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Testimonios
El Dios de los imposibles - XII aniversario de ordenación sacerdotal La actitud ante lo imposible no puede ser otra que la fe.
Autor: P. Juan Pablo Esquivel
20 de diciembre del 2001
La inminencia de LA PRIMERA NAVIDAD DEL MILENIO, contextualizada en un clima incierto y complejo desde varios puntos de vista, tanto a nivel internacional como a nivel nacional y provincial, y en lo personal la celebración del XIIº aniversario de mi ordenación sacerdotal me mueven a escribir estas reflexiones que he preparado para compartir con Uds., a quienes me debo como humilde servidor del pueblo de Dios.
Y consciente de que es justo y necesario, nuestro deber y salvación dar gracias al Señor siempre y en todo lugar... porque es eterno su Amor... y el Señor manifiesta un amor muy grande y muy poderoso cuando, fijándose en la pequeñez de un pobre hombre, lo elige para testimoniar la lógica desconcertante, paradójica, contradictoria pero sobrenatural y divina de un Amor que manifiesta su Fuerza en la debilidad, su Grandeza en la pequeñez, su Riqueza en vasos de barro.
Casi como que parece imposible que el Señor elija este modo, este camino, este estilo. Pero precisamente el Evangelio, Palabra siempre viva y actual que nos revela los modos increíbles y los caminos originales del Señor de la historia, nos muestra mil nombres distintos de un Dios que se llama Padre, Creador, Amigo, Salvador, Redentor, Vivificador... más aún: nos muestra cómo a Dios le gusta “apellidarse” con los nombres del hombre: Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob.
Jesús de Nazaret... Espíritu de la Iglesia... No es un Dios que juega a las máscaras para rehuir el encuentro personal, sino todo lo contrario: es un Dios que se viste de fajina (entiéndase: de pañales, de niño, de adolescente, de obrero-carpintero, de rabino, de viñador, de sediento al borde de un pozo, de invitado de bodas, de predicador, de profeta, de sacerdote, de pastor, de preso condenado a muerte infame, de Resucitado...) y de lo que haya que vestirse (o desvestirse, como en la Cruz...) para salir a recorrer hasta el fin todos los caminos, senderos, atajos y callejones que haya que recorrer para ir al encuentro del hijo, del amado, del preferido, del elegido... de ése que en Cristo es cada uno de nosotros.
Casi como que parece imposible, decía, pero los hechos irrefutables de la historia nos muestran que es así. ¡Cuántos modos, cuántos caminos, cuántos estilos tiene Dios! ¡Y cuántos nombres suyos jalonan estos caminos!
Hoy yo quisiera, con el mismo cuidado con el que recojo las partículas de la Eucaristía que han quedado en la patena después de la Comunión (“para que no se pierda nada” ), con los pies del corazón descalzo, como Moisés se aproximó a la zarza, tomar el nombre de Dios que el Evangelio de hoy pone en boca del ángel Gabriel, y con el cual sella indiscutiblemente la autenticidad de su profecía: “NO HAY NADA IMPOSIBLE PARA DIOS”. Con lo cual, Jesús de Nazaret, que también se llama Emanuel, y Cristo, y también Hijo de David, Hijo del Hombre, Rey de los judíos, Señor mío y Dios mío, se llama también “Dios de los imposibles”
Este concepto puede tener muchos sentidos: nos parece imposible lo que está sucediendo a nivel mundial, inaudito, increíble.
Nos parecía imposible que realmente estuviera ocurriendo lo que pasó el pasado 11 de septiembre, cuando contemplamos por televisión, atónitos y estupefactos, imágenes que quedarán profundamente grabadas en nuestra memoria por el resto de nuestras vidas.
Lamentablemente, también nos parece imposible lo que estamos viviendo a nivel nacional y provincial. Y con dolor, podemos suponer que será imposible que las cosas cambien significativamente en corto plazo.
Además de estos imposibles “colectivos”, que nos tocan a todos, cada uno de nosotros tiene sus propios imposibles, que rondan y a veces atenazan con fuerza la propia existencia desde diversos flancos.
Imposibles que, encima, nunca andan solos, sino en manada, como perros salvajes que muerden y destrozan, cuando no matan... Cada uno conoce los suyos, todos distintos entre sí, pero todos presentes y activos, marcando el límite de lo humanamente infranqueable, inalcanzable.
El límite donde nuestras mejores fuerzas y esfuerzos se estrellan con impotencia, y señalan el inicio de un terreno que se transforma en objeto de sueños y ensueños, que sobrevolamos con la imaginación sin poder pisar con nuestros pies: es la tierra de lo imposible.
Pero hoy el arcángel San Gabriel recuerda uno de los nombres de Dios: el Dios de lo imposible.
En toda la Biblia, la palabra imposible aparece 20 veces.
En aquellos párrafos más significativos, que son por lo menos la mitad, está directamente ligada a una virtud: la fe.
Si la actitud lógica ante lo posible es sencillamente la iniciativa que busca la efectiva realización, la actitud ante lo imposible no puede ser otra que la fe.
Creo que es muy sintomático que quien haya conocido en alto voltaje al Señor como Dios de los imposibles sea Abraham, nuestro padre en la fe. No me prolongo aquí para no cansarlos , pero basta repasar al menos mentalmente su historia, para recordar que casi no hay rasgo de su existencia que no esté marcado a fuego por lo imposible, frente a lo cual Dios se revela como el Dios de los imposibles.
Ahora bien, él es nuestro padre, nuestro antepasado, nuestro prototipo. La historia de la fe de cada uno de nosotros empieza con él. En materia de fe, Abraham es y será siempre padre, y María el “modelo terminado”, la realización más perfecta.
En ambos, separados entre sí por un tiempo semejante al que nos separa de lo que ocurrió en el pesebre de Belén, encontramos una idéntica actitud: creyeron lo increíble; apostaron a lo imposible, pusieron toda su fe en el Dios de lo imposible, y no fueron defraudados. De ellos somos estirpe, somos hijos. Estamos genéticamente sellados por lo imposible, lo increíble, lo maravilloso.
Cada día de nuestras vidas no faltan motivos para preguntarnos: ¿es posible que Dios esté en medios de nosotros? Hemos transformado un mundo que salió hermoso de las manos creadoras del Padre en un lugar incierto, inseguro, temible, y hasta cruel. Utilizamos nuestra inteligencia para destruir, nuestra libertad para arruinar, nuestro corazón para odiar.
Los judíos que veían a Jesús de Nazaret, se preguntaban: ¿es posible que este carpintero-rabino, al que vemos trabajar, rezar, reír, llorar, sufrir, estar contento y estar triste, hablar como nadie en el mundo jamás ha hablado y callar cuando podría salvarse, hacer milagros para salvar a otros y no librarse a sí mismo de la muerte? ¿Es posible que éste sea el mismísimo Dios en persona, que viene a quedarse para siempre con nosotros? ¿Es posible que un muerto resucite? Y las respuestas fueron muy distintas.
Muchos en nuestro tiempo se preguntan: ¿es posible que el Señor del tiempo y de la eternidad quiera seguir irrevocablemente estando con nosotros, en esta Iglesia... a través de estos sacramentos... con estos curas... con estos cristianos? Y también hoy las respuestas son muy distintas.
Por mi parte, quiero en este día, humildemente, testimoniar mi fe y mi confianza absoluta en el Dios de lo imposible, y alabarlo y bendecirlo con plena conciencia de que Su Amor, Su Presencia y Su Llamada han transformado mi vida para siempre, llenándola de un aire de fiesta sobrenatural, infinita, humanamente imposible... y que esta Presencia para la cual no hay nada imposible me ha quitado para siempre el miedo a la vida y a la muerte, el miedo al sinsentido, al pecado y al fracaso.
¡EL SEÑOR DE LO IMPOSIBLE ES EL VIVIENTE!
Es el VENCEDOR, el que tarde o temprano tiene la última palabra de todo lo que existe y ocurre.
Es el PADRE BUENO, a cuya casa siempre se puede volver con la certeza de la fiesta que esa vuelta provoca.
Es el PASTOR que carga en hombros a la ovejita descarriada.
Es el ESPÍRITU que habita en corazones débiles, pecadores, miserables, insignificantes, pero que son primicias de un cielo nuevo y una nueva tierra, en los que todo será salvación gloriosa .
En el nombre del Dios Bendito, quisiera repetirles hoy de modo solemne y definitivo las palabras que introducen, como un canto de cielo, las apariciones del Resucitado: “¡¡¡NO TENGAN MIEDO!!!”
Las escuché también yo solemnemente dichas hace un poco más de 23 años, cuando era una adolescente espiritualmente inquieto, y vi por la TV asomarse al balcón de la Plaza de San Pedro a un Papa recién elegido que provenía de la Iglesia del silencio, que había sufrido mucho como persona, como cristiano y como sacerdote, y que con estas palabras expresaba proféticamente su propia misión, y el tiempo en que la misma se daría: “¡NO TENGAN MIEDO! ¡ABRAN DE PAR EN PAR LAS PUERTAS AL REDENTOR!”
Yo también les repito hoy, humildemente: ¡NO TENGAN MIEDO! EL SEÑOR DE LO IMPOSIBLE, EL SEÑOR DE LA HISTORIA ESTÁ CON NOSOTROS. ¿QUIÉN PUEDE ESTAR CONTRA NOSOTROS?
A MARÍA SANTÍSIMA quiero agradecerle su permanente y maternal protección: especialmente quiero agradecerle que durante este año me haya cubierto con su manto para que las durísimas calumnias y maledicencias de que fui objeto no me sumergiesen en la tristeza ni la amargura, sino que me ayudasen a crecer en libertad para prescindir de los juicios humanos y predicar la Palabra sin temor ni a la muerte, ni a aquellas cosas que se le parecen.
Confío en que MARÍA también me curará las heridas que quienes están detrás de ésto me han causado.
Y al único Dios vivo y verdadero, que existe desde siempre y para siempre, habitando en una Luz inaccesible que su Hijo único ha venido a traernos, y con la cual ha encendido nuestros corazones vuelvo a firmarle hoy, mientras presido esta Misa Nº 5,027 desde el día de mi ordenación, en este último atardecer de la primera primavera del milenio, el “cheque en blanco” de mi existencia, con palabras tomadas de un santo varón que repito interiormente cada día después de la Comunión:
“PADRE
me pongo en tus manos
haz de mí lo que quieras
sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo
con tal de que tu Voluntad
se cumpla en mí
y en todas tus demás creaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te entrego mi vida,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz
porque te amo,
y deseo darme a Ti,
ponerme en tus manos
sin límite ni medida,
con una confianza infinita
porque Tú eres mi Padre.
AMÉN
Carlos Morlán Alonso
A él le debo la vocación
De un gran hombre
hay siempre algo que aprender
aunque esté callado.
Séneca
"Nuestro Señor fue preparando las cosas -contaba San Josemaría Escrivá- para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos."
De su padre, D. José Escrivá, recibió un constante ejemplo de laboriosidad. El pequeño Josemaría le vio trabajar incansablemente, día tras día, en la pequeña industria que poseía en Barbastro, con una gran preocupación por el bienestar material y espiritual de las personas que trabajaban a sus órdenes. También de él aprendió a llevar con serenidad las contrariedades grandes o pequeñas de la vida, sin impaciencia, con buen humor: "No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con solo cincuenta y siete años murió agotado, pero estuvo siempre sonriente (...).Y vi a mi padre como la personificación de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos, y se quedaron sin fortuna (...). Y fuimos adelante. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal -ahora me doy cuenta- que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones. Le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente. Él, que habría podido quedar en una posición brillante para aquellos tiempos, si no hubiera sido un cristiano y un caballero, como dicen en mi tierra."
"Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí. Fue una providencia de Dios. El Opus Dei debía nacer en el más absoluto desamparo, sin ningún asidero terreno en el que apoyarse. Mi padre se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la gracia de Dios y buen humor.
"Ahora quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los negocios, porque así sé lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido. Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana."
En ese clima familiar de generosidad, de cariño y de fortaleza, maduró la llamada que Dios comenzaba a dirigirle. Primero fue un suave requerimiento, que sacudió lo más íntimo de su ser: un barrunto de amores divinos, que empezó a sentir desde los quince o dieciséis años, al ver aquellas huellas en la nieve. "Yo nunca pensé en hacerme sacerdote -recordaba-, nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema porque creía que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cosas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente...".
Un día de 1918, Josemaría le dice a su padre que desea ser sacerdote. D. José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia pueda remontar la difícil situación en que se encuentran, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota ahora, irremediables, las lágrimas que cruzan por su cara. "A él le debo la vocación -afirmó San Josemaría muchas veces-. Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me contestó: hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré. Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño."
D. José aceptó con generosidad el camino que el Señor trazaba para su hijo, cuando escuchó sus confidencias. No quiso Dios, sin embargo, que tuviera la dicha de ver a su hijo en el altar. El Señor le llamó pocos días después de que recibiera el subdiaconado, cuatro meses antes de su ordenación sacerdotal en Zaragoza. Marchó al Cielo, cumplida ya su tarea en la tierra, cuando su hijo se orientaba definitivamente por ese camino sacerdotal que culminaría con la fundación del Opus Dei.
Peter Berglar, uno de los biógrafos de San Josemaría, se detiene a considerar precisamente ese modo de reaccionar del pequeño Josemaría ante la desgracia. Era un niño alegre, normal, ni mimado ni libre de problemas. ¿Qué sucede en el interior de un adolescente que, por tres veces en tres años, tiene que pasar por el fallecimiento de sus tres hermanas pequeñas, el dolor de los padres, las terribles horas y los días de la muerte, las lacerantes visitas al cementerio?
Y, haciendo una comparación audaz, se refiere a otro chico de diecisiete años, en esa misma época, a unos miles de kilómetros de distancia. Ese chico se llamaba Lenin y, bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, perdió la fe cristiana, hasta el punto que, según cuentan testigos presenciales, en ese momento se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí.
Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias para sí mismo y para millones de personas. Otro hombre, ante la dureza de otra tragedia familiar, se fortalece en su deseo de dar un sentido más alto a su vida, y los frutos serán, en este caso, una vida de santidad.
Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad para el bien y para el mal. Hay una anécdota que es quizá una muestra de esas luchas interiores del pequeño Josemaría. Es un pequeño episodio que recuerda una amiga de la familia Escrivá. En sus juegos de niños, les gustaba hacer castillos de naipes. Una tarde de 1913, al poco de morir la segunda de sus hermanas, "estaban absortos en torno a la mesa, conteníamos la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos de naipes, cuando Josemaría, que no acostumbraba a hacer cosas así, lo tiró con la mano. Nos quedamos medio llorando, y Josemaría, muy serio, nos dijo: "Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira"". Esta frase deja entrever que el alma del pequeño se encontraba en medio de una fuerte crisis. Había experimentado la imposibilidad de comprender lo que Dios a veces permitía que sucediera, y sufría ante la posibilidad de tener que aceptar una fría arbitrariedad. Pero su alma, estremecida, se apartó de esa interpretación. El pequeño Josemaría se apartó del terrible abismo negro en el que cayó el joven Lenin.
La reacción ante la dolorosa presencia de mal en el mundo suele marcar la profundidad con que ha calado el espíritu cristiano en una persona. Hay un pasaje en el Evangelio de San Lucas en que se aborda esta cuestión. Según la mentalidad de aquella época, la gente tendía a pensar que las desgracias recaen sobre las víctimas a causa de sus culpas personales. Jesucristo, por el contrario, les dice: "¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido esas cosas? O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo". "Este es el punto -comenta Benedicto XVI- al que Jesús quiere llevar a quienes le escuchaban: la necesidad de la conversión. No la presenta en términos moralistas, sino realistas, como única respuesta adecuada a sucesos que ponen en crisis las certezas humanas. Ante ciertas desgracias, advierte, no sirve de nada echar la culpa a las víctimas. Lo verdaderamente sabio consiste más bien en dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud de responsabilidad: hacer penitencia y mejorar nuestra propia vida.
"Esta es la sabiduría, esta es la respuesta más eficaz al mal, a todos los niveles, interpersonal, social e internacional. Cristo invita a responder al mal ante todo con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida. De otro modo, pereceremos, dice, pereceremos de la misma manera. De hecho, las personas y las sociedades que viven con aire de suficiencia tienen como único destino final la ruina. La conversión, por el contrario, a pesar de que no preserva de los problemas y adversidades, permite afrontarlos de manera diferente. Ayuda a prevenir el mal, desactivando algunas de sus amenazas. Y, en todo caso, permite vencer al mal con el bien, y aunque no siempre sea a nivel de los hechos, que a veces son independientes de nuestra voluntad, ciertamente siempre es así a nivel espiritual. La conversión vence al mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre pueda evitar sus consecuencias."
El mal está indiscutiblemente presente ante la vista de todos, y su presencia es una invitación a la conversión personal. Las personas que han pasado por mayores dificultades tienen más oportunidades de madurar. Y quizá quienes han alcanzado una mayor madurez, suelen haberla logrado por su experiencia a la hora de afrontar de modo positivo unas dificultades superiores a los demás. Y la familia suele ser la fragua donde se aprende a abordar bien esas situaciones.
El ejemplo de los padres ha constituido habitualmente, a lo largo de la historia de la Iglesia, una ayuda insustituible en los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados, que han buscado lo mejor para Dios y lo mejor para sus hijos, aunque fuese costoso para ellos. La historia presenta una galería magnífica, y a veces desconocida, de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos, hicieron, sin saberlo, un gran servicio a la humanidad.
-¿Y qué piensas que deben hacer los padres por la vocación de sus hijos, una vez que ya han decidido entregarse a Dios?
Cuando un hijo o una hija se entregan a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse, pensando que otros ya se ocupan de él o de ella, sino que han de ayudarles a seguir su camino, especialmente cuando aún son jóvenes. Tienen ante sí algo sobrenatural, misterioso y frágil. Deben acoger con una estima grande su actitud generosa, y apoyarles siempre con su oración y su cariño, estén cerca o lejos, de modo que, pase lo que pase, encuentren siempre en los padres acogida y comprensión. Su misión, antes y después de que los hijos sientan la llamada de Dios, es de gran importancia.
-Además de los padres, están los hermanos y el resto de la familia. ¿Qué dices sobre su influencia en la vocación?
La influencia de la familia, y en especial de los hermanos, puede ser muy grande, en un sentido o en otro. Sucede en la vocación profesional y en muchas cosas más, pues la referencia personal que supone un hermano o una hermana mayor tiene un peso grande, y es bien posible que Dios quiera contar con eso al llamar a una persona a determinado camino. Así lo explicaba, por ejemplo, Santa Teresa de Lisieux en su autobiografía: "Estaba yo muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi ideal de niña era Paulina... Cuando estaba pensativa y mamá me preguntaba "¿En qué piensas?", la respuesta era invariable: "¡En Paulina...!". Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina sería religiosa, y yo entonces, casi sin saber lo que era eso, pensaba: "Yo también seré religiosa". Es éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié de intención...".
San Juan Eudes y la formación del clero
BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Castelgandolfo
Miércoles 19 de agosto de 2009
San Juan Eudes y la formación del clero
Queridos hermanos y hermanas:
Se celebra hoy la memoria litúrgica de san Juan Eudes, apóstol incansable de la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y María, quien vivió en Francia en el siglo XVII, un siglo marcado por fenómenos religiosos contrapuestos y también por graves problemas políticos. Es el tiempo de la guerra de los Treinta Años, que devastó no sólo gran parte de Europa central, sino también las almas. Mientras se difundía el desprecio hacia la fe cristiana por parte de algunas corrientes de pensamiento entonces dominantes, el Espíritu Santo suscitaba una renovación espiritual llena de fervor, con personalidades de alto nivel como De Bérulle, san Vicente de Paúl, san Luis María Grignon de Montfort y san Juan Eudes. Esta gran "escuela francesa" de santidad tuvo también entre sus frutos a san Juan María Vianney. Por un designio misterioso de la Providencia, mi venerado predecesor Pío xi proclamó santos al mismo tiempo, el 31 de mayo de 1925, a Juan Eudes y al cura de Ars, ofreciendo a la Iglesia y a todo el mundo dos ejemplos extraordinarios de santidad sacerdotal.
En el contexto del Año sacerdotal, quiero subrayar el celo apostólico de san Juan Eudes, dirigido especialmente a la formación del clero diocesano. Los santos son la verdadera interpretación de la Sagrada Escritura. Los santos han verificado, en la experiencia de la vida, la verdad del Evangelio; así nos introducen en el conocimiento y en la comprensión del Evangelio. El concilio de Trento, en 1563, había emanado normas para la erección de los seminarios diocesanos y para la formación de los sacerdotes, pues el Concilio era consciente de que toda la crisis de la reforma estaba condicionada también por una formación insuficiente de los sacerdotes, que no estaban preparados para el sacerdocio de modo adecuado, intelectual y espiritualmente, en el corazón y en el alma.
Esto sucedía en 1563; pero, dado que la aplicación y la realización de las normas se dilataban, tanto en Alemania como en Francia, san Juan Eudes vio las consecuencias de esta carencia. Movido por la clara conciencia de la gran necesidad de ayuda espiritual que experimentaban las almas precisamente a causa de la falta de preparación de gran parte del clero, el santo, que era párroco, instituyó una congregación dedicada de manera específica a la formación de los sacerdotes. En la ciudad universitaria de Caen, fundó su primer seminario, experiencia sumamente apreciada, que muy pronto se extendió a otras diócesis.
El camino de santidad que recorrió y propuso a sus discípulos tenía como fundamento una sólida confianza en el amor que Dios reveló a la humanidad en el Corazón sacerdotal de Cristo y en el Corazón maternal de María. En aquel tiempo de crueldad, de pérdida de interioridad, se dirigió al corazón para comunicar al corazón una palabra de los Salmos muy bien interpretada por san Agustín. Quería hacer volver a las personas, a los hombres, y sobre todo a los futuros sacerdotes, al corazón, mostrando el Corazón sacerdotal de Cristo y el Corazón maternal de María. Todo sacerdote debe ser testigo y apóstol de este amor del Corazón de Cristo y de María.
También hoy se experimenta la necesidad de que los sacerdotes den testimonio de la misericordia infinita de Dios con una vida totalmente "conquistada" por Cristo, y aprendan esto desde los años de su formación en los seminarios. El Papa Juan Pablo II, después del Sínodo de 1990, publicó la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, en la que retoma y actualiza las normas del concilio de Trento y subraya sobre todo la necesaria continuidad entre el momento inicial y el permanente de la formación; para él, como para nosotros, es un verdadero punto de partida para una auténtica reforma de la vida y del apostolado de los sacerdotes, e igualmente es el punto fundamental para que la "nueva evangelización" no sea sólo un eslogan atractivo, sino que se traduzca en realidad.
Los cimientos puestos en la formación del seminario constituyen el insustituible "humus spirituale" en el que se puede "aprender a Cristo", dejándose configurar progresivamente a él, único Sumo Sacerdote y Buen Pastor. Por lo tanto, el tiempo del seminario se debe ver como la actualización del momento en el que el Señor Jesús, después de llamar a los Apóstoles y antes de enviarlos a predicar, les pide que estén con él (cf. Mc 3, 14). Cuando san Marcos narra la vocación de los doce Apóstoles, nos dice que Jesús tenía un doble objetivo: el primero era que estuvieran con él; y el segundo, enviarlos a predicar. Pero yendo siempre con él, realmente anuncian a Cristo y llevan la realidad del Evangelio al mundo.
En este Año sacerdotal os invito a rezar, queridos hermanos y hermanas, por los sacerdotes y por quienes se preparan a recibir el don extraordinario del sacerdocio ministerial. Concluyo dirigiendo a todos la exhortación de san Juan Eudes, que dice así a los sacerdotes: "Entregaos a Jesús para entrar en la inmensidad de su gran Corazón, que contiene el Corazón de su santa Madre y de todos los santos, y para perderos en este abismo de amor, de caridad, de misericordia, de humildad, de pureza, de paciencia, de sumisión y de santidad" (Coeur admirable, III, 2).
Con este espíritu, cantemos ahora juntos el Padre nuestro en latín.
Saludos
Celebramos hoy la fiesta de san Juan Eudes, apóstol incansable de la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y María y entregado totalmente a la formación del clero diocesano. La adecuada preparación del sacerdote es el punto de partida de una auténtica reforma de la vida y del apostolado de los presbíteros. Durante este Año sacerdotal, os invito a rezar por los sacerdotes para que configurándose cada vez más con Cristo, buen Pastor, sean testigos en el mundo de la infinita misericordia de Dios.
(En lengua polaca)
El mes de agosto es el tiempo de la siega. Demos gracias a Dios por el don del pan, tanto por la Eucaristía, alimento del alma, como por el pan de cada día, alimento del cuerpo. Que Dios bendiga la cosecha de este año y a todos los que trabajan en ella. Abramos todos nuestro corazón para compartir el pan con nuestros hermanos necesitados.
(A los peregrinos croatas)
Queridos amigos, de modo especial este año, orad en vuestras familias por vuestros sacerdotes, a fin de que sean imitadores fieles de nuestro Señor, y por las nuevas vocaciones sacerdotales de vuestra nación.
(En lengua italiana)
Saludo con afecto, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Que la admirable figura de san Juan Eudes, a quien acabo de referirme, os ayude a cada uno a progresar cada vez más en el amor a Dios, que da plenitud de sentido a la juventud, al sufrimiento y a la vida familiar.
Gracias a todos por vuestra presencia. Que el Señor os bendiga.
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana
Mi encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer
Testimonio de Víctor García Hoz, Catedrático de Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid
01 de septiembre de 2008
Ocurrió creo un par de años o tres después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer.Tenía yo cierta familiaridad con la literatura española mística y ascética, puesto que precisamente había hecho mi tesis doctoral sobre este tema, pero no había entrado, a pesar de todo, en la profundidad del amor de Dios y en cómo Él nos llama a participar de su vida.
Ya me había casado, tenía algún hijo, y me confesaba con Monseñor Escrivá de Balaguer regularmente. Charlábamos sobre mí vida espiritual, y un buen día, en medio de la charla, me dejó verdaderamente asombrado con las palabras que me dijo. Poco más o menos, creo que son textuales: «Dios te llama por caminos de contemplación».
Esto para mi fue verdaderamente una cosa tremenda. Como ya he dicho, estoy casado, tenía un hijo y esperaba más, como luego Dios me ha dado hasta ocho. Por otra parte, yo era un hombre modesto, era un doctor en Filosofía y Letras con un contrato en la Universidad que apenas me daba para subsistir, tenia que andar a puñetazos con el trabajo para allegar el dinero necesario para poder vivir.
Que Monseñor Escrivá de Balaguer me hablara de caminos de contemplación fue verdaderamente un descubrimiento.
Cuando me casé tenía ciertos deseos de vivir una auténtica vida cristiana, y necesitaba para ello un director espiritual. Acudí al entonces vicario general de la diócesis, don Casimiro Morcillo, que era muy amigo mío –más tarde sería arzobispo de la diócesis de Madrid–Alcalá–, para que me dijera algún sacerdote, si es que él no quería –yo se lo sugerí–, que se encargara de mi dirección espiritual.
Él me recomendó que buscara a Monseñor Escrivá de Balaguer en concreto. Le busqué: tenía dos direcciones, una donde él vivía y otra donde ejercía su apostolado principalmente, pero resultaba costoso encontrarle: acababa de salir, no había venido, etcétera.
Al ver las dificultades volví otra vez al vicario y le dije: «Mire usted, don Casimiro, este sacerdote debe estar muy ocupado». «Sigue buscándole», me respondió. Creo que éste es uno de los consejos en los que veo más claramente la mano de Dios. Que me indicara un sacerdote concreto no tiene nada de particular, pero que después de todas las dificultades me dijera: «Sigue buscándole»...
Y seguí buscándole, hasta que quedamos citados para recibirme.
Pienso que es el primer rasgo definitorio de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer: su extraordinaria disponibilidad, es decir, estar siempre a disposición de quien buscaba su ayuda para ir a Dios. Porque la verdad es que cuando me dio esta cita yo iba un poco miedoso. «Con el trabajo que debe tener este sacerdote –pensaba–, que me ha costado casi dos meses encontrarle, yo le voy ahora con la pretensión de que me dirija espiritualmente, y también a mi mujer -que más o menos estaba en mis disposiciones–:me va a decir que lo siente mucho».
Sin embargo, mi primer gran asombro fue cuando no puso absolutamente ninguna dificultad. Me dijo que estaría encantado de atenderme, de hablar conmigo, de dirigirme espiritualmente, de lo que fuera menester.
Efectivamente, apenas iniciado el trato con Monseñor Escrivá de Balaguer, me causó verdadero asombro su absoluta disponibilidad para quienes nos habíamos confiado a su dirección espiritual. Esta actitud se puso de relieve muchísimas veces: por ejemplo, en las molestias que tenía que tomarse para confesar a mi mujer. Para confesarme y hablar conmigo no había ningún problema, pues normalmente bastaba con acudir a la residencia de la calle Jenner. Mas cuando se trataba de mi mujer, la cosa era diferente, ya que Monseñor Escrivá de Balaguer vivía con exquisito cuidado las normas de la prudencia en la confesión y dirección espiritual de mujeres, que siempre enseñó y exigió a sus hijos sacerdotes.
Don Josemaría se encargaba de buscar una iglesia y un confesionario a la hora adecuada. Y esto no una vez o dos, sino cuantas veces mi mujer acudía, que normalmente era un día a la semana. Varias veces utilizó los confesonarios de las iglesias de San José y de Santa Bárbara.
Por lo que a mí se refiere recuerdo especialmente una ocasión, creo que en el curso 1940- 41 en que andaba agobiado con un problema familiar. Pregunte por el fundador del Opus Dei en la residencia, y me dijeron que estaba dirigiendo una tanda de ejercicios espirituales en el Seminario de Madrid. Acudí allí y apenas terminó la plática, me recibió. Estuve todo el tiempo necesario para hablar de mi problema, sin que diera muestra alguna de impaciencia, ni me insinuara la conveniencia de dejarlo para otra ocasión. Charlamos durante mucho tiempo y, al final, el problema quedó solucionado.
Esta disponibilidad total era la expresión de una caridad extrema que le hacía olvidarse de sí mismo para estar siempre pendiente de los demás. En los primeros años de mi trato con Monseñor Escrivá de Balaguer, quizá por el año 1941, a la Acción Católica –de cuyo Consejo Superior de hombres formaba yo parte– organizó unos ejercicios espirituales para profesores y graduados universitarios. Tenían lugar en el oratorio de Caballero de Gracia, y él dirigía las meditaciones al final de la tarde.
A los dos o tres días de empezar notamos que hablaba con cierta dificultad. Se le habían inflamado las amígdalas y le supuraban. A pesar de estas molestias fuertes, y además pidiendo perdón por no poder pronunciar completamente bien, continuó predicando la semana entera, dejándonos fuertemente impresionados.
Creo que también se puede decir que el fundador del Opus Dei era realmente un hombre de paz, irradiaba paz. Hay rasgos de su personalidad que se pueden conocer, naturalmente habiéndole tratado, pero también viendo su obra.
Los hombres se manifiestan en sus acciones, y la obra que fundó Monseñor Escrivá de Balaguer ahí está, extendida por todo el mundo. ¿Qué significa esto?
Para mí significa, enlazando con lo que antes decía de la disponibilidad, una inmensa caridad y una enorme fortaleza. Enorme fortaleza en el sentido de que todos la necesitamos para ser constantes en el trabajo, pero es que, además, y esto es fruto de que le conocí y le vi, pienso que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido uno de los hombres que, por su amor a Dios, a la Iglesia, a las almas, más ha sufrido en el mundo.
Y, sin embargo, nunca le vi perder la paz. Irradiaba, al mismo tiempo que un vigor extraordinario para el trabajo y la lucha ascética diaria, una paz contagiosa. Recuerdo que una vez, hacia el año 1942, anduve con muchas vacilaciones y desasosiegos sobre varias posibilidades profesionales y sociales que se me ofrecían.
Hablé con Monseñor Escrivá de Balaguer y tras sus palabras, en las que quedaba claro que la decisión tenía que ser mía, libre y responsable, hice con toda tranquilidad una elección que me devolvió la calma.
En esta ocasión, y en tantas otras desde que empecé a dirigirme espiritualmente con el fundador del Opus Dei, pude darme cuenta de su exquisito respeto hacia mis opiniones, trabajos y aspiraciones profesionales. Su constante empeño era que llegara a vivir la presencia de Dios de un modo continuo, que ofreciera todas las obras, alegrías y dificultades a Dios, rectificando cuantas veces fuera necesario la intención, para que el servicio y la gloría de Dios llegaran a ser preocupación dominante; que atendiera a los detalles pequeños en cualquier quehacer y procurase realizar bien el trabajo, para poder ofrecer algo digno a Dios; que pusiese cada vez más ilusión en la tarea profesional, principal medio de santificación que Dios había puesto a mi alcance; que quisiera cada vez con más ilusión a mi mujer y a mis hijos.
Artículo publicado en DIARIO ESPAÑOL
Tarragona, 26–VI–85
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