Testimonios

El Padre Escrivá

Testimonio de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España

01 de septiembre de 2008

Cuando San Silvestre se acostaba el 31 de diciembre de 1928, tenía yo la convicción de que ese año sería difícilmente olvidable para mi. En él, en efecto, mi «anciano» padre –con cincuenta y tres años a la espalda– le había hecho un quite a la muerte mientras que mi fuerte hermano primogénito, de veintidós años, se había rendido, sumiso y sereno, a la Desnarigada. Ignoraba, en cambio, que aún un hecho importante iba a acompañar a ese año que hoy recobra actualidad. Pero a esto tornaremos más tarde. Que por todas partes se va a Roma y- en Roma precisamente termina esta triste y, a un tiempo, alegre historia.

Catorce años después, yo ya asomándome a la treintena, tomé la resolución de casarme. Mi ausencia de España, desde el fin de la guerra fratricida, me había hecho olvidar a amigos y conocidos de los que anduviera ya separado los casi tres años de la contienda. Recurrí a quien, hacía muchos años, acudiera en los casos nece­sarios: a mi hermano Enrique, aquel que tomara el puesto de pri­mogénito cuando el tifus se llevó a mi hermano Faustino. «Enrique, me quiero casar y no tengo cura que lo haga». Sonrió mi hermano como indicando que problemas como ése eran de fácil solución. «No te preocupes. Tengo el sacerdote indicado». « ¿Por qué indicado?». «Pues mira, era muy amigo de tu padre, condiscípulo y amigo de nuestro hermano Faustino y fue también condiscípulo y amigo mío. Por si necesitas más, es un hombre extraordinario». Quedé yo silencioso, sorprendido de que existiera un ser de las características descritas y totalmente desconocido para mí. « ¿Quién es?». «Estoy hablando del padre Escrivá». No me dijo nada el nom­bre. Provocó Enrique un encuentro y pocos días más tarde almorcé con el sacerdote en casa de mi hermano. Nada sabía de sus pro­yectos evangélicos, nada sabía de su historia pasada, pero al dejarle aquella primera vez comprendí que aquel futuro oficiante de mí matrimonio tenía Gracia, gracia con mayúscula, que sólo reparte la tercera persona de la Trinidad.

Lo conocí mejor el día de la boda en que, al confesarme con él, tuve que relatar el penoso y grotesco incidente de un frustrado duelo ante el que reaccionó con una energía que no convenía con su usual afabilidad. « ¿Qué estoy oyendo? ¿Será posible que seas tan pollino como para creer que con una espada o una pistola se puede lavar eso que tú, seguramente, llamarás pomposamente honor?». Había en su tono duro una buena dosis de tristeza. Nada podía yo hacer, sobre todo teniendo en cuenta que estaba total­mente de acuerdo con lo que decía. Y horas más tarde bendecía mi matrimonio con quien iba a ser la madre de mis seis hijos.

Con el tiempo, aquel desconocido presbítero fue siendo familiar a muchos, a unos que le reverenciaban y a otros que lo denigraban. Yo, en mi ruta diplomática, recordaba su perfil humano, su simpatía contagiosa y su afabilidad constante. Volví a oír de ~ –no cuando prosperaba la semilla insignificante que iba constantemente aumen­tando de dimensión–, sino cuando supe que también él había casa­do por poderes a mi hermano Ricardo. Mi Dioscuro que también en esto se emparejaba conmigo.

Tardaron en llegarme noticias del Opus Dei, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de Camino, de la gran cosecha. Recorrí el mundo y fui tropezando con jóvenes que me pedían –realmente pedían a mi mujer– que se les comprase unas camas, una batería de cocina, una vajilla, que se les buscase un piso... Yo no dejaba puntualmente de repetir mi cantilena: «Yo os ayudo encantado, pero me parece conveniente que sepáis que yo no soy del Opus». Y efectivamente, nada tenía que ver, por más que me lloviera alguna vez algún varapalo de mal informados alcaldes, que castigaban a quien tenía muchos motivos de castigo, pero no ciertamente el que erróneamente me atribuían.

Yo seguía distinguiendo al sacerdote virtuoso, al aragonés ami­go del día de mi boda, al hombre atractivo y generoso de una obra que iba aumentando como ese minúsculo pedazo de nieve que se desgaja de una cumbre y acaba convirtiéndose en un alud y una avalancha.

Nos carteamos con parsimonia y casi siempre en razón de esta contradictoria situación, mi amistad con él y mi inhibición frente a la Obra. Nos vimos en España, en Portugal, en Italia. Casi siempre acabábamos hablando de Aragón y hablando de los míos, que él bien generosamente elogiaba con calor. Comprobé así que mi padre, que tuvo siempre la coincidencia con mosén Escrivá –así decimos en Aragón– de que la santificación se «fabrica día a día» y se «fabrica» en el permanente quehacer profesional. Me emocionaba y enorgullecía oírle hablar de Faustino, mi hermano primogénito, y de Enrique, por quien él profesaba verdadera amistad. Uno puede pensar que todo está preparado. Que hay un cierto tea­tro en lo que ve. Pero, de repente, surge una ocasión en que se juega con cartas descubiertas y en que se comprueba que la verdad es la verdad. Podía estar, sí, preparada la reacción de sus colaboradores cuando, oyendo mis apellidos, comentaban « ¡cómo se les quiere aquí!»; pero ya era más difícil que el 26 de junio de 1975, minutos después de su muerte, de su envidiable muerte, me llegase un mensaje telefónico dándome cuenta de su fallecimiento al que seguían estas palabras: «Se telefoneó al Santo Padre y luego al emba­jador de España, Giménez–Arnáu». Esto, después de mi imperti­nente reiteración sobre el «Ya sabes que no soy del Opus» que acabó mereciendo una dura réplica: «Eres un tozudo aragonés y estoy cansado de oírte siempre lo mismo. Me da igual que seas de la Obra o del Real Madrid. Lo que me interesa es otra cosa. ¿Tú eres mi amigo?». « ¡Claro!». «Bueno, pues eso liquida la cuestión».

Recordé luego – ¿quién me lo había dicho?, ¿lo había intuido yo?– que su última oración del día era no para sus enemigos –que él no los tenía–, sino para los que le atacaban. La máxima de San Pablo él no la repetía, él la practicaba: «Sol non accidat super iracundiam vestram». Minutos más tarde, después de la noticia, junto a Monseñor Álvaro del Portillo lloraba yo al amigo muerto. Lloraba mi egoísmo. Don Alvaro no lloraba. Ni él, ni los suyos. Y no lloraban porque el padre Escrivá seguía junto a ellos ayudándoles, animán­doles, acompañándoles...

Por eso al empezar hablaba de triste y alegre historia. Triste para mí, para los egoístas. Alegre para otros que lo tenían y lo tienen clavado allá arriba.

El clamor que seguía a su muerte compensaba un poco de cuan­tos grandes y pequeños agravios habían acompañado su vida. Ape­nas unos días más tarde otro gran amigo mío también, el cardenal Sebastián Baggio, publicaba un admirable artículo en II Resto del Carlino, de mi vieja y querida Bolonia, y tras él seguían otros pur­purados y otras gentes inesperadas componiendo un rosario que culminó con la visita que, en víspera de su elección, le hiciera el Papa Juan Pablo I (q. S. G. h.).

Yo pensaba en mi amigo que en dos ocasiones quiso comer en la Embajada de España a condición de que yo devolviese mi visita y comiera con él en el Bruno Buozzi y a condición –este acuerdo fue tácito– de que jamás se hablase de política: ni española, ni ita­liana, ni de ningún rincón del mundo.

En el primer aniversario asistía a un funeral sobrecogedor de gentes que tampoco lloraban: dialogaban simplemente con él. Nun­ca he visto nada parecido. Tras unas palabras de Monseñor Alvaro del Portillo una muchedumbre de fieles. en medio de un silencio sepulcral, se acercó a la Eucaristía.                                          
                                         
El Opus Dei fue creado en 1928. Aquel año en que mi hermano Faustino, sumiso y sereno, entregaba su alma a Dios. Aquel en que mi «anciano» padre –tenía cincuenta y tres años– hiciera un quite a la muerte. Aquel en que un cura aragonés fundó una Obra que cuenta con miles y miles de hijos.

Fue exactamente el día 2 de octubre. fiesta de los Ángeles Custodios.

Articulo publicado en ABC

Madrid. 1–X–78
 

Próximo documento del Papa sobre el sacerdocio

En el contexto del Año Sacerdotal, que comienza el 19 de junio

El Papa tiene intención de preparar un documento sobre el sacerdocio: “el objetivo es lograr que el sacerdote se sienta bien en la Iglesia y que se den todas las condiciones para un testimonio sano y real en una sociedad que presenta muchos desafíos”, anuncia el cardenal Claudio Hummes, prefecto de la Congregación vaticana para el Clero, recorriendo algunas claves del Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI desde el próximo 19 de junio.

 

El Cardenal Cláudio Hummes reflexiona, en una entrevista en ‘L’Osservatore Romano’ –edición diaria en italiano, 3 de junio de 2009-, sobre la necesidad de un paso cultural para imprimir un nuevo impulso a la misión del sacerdote, que es la de favorecer, aparte del conocimiento del Evangelio, el encuentro personal de cada uno con Cristo.

 

“Esto es lo que recomienda Benedicto XVI desde el primer día de su Pontificado -subraya-. Y esto es lo que debe hacer el sacerdote con cualquier medio y de cualquier forma posible. El Papa, en primer lugar, da testimonio de la importancia de estar presente allí donde el hombre se encuentre, en la cotidianeidad de su existencia”, incluido el campo de las nuevas tecnologías.

 

El Año Sacerdotal “es una intuición maravillosa y de amplitud de miras”, “un don que hace el Papa a la Iglesia y al sacerdote –recalca el purpurado brasileño-. Y estoy seguro de que no será un año celebrativo del sacerdocio. Será más bien un año propositivo”.

 

Se lee en las páginas del diario de la Santa Sede el momento particular de la historia y de la vida de la Iglesia, llamada a afrontar la sociedad postmoderna, marcada por una exasperación relativista, a veces exagerada, y por el viento laicista que empuja a vivir casi como si Dios no existiera. Un entorno de cuyo contagio no se ha librado tampoco el ámbito eclesial. “Los primeros que se han resentido han sido precisamente los sacerdotes. Pero diría que se trata de una consecuencia casi fisiológica, similar a la que se registra en todo contexto humano cuando se verifica un salto cultural tan claro y uno se encuentra de improviso sumergido en una realidad que sorprende”; de ahí la gran importancia –advierte el cardenal Hummes- “de que los sacerdotes sientan al Papa y a la Iglesia cercanos, preocupados por ellos y por su condición”.

 

Respecto a los últimos años, el purpurado alude a un “período muy, muy duro y sufrido”, “también por el vituperio mediático al que se ha sometido indistintamente a todos los sacerdotes, como ‘categoría’, a causa de pocos que se han manchado de abusos gravísimos respecto a menores”.

 

“Desearía recordar que los sacerdote son los primeros que se sienten profundamente heridos por estas tragedias. Heridos en su alma sacerdotal, en su paternidad espiritual ante cuantos han sufrido violencia; han visto lacerasda su imagen –lamenta--. He recibido muchas confidencias de sacerdotes desalentados y en crisis por cuanto han hecho otros. Son ciertamente delitos graves, y no sólo desde el punto de vista penal, sino también desde el punto de vista canónico”.

 

El drama de la pedofilia “no se relaciona de manera específica y exclusiva a los sacerdotes –subraya el cardenal Hummes-, sino que golpea de manera mucho más incisiva a la sociedad y, desgraciadamente, sobre todo el ámbito familiar”; en cualquier caso es “un hecho gravísimo que esté involucrado también cierto número de sacerdotes. Es justo que pague el culpable; pero no es justo que pague también la grandísima mayoría de sacerdotes honestos y dedicados que entregan su vida al servicio del rebaño que se les ha confiado”.

 

“Debemos orar, lo repito, orar mucho por quien se equivoca, pero también por quien debe ser ayudado a recuperar la propia autoestima. Y en este Año Sacerdotal rezaremos mucho, con y por nuestros sacerdotes -confirma-. La Iglesia quiere orar con y por sus sacerdotes, expresar aprecio por ellos”. [Cope.es_Marta Lago]

 

   

Descubrir el sacramento del perdón y la penitencia

Benedicto XVI: Sacramento de la confesión, resurrección interior.

15. 2. 09

Intervención con motivo de la oración mariana del Ángelus

 

 

En estos domingos, el evangelista san Marcos ha presentado a nuestra reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta una sumamente particular: la de un leproso sanado, quien se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: "Si quieres, puedes limpiarme"  (Cf. Marcos 1,40-45). Él, conmovido, le tendió la mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Instantáneamente se verificó la curación de ese hombre, a quien Jesús le pidió que no revelara lo sucedido, y que se presentara a los sacerdotes para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley de Moisés.  
 
Aquel leproso curado, por lo contrario, no logró guardar silencio, es más, proclamó a todos lo que le había sucedido, de manera que, según refiere el evangelista, acudían a Jesús aún más enfermos de todas las partes, hasta obligarle a quedarse fuera de las ciudades para no ser asediado por la gente.
 

Jesús le dijo al leproso: "queda limpio". Según la antigua ley judía (Cf. Levítico 13-14), la lepra no era considerada sólo como una enfermedad, sino como la forma más grave de "impuridad". Les correspondía a los sacerdotes diagnosticarla y declarar inmundo al enfermo, quien tenía que ser alejado de la comunidad y quedarse fuera de los poblados, hasta que tuviera lugar una eventual y certificada curación. Por este motivo, la lepra constituía una especie de muerte religiosa y civil, y su curación una especie de resurrección. En la lepra es posible entrever el símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. La enfermedad física de la lepra no nos separa de Él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por este motivo, el salmista exclama: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Y luego dirigiéndose a Dios, añade: "Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: 'confesaré al Señor mi culpa',  y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Salmo 31/32,1.5).  
 

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente confiando en la misericordia divina, llegan a producir la muerte del alma. Este milagro reviste, por tanto, un intenso significado simbólico. Jesús, como había profetizado Isaías, es el Siervo del Señor, quien "cargó con nuestras dolencias y soportó nuestros dolores" (Isaías 53,4). Con  su pasión, se convertirá como en un leproso, impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hará por amor, con el objetivo de alcanzarnos la reconciliación, el perdón y la salvación.  En el Sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, a través de sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y, con los hermanos, nos ofrece el don de su amor, de su alegría y de su paz.  
 

Queridos hermanos y hermanas: invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a recurrir frecuentemente a su sacramento de la confesión, el sacramento del perdón, que hoy debe ser descubierto aún más en su valor y en su importancia para nuestra vida cristiana.  
 

   

Entrevista a un cura "cero kilómetros" Entrevista al P. Marcelo Bravo, L.C., acerca de su reciente ordenación sacerdotal

El P. Marcelo Bravo, L.C. (33 años, chileno) ha recibido la ordenación sacerdotal hace menos de un mes (el 24 de diciembre recién pasado). ¿Qué opina un “recién nacido” en el sacerdocio sobre el don y el compromiso que comporta esta vocación? Con mucha amabilidad ha respondido las siguientes preguntas.


1. ¿Cuál es su mayor deseo en estos momentos?

Mi mayor, mi único deseo en estos momentos es el de ser fiel a mi sacerdocio hasta el final de mi vida. Es muy fácil empezar y creer que con tener buenas intenciones ya está todo listo. Ahora comienza el camino de la respuesta diaria, de decir en todo momento al Señor: "Señor, yo te he escogido a ti, yo te sigo a ti". Si esto vale para toda vocación, como el matrimonio, vale todavía más para el sacerdote. Que el paso de los años no desgaste mi amor primero, eso es lo que deseo.


2. ¿Podría contarnos brevemente cómo descubrió usted su vocación?

Yo creo que mi vocación todavía la estoy descubriendo. Cada mañana escucho la voz de Cristo que me dice "sígueme". Hubo un momento puntual, hace ya 17 años, pero la vocación no es algo que pertenece al pasado. Cristo está vivo y actúa en mi alma y yo tengo que saber descubrirle cada día. Sobre el momento puntual, histórico, de mi vocación puedo decir que yo me encontraba bastante perdido en mi fe. Tenía 16 años y no creía en muchas cosas. Apenas había despuntado mi adolescencia y quería a toda costa disfrutar de su efímera fragrancia. Sin embargo, no era feliz. En una fiesta, mientras bailaba con una amiga, en medio de la música y las carcajadas me hirió un pensamiento ¿eres feliz? Por fuera todo seguía igual, por dentro, algo se vino abajo en mí. Por esas fechas fue el Papa a mi país. Su testimonio, su coherencia de vida, su fe me cautivaron. Yo todavía no sabía qué quería ser, pero quería ser una cosa: quiero ser un hombre auténtico como él. Así fue como Dios preparó mi alma para que, más adelante, en 1987 en un retiro, me determinase a seguir el camino que Dios me había señalado: ser sacerdote.


3. ¿Por qué cree usted que Dios le haya elegido?

Sinceramente no sé por qué Cristo me llamó. Hoy hay muchos problemas en el mundo, muchas necesidades materiales y espirituales. El hombre está perdiendo la fe y con ella está perdiendo la comprensión de sí mismo. Engañado con los espejismos de la cultura actual, está hambriento de eternidad, está solo, pues ha expulsado a Dios de su compañía. En este momento de desconcierto, Dios me llamó. Me llamó a mí que andaba precisamente perdido en esa encrucijada vital. Me llamó para ayudar a los hombres a reencontrar el camino de la felicidad. Sin embargo, desde que comencé este camino y hasta el día de hoy, siempre le he preguntado al Señor ¿Por qué a mí? ¿Señor, por qué te fijaste en mí? ¿Quién era yo para que tú me encomendaras esta misión? La única respuesta que hasta ahora me ha tranquilizado ha sido ésta: porque te amo. Te amo a ti y quiero que seas en el mundo un reflejo de mi amor.


4. ¿Por qué escogió usted esta joven congregación?

Porque Dios la escogió para mí. Tengo un hermano mayor que ingresó en otra comunidad sacerdotal. Ahora es misionero, párroco en una de los barrios más pobres y peligrosos de Venezuela ¿por qué no seguí también yo ese camino? Por un motivo: porque en la vocación es Dios quien tiene la iniciativa. En la Iglesia hay muchas y muy bellas instituciones que hacen tanto bien. Entre ellas está la Legión de Cristo, una congregación nueva que Dios suscitó en el siglo XX. ¿Por qué escogí esta congregación? La verdad es que no sé. Tal vez mi carácter tan inclinado a la aventura me hizo atractiva una congregación nueva y en fundación en la que aún hay mucho por hacer; además de la Legión me cautivó una cosa: la caridad tan delicada que se respiraba entre los seminaristas. Me pasó como aquello que se relata en los Hechos de los apóstoles: mirad cómo se aman, decían los paganos al ver a los discípulos de Cristo.


5. ¿Su familia aceptó desde el inicio su vocación?

Mi familia no aceptó desde el inicio mi vocación porque no la entendía. Debo confesar que tampoco yo la entendía. Mis papás no comprendían que un joven en el despuntar de su vida pudiese dejarlo todo para seguir un camino tan diverso de lo que el mundo estaba ofreciendo. Con el paso del tiempo Dios les fue haciendo entender mi camino. Digo entender, pero en el fondo sólo entiende la vocación sacerdotal quien la llega a amar. Ellos poco a poco fueron entrando en el misterio y fueron encontrándose también ellos con Cristo, aprendieron a amarlo y a acogerlo en sus vidas. Desde entonces y hasta hoy me han apoyado siempre incondicionalmente. El día de mi ordenación no había nadie tan feliz como mis papás.


6. ¿No cree que el momento actual es demasiado difícil como para hacerse sacerdote?

Juan Pablo II escribió hace poco: hoy es un tiempo maravilloso para hacerse sacerdote. Yo estoy totalmente de acuerdo con el Papa. Claro, la vocación sacerdotal es para almas con un corazón gigantesco, un corazón en el que quepa todo el mundo y todos los hombres y mujeres. El momento actual es difícil, por eso mismo la figura del sacerdote es más necesaria que nunca. Hoy es cuando los milagros de la gracia son más evidentes y es cuando más el sacerdote encuentra su lugar en la sociedad: ser faro de luz en medio de la oscuridad.


7.¿Cuál ha sido la experiencia que le ha marcado de un modo especial?

Antes de ser legionario, antes de comenzar a vivir mi fe con coherencia, cuando andaba perdido buscando satisfacer mis deseos con las cosas que ofrece el mundo, constaté la vanidad, la vaciedad de una vida gastada sólo para sí mismo. No hay hombre que sufra más que el que quiere ser el centro del universo. A mis 16 años me di cuenta de que mi vida, que sólo estaba al inicio ya estaba desembocando en el abismo. En medio del vértigo del sinsentido apareció Cristo. No fue una aparición sensible, entendámonos. Fue una convicción: sólo sería feliz junto a Cristo. Sólo sería feliz abriendo mi corazón a los demás para buscar hacerlos felices con una felicidad que pudieran llevarse a la eternidad.


8. ¿Considera que su condición de legionario de Cristo añade algo a su vocación y misión de sacerdote?

Añade la militancia. El legionario no es un sujeto apático que se cruza de brazos ante los problemas. El legionario es un soldado que pasa largo rato ante su Jefe Supremo, Jesucristo en la Eucaristía, planeando las estrategias de ataque, de conquista del mundo para Cristo. El legionario es un guerrero que posee un arma invencible: la caridad hasta sus últimas consecuencias.


9. ¿Cree que Dios siga llamando a más jóvenes a consagrarse a su servicio?

Dios nunca ha cesado de llamar. Dios llama al sacerdocio, pero también a otros modos de entrega. Dios llama a los matrimonios para que sean fermento de unidad familiar y testimonio de amor y armonía. Dios llama a los empresarios, a los políticos, a los médicos, a los obreros... pues todos los hombres tienen una misión insustituible en la construcción de la civilización del amor. Claro, el amor de Dios le lleva a buscarse hombres y mujeres para consagrárselos, hombres y mujeres a quienes les dará el don de la intimidad en el amor. Dios llama porque su amor es infinito y es más fuerte que nuestra sordera. Ahora bien, Dios respeta nuestra libertad y nunca nos forzará la mano. Quien sienta el llamado, la invitación de Dios a un amor mayor y no lo siga se está privando del más maravilloso don, está rehusando la aventura más increíble... pero Dios nunca lo obligará a amar.


10. Mirando en retrospectiva ¿Cómo ve los años de su formación? ¿Le han parecido largos?

Dicen que la presencia de los amigos acorta las distancias. Quien se la pasa con Dios, dígame usted cómo se le pasa el tiempo sin darse cuenta. Cuando se vive con intensidad, cada minuto junto a Cristo es una verdadera aventura.
   

Juan Antonio Massó Tarruella

Nació el 17-VI-1932 en Barcelona, España. En su ciudad natal cursó los estudios de Ciencias Empresariales. En 1951 se incorporó al Opus Dei. Se ordenó sacerdote en 1965 y, en 1967, a petición de San Josemaría, se trasladó a Australia para ayudar en el desarrollo de la labor apostólica en ese país, que había comenzado solamente cuatro años antes. Gracias a su gran corazón, su carácter alegre y optimista y su vida interior desarrolló un apostolado personal de amistad que ha dejado un surco profundo. Falleció el 14-XII-2003 a consecuencia de una grave enfermedad, en la Clínica Universitaria de Navarra.

   

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