios sin morir en seguida. ¡Es demasiado grande la fuerza de la verdad y de la luz! Si el hombre toca esta corriente absoluta, no sobrevive. Por otra parte, se daba también esta convicción: sin un contacto mínimo con Dios, el hombre no puede vivir. La verdad, la bondad, el amor son condiciones fundamentales de su ser. La cuestión es: ¿cómo puede encontrar el hombre ese contacto con Dios, que es fundamental, sin morir sobrepasado por la grandeza del ser divino? La fe de la Iglesia nos dice que Dios mismo crea este contacto, que nos transforma poco a poco en verdaderas imágenes de Dios.

Así volvemos de nuevo a la tarea del sacerdote de "santificar". Ningún hombre por sí mismo, a partir de sus propias fuerzas, puede poner a otro en contacto con Dios. Parte esencial de la gracia del sacerdocio es el don, la tarea de crear este contacto. Esto se realiza en el anuncio de la palabra de Dios, que nos sale al encuentro. Se realiza de una forma particularmente densa en los sacramentos. La inmersión en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo sucede en el Bautismo, se refuerza en la Confirmación y en la Reconciliación, se alimenta en la Eucaristía, Sacramento que edifica a la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo (Cf.. Juan Pablo II, exhortación apostólica Pastores gregis, n. 32). Es por tanto Cristo mismo quien nos hace santos, es decir, quien nos atrae a la esfera de Dios. Pero como acto de su infinita misericordia llama a algunos a "estar" con Él (cfr. Marcos 3, 14) y a convertirse, mediante el Sacramento del Orden, a pesar de la pobreza humana, en partícipes de su mismo Sacerdocio, ministros de esta santificación, dispensadores de sus misterios, "puentes" del encuentro con Él, de su mediación entre Dios y los hombres y entre los hombres y Dios (cfr. Presbyterorum Ordinis, 5).

En las últimas décadas, se han dado tendencias que buscaban hacer prevalecer, en la identidad y en la misión del sacerdote, la dimensión del anuncio, separándola de la de santificación: a menudo se ha afirmado que sería necesario superar una pastoral meramente sacramental. ¿Pero es posible ejercer auténticamente el ministerio sacerdotal "superando" la pastoral sacramental? ¿Qué significa precisamente para los sacerdotes evangelizar, en qué consiste la llamada primacía del anuncio? Como recogen los Evangelios, Jesús afirma que el anuncio del Reino de Dios es el objetivo de su misión; este anuncio, sin embargo, no es sólo un "discurso", sino que incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús realiza indican que el Reino viene como realidad presente y que coincide al final con su misma persona, con el don de sí, como hemos escuchado hoy en la lectura del Evangelio. Y lo mismo se puede decir del ministro ordenado: él, el sacerdote, representa a Cristo, el enviado del Padre, continúa su misión, mediante la "palabra" y el "sacramento", en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y de palabra, san Agustín, en una carta al obispo Honorato de Thiabe, refiriéndose a los sacerdotes, afirma: "Hagan por tanto los siervos de Cristo, los ministros de Su palabra y de Su sacramento, lo que él mandó o permitió" (Epístola 228, 2). Es necesario reflexionar si, en algunos casos, haber minusvalorado el ejercicio fiel del munus sanctificandi, no ha representado quizás un debilitamiento de la misma fe en la eficacia salvífica de los sacramentos y, en definitiva, en el actuar actual de Cristo y de su Espíritu, a través de la Iglesia, en el mundo.

¿Quién, por tanto, salva al mundo y al hombre? La única respuesta que podemos dar es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado. ¿Y dónde se realiza el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, que trae la salvación? En la acción de Cristo mediante la Iglesia, en particular en el sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial redentora del Hijo de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, en el que de la muerte del pecado se vuelve a la vida nueva, y en todo otro acto sacramental de santificación (cfr. Presbyterorum Ordinis, 5). Es importante, por tanto, promover una catequesis adecuada para ayudar a los fieles a comprender el valor de los sacramentos, pero es también necesario, a ejemplo del santo cura de Ars, ser disponibles, generosos y atentos en dar a los fieles los tesoros de la gracia que Dios ha puesto en nuestras manos, y de los cuales no somos "dueños", sino custodios y administradores. Sobre todo en este tiempo nuestro, en el que, por un lado, parece que la fe se está debilitando y, por otro, surgen una profunda necesidad y una difundida búsqueda de la espiritualidad, es necesario que cada sacerdote recuerde que en su misión, el anuncio misionero y el culto y los sacramentos nunca van separados, y promueva una sana pastoral sacramental, para formar al Pueblo de Dios y ayudarle a vivir en plenitud la Liturgia, el culto de la Iglesia, los Sacramentos como dones gratuitos de Dios, actos libres y eficaces de su acción salvadora.

Como recordaba en la santa Misa Crismal de este año: "el centro del culto de la Iglesia es el sacramento. Sacramento significa que en primer lugar no somos nosotros los hombres los que hacemos algo, sino que Dios nos sale al encuentro con su acción, nos mira y nos conduce hacia Sí. (...) Dios nos toca por medio de realidades materiales (...) que Él asume a su servicio, haciendo de ellos instrumentos de encuentro entre nosotros y Él mismo" (Misa Crismal, 1 de abril de 2010). La verdad según la cual en el Sacramento "no somos nosotros los hombres los que hacemos algo" afecta, y debe afectar, también a la conciencia sacerdotal: cada presbítero sabe bien que es un instrumento necesario de la actuación salvífica de Dios, pero sin dejar de ser un instrumento. Esta conciencia debe hacer humildes y generosos en la administración de los sacramentos, en el respeto de las normas canónicas, pero también en la convicción profunda de que la propia misión es la de hacer que todos los hombres, unidos a Cristo, puedan ofrecerse a Dios como hostia viva y santa agradable a Él (cfr. Romanos 12, 1). Ejemplar, sobre la primacía del munus sanctificandi y de la correcta interpretación de la pastoral sacramental, sigue siendo san Juan María Vianney, el cual, un día, frente a un hombre que decía no tener fe y deseaba discutir con él, el párroco respondió: "¡Oh! Amigo mío, os conducís muy mal, yo no sé razonar... pero si tenéis necesidad de algún consuelo, poneos allí (su dedo indicaba el inexorable escabel del confesionario) y creedme, que muchos otros se pusieron en él antes que vos, y no tuvieron que arrepentirse" (cfr. Monnin A., Il Curato d'Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. i, Turín 1870, pp. 163-164).

Queridos sacerdotes, vivid con alegría y con amor la Liturgia y el culto: es acción que el Resucitado realiza por el poder del Espíritu Santo en nosotros, con nosotros y por nosotros. Quisiera renovar la invitación recientemente hecha de "volver al confesionario, como lugar en el que 'habitar' más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina, junto a la Presencia real en la Eucaristía" (Discurso a la Penitenciaría Apostólica, 11 de marzo de 2010). Y quisiera también invitar a cada sacerdote a celebrar y vivir con intensidad la Eucaristía, que está en el corazón de la tarea de santificar; es Jesús que quiere estar con nosotros, vivir en nosotros, donársenos él mismo, mostrarnos la infinita misericordia y ternura de Dios; es el único Sacrificio de amor de Cristo que se hace presente, se realiza entre nosotros y llega hasta el trono de la Gracia, a la presencia de Dios, abraza a la humanidad y nos une a Él (cfr. Discurso al Clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Y el sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el Sacramento y en la vida. Si "la gran tradición eclesial ha desvinculado con razón la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, y así las legítimas expectativas de los fieles son adecuadamente salvaguardadas", esto no quita nada a la "necesaria, incluso indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe habitar en todo corazón auténticamente sacerdotal": hay también un ejemplo de fe y de testimonio de santidad que el Pueblo de Dios espera justamente de sus Pastores (cfr. Benedicto XVI, Discurso a la Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Y es en la celebración de los Santos Misterios donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación (cfr. Presbyterorum Ordinis, 12-13).

Queridos amigos, sed conscientes del gran don que los sacerdotes son para la Iglesia y para el mundo; a través de su ministerio, el Señor sigue salvando a los hombres, a hacerse presente, a santificar. Sabed agradecer a Dios, y sobre todo sed cercanos a vuestros sacerdotes con la oración y con el apoyo, especialmente en las dificultades, para que sean cada vez más Pastores según el corazón de Dios. Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España, República Dominicana, Costa Rica, Argentina, México, Ecuador y otros países latinoamericanos. Invito a todos a acompañar con vuestra plegaria y afecto a los sacerdotes, por medio de los cuales Cristo se hace verdaderamente presente y nos salva. Muchas gracias.

[En inglés dijo]

Envío cordiales saludos a todos aquellos que participarán en el Congreso sobre la Familia en Jönköping, en Suecia, que se celebrará este mes. Vuestro mensaje al mundo es verdaderamente un mensaje de alegría, porque el don que nos ha hecho Dios del matrimonio y de la vida familiar nos permite experimentar un poco del amor infinito que une a las tres personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios, son creados para el amor, y ciertamente en lo profundo de nuestro ser deseamos amar y ser amados a nuestra vez. Sólo el amor de Dios puede satisfacer plenamente nuestras necesidades más profundas y, más aún, a través del amor entre marido y mujer, del amor entre padres e hijos, el amor entre hermanos, se nos ofrece una anticipación del amor sin barreras que nos espera en la vida que vendrá. El matrimonio es verdaderamente un instrumento de salvación, no sólo para las personas casadas, sino para toda la sociedad. Como todo objetivo que vale verdaderamente la pena perseguir, comporta exigencias, nos desafía, nos pide estar dispuestos a sacrificar nuestros intereses por el bien del otro. Nos pide ejercer la tolerancia y ofrecer el perdón. Nos invita a nutrir y a proteger el don de la nueva vida. Aquellos entre nosotros que son lo suficiente afortunados de nacer en una familia estable descubren en esta misma primera y más importante escuela para una vida virtuosa, y las cualidades para ser buenos ciudadanos. Os animo a todos en vuestros esfuerzos por promover la adecuada comprensión y el aprecio del bien inestimable que el matrimonio y la vida familiar ofrecen a la sociedad humana. ¡Que Dios os bendiga a todos!]

 

 

La santidad nunca pasa de moda, recuerda el Papa Benedicto XVI

 

El Papa Benedicto XVI en la Misa en la localidad italiana de Sulmona (foto Radio Vaticano)

VATICANO, 04 Jul. 10 / 07:28 am (ACI)

En la homilía de la Misa de esta mañana en su visita pastoral a la localidad de Sulmona en la región italiana de los Abruzos, en ocasión del Año Jubilar Celestiniano que recuerda los 800 años del nacimiento del Papa Celestino V, el Papa Benedicto XVI alentó a vivir el silencio sin miedo para poder así escuchar a Dios y alcanzar la santidad que nunca pasa de moda, en medio de un mundo que parece "exigir" siempre una actividad incesante.

Tras recordar que Celestino V supo de su elección a la sede de Pedro en el año 1294 en el Monte Morrone donde transcurría su vida como eremita, el Papa Benedicto resaltó que este Pontífice "permanece en la historia por las notables vivencias de su tiempo y su pontificado y, sobre todo, por su santidad. La santidad, de hecho, no pierde nunca su propia fuerza, no cae en el olvido, no pasa nunca de moda".

Este santo, dijo el Papa, fue siempre un "buscador de Dios", un hombre que quería escuchar la voz divina para lo cual decide apartarse del mundo y vivir como eremita: "el silencio se convierte así en un elemento que caracteriza su vida cotidiana. Y es en el silencio exterior, pero sobre todo en el interior que él llegar a percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida".

"Aquí hay un primer aspecto importante para nosotros: vivimos en una sociedad en la que todo espacio, todo momento parece que debe ser ‘llenado’ de iniciativas, de actividades, con frecuencia ni siquiera hay tiempo para escuchar y dialogar. ¡Queridos hermanos y hermanas! No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también las voces de quienes están alrededor, la voz de los otros".

Un segundo elemento, explicó luego Benedicto XVI, está en la conciencia de Celestino V de que haber descubierto a Dios "no es el resultado de un esfuerzo, sino que es posible por la Gracia misma de Dios, que lo previene. Lo que él tenía, lo que era, no venía de sí mismo: se le había donado, era gracia, y era por ello una responsabilidad ante Dios y ante los otros. Si bien nuestra vida es distinta, también para nosotros esto es válido: todo lo esencial de nuestra existencia se nos ha donado sin nuestro aporte".

El Papa continuó esta explicación afirmando que "el hecho de que yo viva no depende de mí, el hecho de que hayan personas que me introdujeron a la vida, que me hayan enseñado a amar y ser amado, que me hayan transmitido la fe y me hayan abierto a la mirada de Dios: todo esto es gracia y no ‘hecho por mí’. Por nosotros mismos no podríamos haber hecho nada si no se nos hubiera sido dado".

Así, dijo luego, "Dios nos anticipa siempre y en cada una de las vidas podemos apreciar lo bello y lo bueno reconocible fácilmente como su gracia, como el rayo de luz de su bondad. Por ello debemos estar atentos, tener siempre abiertos los ‘ojos interiores’, los de nuestro corazón. Y si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces seremos capaces también de ver, con estupor, en nuestra vida – como los santos – los signos ese Dios, que siempre es cercano, que es siempre bueno con nosotros y que nos dice: ‘¡Ten fe en mí!’"

El Papa Benedicto XVI hizo luego una reflexión sobre lo que aprendió Celestino V en la contemplación de la Cruz de Cristo que constituye el centro de su vida: "él siempre fue consciente de que de ella viene la salvación. La Cruz le dio a San Pedro Celestino también una clara conciencia del pecado, siempre acompañada de una también clara conciencia de la misericordia de Dios hacia su criatura".

Seguidamente recordó que el entonces Papa animó a través de una especial indulgencia conocida como "La Perdonata" la difusión de la misericordia de Dios y alentó a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo a través del sacramento de la reconciliación, "ayudando al hombre de hoy a recuperar el sentido del pecado y del perdón de Dios, para experimentar aquella alegría" que sólo viene de lo divino.

Un elemento más importante de la vida de Celestino V que Benedicto XVI resaltó fue la pasión que lo distinguió en el anuncio del Evangelio que tiene su raíz en la estrecha relación con Dios que se da en la oración.

Seguidamente indicó que Jesús mismo recuerda algunos esfuerzos importantes a sus apóstoles que ahora también se deben tener en cuenta para la vida cristiana: "el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico –también en momentos de persecución –sin caer en la fascinación de la moda, ni en el de la violencia o la imposición; las preocupaciones por las cosas –el dinero o el vestido– confiando en la Providencia del Padre, la atención y cura en particular de los enfermos en el cuerpo y en el espíritu".

Finalmente el Papa exhortó a todos "con fuerza y afecto a permanecer sólidos en aquella fe que han recibido, que da sentido a la vida y que da la fuerza de amar. Que nos acompañen en este camino la intercesión de la Madre de Dios y de San Pedro Celestino. ¡Amén!"

   

Carta del Prelado del Opus Dei (julio 2010)


Hacer del trabajo una oración a Dios: este es el mensaje principal que la formación que ofrece el Opus Dei recuerda a tantos cristianos. En él profundiza el Prelado en su carta del mes de julio.


04 de julio de 2010


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Han transcurrido treinta y cinco años desde que, el 26 de junio de 1975, Dios llamó a nuestro Padre a gozar para siempre de su presencia en el Cielo. Como en anteriores aniversarios, innumerables personas han acudido a las Misas en honor de San Josemaría, celebradas en el mundo entero con motivo de su fiesta litúrgica. En todas partes se ha levantado hasta el Señor una intensa acción de gracias por haber concedido al mundo y a la Iglesia un pastor como nuestro santo Fundador, que es modelo de conducta cristiana y valioso intercesor en todas nuestras necesidades espirituales y materiales.

Además, la fiesta apenas transcurrida constituye una ocasión para considerar a fondo el mensaje que San Josemaría, por voluntad divina, difundió entre las mujeres y los hombres: que, con la ayuda de la gracia, podemos y debemos alcanzar la santidad —es decir, la perfección de la caridad, la unión plena con Dios— a través de la realización fiel y acabada del trabajo profesional y en medio de las demás circunstancias ordinarias de la vida.

Profundicemos en lo que constituye el núcleo de esta enseñanza: la necesidad de esforzarse por convertir el trabajo —cualquier trabajo, manual o intelectual— en verdadera oración. El Evangelio afirma claramente la necesidad de orar siempre y no desfallecer[1]; y San Pablo, haciéndose eco de esta enseñanza, añade: sine intermissione orate[2], orad sin interrupción. La recomendación tiene la fuerza de un mandato. Pero no sería posible llevarlo a la práctica, si lo interpretásemos equivocadamente en el sentido de que es preciso estar constantemente rezando, vocal o mentalmente; actuación imposible en nuestra actual condición terrena. La realización de las tareas que nos ocupan —familiares, profesionales, sociales, deportivas, etc.— exige muchas veces una atención completa de nuestra memoria y de nuestra inteligencia, un firme empeño de nuestra voluntad; y esto sin tener en cuenta la necesidad de dedicar al sueño las horas necesarias. Recuerdo a este propósito la gran alegría de San Josemaría cuando, después de haber enseñado durante años que hasta el sueño podemos convertirlo en oración, leyó un texto de San Jerónimo en el que se expresa la misma idea[3].

Pero hemos de considerar en su verdadera hondura esa urgencia del Maestro. Nos invita a vivificar la entera existencia humana, en todas sus dimensiones, con el afán de transformarla en plegaria: una oración continua, como el latir del corazón[4], aunque con frecuencia no se exprese en palabras. Así lo enseñó San Josemaría a sus hijas e hijos, y a todas las personas que desean santificarse según el espíritu de la Obra. Repetía: el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa[5].

Convertir el trabajo en oración. Este intento diario de conducirnos como mujeres y hombres contemplativos, en las más diversas circunstancias de la existencia, nos señala la meta elevada, como la santidad, que —convenzámonos— se convierte en asequible con la ayuda de la gracia. «Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo»[6], declaraba el Papa a propósito de la figura de San José. Sólo situando el trabajo ordinario en íntima relación con el afán de santidad, es posible para la inmensa mayoría de los cristianos aspirar seriamente a la plenitud de la vida cristiana.

Me vienen a la memoria las acciones de gracias que brotaban del alma de nuestro Padre, cuando leía las cartas de sus hijas y de sus hijos. Se removió mucho cuando un campesino, un fiel de la Obra, le decía que se levantaba muy de madrugada y ya rogaba al Señor que nuestro Padre descansara en el sueño, y añadía esa persona que luego, mientras abría con el tractor los surcos en la tierra, rezaba Acordaos y otras plegarias. Disfrutó mucho nuestro Fundador al comprobar la realidad de una vida contemplativa, en medio de los trabajos del campo.

En la carta apostólica que —invitando a la santidad— escribió al comienzo del nuevo milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II se expresaba de la siguiente manera: «Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos "genios" de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (...). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección»[7].

Nuestro Padre reiteró esta doctrina una vez y otra, afirmando que la contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas —afirmaba de modo gráfico, para que quedara bien grabado en los oyentes— con conocimientos elementales de religión, piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales. Nuestra celda está en la calle: ése es nuestro encerramiento. ¿Dónde se encierra la sal? Hemos de procurar que no haya nada insípido. Por eso nuestro retiro han de ser todas las cosas del mundo[8].

Así como el cuerpo necesita del aire para respirar y de la circulación de la sangre para mantenerse en vida, así el alma precisa permanecer en contacto con Dios a lo largo de las veinticuatro horas de la jornada. Por eso, la piedad auténtica impulsa a referir todo al Señor: el trabajo y el descanso, las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, el sueño y la vigilia. Como escribía don Álvaro en 1984, «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración no puede haber sólo un "armisticio", más o menos conseguido; debe existir una unión plena, una fusión que no deja residuos. El trabajo alimenta la oración y la oración empapa de sí el trabajo»[9].

Para alcanzar esta meta, además del auxilio de la gracia, se requiere un esfuerzo personal constante, que a menudo se concreta en pequeños detalles: recitar una jaculatoria o una breve oración vocal aprovechando un desplazamiento o una pausa en la tarea; dirigir una mirada cariñosa a la imagen del crucifijo o de la Santísima Virgen, que discretamente hemos colocado en nuestro lugar de trabajo, etc. Todo esto sirve para mantener viva en el alma una orientación de fondo hacia el Señor, que cotidianamente tratamos de fomentar en la Misa y en los ratos dedicados expresamente a la meditación. Y así, aunque en muchos momentos estemos concentrados en las diversas ocupaciones, porque la mente se sumerge plenamente en la realización de las diferentes tareas, el alma sigue fija en el Señor y mantiene con Él un diálogo que no está compuesto de palabras, y ni siquiera de pensamientos conscientes, sino de afectos del corazón, de deseos de realizar todo, hasta lo más menudo, por Amor, con el ofrecimiento de aquello que nos ocupa.

Cuando nos conducimos con semejante empeño, el trabajo profesional se convierte en una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas...; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada.

Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio[10].

Con la misma fuerza con que impulsaba a convertir el trabajo en oración, nuestro Padre insistía en la necesidad de no abandonar los tiempos dedicados exclusivamente al Señor: la Misa y la Comunión frecuentes, los ratos de oración mental, el rezo del Rosario y otras prácticas de piedad largamente experimentadas en la Iglesia; con tanto más cuidado y atención cuantas mayores dificultades surgen a causa de un horario apretado de trabajo, de la fatiga o de los momentos áridos que antes o después no faltan en la vida de nadie. «Tales ejercicios —recordaba don Álvaro— no han de concebirse como interrupciones del tiempo dedicado al trabajo; no son como paréntesis en el transcurso de la jornada. Cuando rezamos, no abandonamos las actividades "profanas" para sumergirnos en las actividades "sagradas". Por el contrario, la oración constituye el momento más intenso de una actitud que acompaña al cristiano en toda su actividad y que crea el lazo más profundo, porque es el más íntimo, entre el trabajo realizado antes y el que se tornará a realizar inmediatamente después. Y, paralelamente, justamente del trabajo sabrá obtener materia con que alimentar el fuego de la oración mental y vocal, impulsos siempre nuevos para la adoración, la gratitud, el confiado abandono en Dios»[11].

Dentro de pocos días marcharé a Ecuador, Perú y Brasil, para estar con mis hijas y con mis hijos, y alentar su labor apostólica. Os ruego que, como siempre, me acompañéis en este viaje con vuestra oración, con el ofrecimiento de vuestro trabajo y de vuestro descanso, los que ahora estéis disfrutando de un tiempo de vacaciones. Cuidad el trato con Dios también en esos días, recordando lo que nuestro Padre nos enseñó: siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio.

Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual[12].

También en este mes se cumple el 75º aniversario de cuando el queridísimo don Álvaro respondió al Señor: ¡aquí estoy! A su intercesión confío vuestra fidelidad y la mía, para que sea diariamente enteriza, y para que me sostengáis en mis intenciones.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de julio de 2010.

--------------------[1] Lc 18, 1.

[2] 1 Ts 5, 17.

[3] Cfr. San Jerónimo, Tratado sobre los Salmos, Comentario al Salmo I (CCL 78, 5-6).

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 8.

[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1959.

[6] Benedicto XVI, Homilía, 19-III-2006.

[7] Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31.

[8] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-X-1964.

[9] Don Álvaro del Portillo, Il lavoro si trasformi in orazione, artículo publicado en la revista "Il Sabato", 7-XII-1984 ("Rendere amabile la verità", Libreria Editrice Vaticana, Roma 1995, p. 649).

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.

[11] Don Álvaro del Portillo, cit., pp. 650-651.

[12] San Josemaría, Surco, n. 514.

documento sacado de
opusdei.es

   

María es modelo perfecto de obediencia a voluntad divina, señala el Papa Benedicto

 

VATICANO, 04 Jul. 10 / 07:44 am (ACI)

Al concluir la Misa dominical en la localidad italiana de Sulmona adonde llegó en visita pastoral en ocasión del 800º aniversario del nacimiento del Papa Celestino V, el Papa Benedicto XVI rezó el ángelus y señaló que la Virgen María es modelo perfecto de obediencia a la voluntad divina, así como de silencio, misericordia y apertura a los demás.

Antes de la oración el Santo Padre hizo votos para que esta Iglesia local "fieles a la heredad de San Pedro Celestino, sepa siempre vivir la radicalidad evangélica y la misericordia, para que todos los que buscan a Dios lo puedan encontrar".

Seguidamente Benedicto XVI subrayó que "en María, Virgen del silencio y de la escucha, San Pedro del Morrone encontró el modelo perfecto de obediencia a la voluntad divina, en una vida simple, marcada por la búsqueda de lo que es verdaderamente esencial, capaz de agradecer siempre al Señor reconociendo en cada cosa un don de su bondad".

"También nosotros, que vivimos en una época de mayores comodidades y posibilidades, estamos llamados a tener un estilo de vida sobrio, para conservar más libres la mente y el corazón y para poder compartir los bienes con los hermanos".

Al finalizar, el Santo Padre hizo votos para que "María Santísima, que animó con su presencia materna a la primera comunidad de discípulos de Jesús, ayude también a la Iglesia de hoy a dar buen testimonio del Evangelio".

   

Vocaciones sacerdotales. Dijimos que sí






32 testimonios de sacerdotes nos cuentan su vocación sacerdotal.

Va dirigido a los que posiblemente nunca se han planteado la vocación sacerdotal; a los que sí han «sentido algo distinto» alguna vez, pero tratan de «escapar» porque es demasiado lo que tienen que dejar; a los que en su familia tienen una vocación sacerdotal, don extraordinario, pero que no acaban de entenderlo.

A los que nunca se han planteado rezar por los sacerdotes pero que a partir de ahora lo harán con esperanza; a los que sí, que aunque les cuesta aceptarlo, quieren sonreír al Señor y decir «Sí, aquí estoy porque me has llamado, para hacer tu voluntad» (I Sam 3).

   

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