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Testimonios
El padre Lombardi reflexiona sobre las nuevas normas de la Iglesia para combatir la pederastia
sábado, 17 de julio de 2010
“Nuevas normas, un largo camino” es el título de su comentario editorial en el informativo “Octava Dies” del Centro Televisivo Vaticano
Sábado, 17 jul (RV).- «Nuevas normas, un largo camino», es el título del editorial del Padre Federico Lombardi, para el informativo semanal Octava Dies, del Centro Televisivo Vaticano.

El director de Radio Vaticana y de la Oficina de Prensa de la Santa Sede se refiere a las normas actualizadas, sobre los delitos más graves, que fueron publicadas, recordamos, el pasado jueves 15 de julio. En particular, en lo que se refiere a los abusos sexuales contra menores, se recuerda que con el impulso del Papa, es importante la ley, la formación, la prevención, el diálogo y la atención a las víctimas.
Con la publicación de las nuevas normas para tratar y castigar los crímenes de abusos sexuales a menores por parte de miembros del clero, la Iglesia ha dado un importante paso adelante en el afrontar la cuestión con respuestas duraderas y de impacto profundo.
Las leyes, claras y conocidas, son de hecho una orientación indispensable para una gran comunidad, como lo es la Iglesia católica, que debe tener sus normas comunes, autónomas con respecto a aquellas de muchísimos países diversos en los cuales vive. Países en los que las leyes civiles son obviamente respetadas y puestas en práctica por los hombres de Iglesia, como por cada ciudadano, también en lo que concierne a los crímenes de abuso.
Con las nuevas normas canónicas los procedimientos pueden ser más rápidos y eficaces, los tribunales eclesiásticos pueden ser más fácilmente dotados de personal laico competente, el tiempo para la prescripción viene redoblado permaneciendo siempre posible la derogación ulterior, son explícitamente tomados en consideración en su gravedad los casos de abuso a personas adultas pero con limitado uso de razón, así como la pedopornografía. Naturalmente, la ley es necesaria, pero no lo es todo.
Existe un compromiso educativo, de formación del clero y del personal que trabaja en las instituciones ligadas a la Iglesia, de información y prevención, de diálogo y cuidado personal en relación con las victimas… Un campo inmenso sobre el cual la Iglesia se ha movilizado en tantos países, con el impulso del Papa. Por su parte, la Congregación para la Doctrina de la Fe continua trabajando para brindar ayuda a los episcopados en el formular directivas locales coherentes y eficaces. La nueva ley es importantísima, pero sabemos bien que nuestro compromiso por un testimonio más evangélico y puro debe ser de larga duración.
El celibato sacerdotal
¿Por qué los sacerdotes no se casan?
En la Iglesia Latina, los sacerdotes y ministros ordenados, a excepción de los diáconos permanentes, «son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579). En efecto, todos los sacerdotes «están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato» (Código de Derecho Canónico c. 277).
Don de Dios
Este celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.
Que capacita para la misión
El celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de Derecho Canónico c. 277). En efecto, como sugiere San Pablo(1Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.
Opción por un amor más pleno
Queda claro por lo anterior que el celibato no es una renuncia al amor o al compromiso, cuanto una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos.
Signo escatológico de la vida nueva
El celibato es un también un «signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579) y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia.
El celibato sacerdotal se apoya en el celibato de Cristo
El celibato practicado por los sacerdotes encuentra un modelo y un apoyo en el celibato de Cristo, Sumo Pontífice y Sacerdote Eterno, de cuyo sacerdocio es participación el sacerdocio ministerial.
El Orden Sacerdotal
El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos.
La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica .
La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres .
La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia.
El sacerdote debe estar libre para dedicarse, cien por cien, al cuidado de las almas.
Aunque es verdad que en algún caso una esposa podría ayudarle, también es verdad que en otros muchos, una esposa podría absorberle su tiempo por estar enferma física o psíquicamente, o por exigir de él mayor atención, etc.
Y por supuesto, los hijos exigirían de él, no sólo tiempo, sino destinos en los que la educación de ellos fuera más fácil, o evitar atender a enfermos contagiosos, etc.
Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes.
Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es "alter Christus", es decir, otro Cristo .
El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote.
La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios. Si un muchacho tiene buena salud (no es necesario ser un superman ), es capaz de hacer estudios (no es necesario ser un genio), puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida ) es decir, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio.
No se trata de preguntar me gustaría ser sacerdote? sino, me querrá Dios sacerdote? . En caso de duda preguntar a persona imparcial y formada.
Hay que pedirle a Dios que haya muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, pues hacen falta muchos párrocos, muchos misioneros, predicadores, confesores, maestros, etc., y también muchas Hermanitas de los Pobres, de la Caridad, en los hospitales, en los asilos, religiosas en las escuelas, colegios etc.; y otras en los conventos de clausura que alaben a Dios y pidan por los pecadores.
Por eso es un gran apostolado ayudar económicamente a la formación de futuros apóstoles, y a los conventos de clausura.
Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos.
Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios . Pero también sería pecado -y gravísimo- el inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico.
Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos en la elección de una profesión y estado de vida . (P. Jorge Loring, Para Salvarte)
El sacerdote, columna vertebral de la parroquia
El párroco es la columna vertebral de la comunidad parroquial y debe ser el centro de su vitalidad», afirmó el cardenal Darío Castrillón, el pasado 18 de octubre, al presentar la instrucción vaticana El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial. El documento, redactado por la Congregación para el Clero, de la que el cardenal colombiano es Prefecto, tiene dos objetivos principales: subrayar el papel del sacerdote –pastor sacramental–; y ayudar a los párrocos a vivir plenamente su misión
Jesús Colina. Roma
No se ejerce de sacerdote, se es sacerdote», afirmó el cardenal Castrillón en la rueda de prensa, en la que fue presentada la Instrucción El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, recordando la labor única del párroco sumergido entre la gente, entre los problemas de cada día y de todos –jóvenes, adultos, niños, ancianos–. En la primera parte del documento, de carácter doctrinal, se recuerda la diferencia que existe entre el sacerdocio común de todo bautizado y el sacerdocio ordenado propio del sacerdote, y se insiste en que el párroco es «el hombre de la comunión, con la Iglesia particular y con la Iglesia universal. Por eso, debe ser un modelo de adhesión al magisterio de la Iglesia, y sentirse realmente padre de la comunidad y de cada uno de sus miembros. Es un auténtico guía de las almas», aclaró el cardenal. Cumple esta misión cuando «visita tanto las bellas casas como los tugurios y barracas, con el mismo corazón. Está junto a la vida que nace y que crece con los sacramentos de la iniciación cristiana, como junto a los esposos y a las vocaciones, al igual que con los agonizantes».
La segunda parte de la Instrucción toca los desafíos positivos de la pastoral parroquial, y constata que la cultura «ampliamente secularizada tiende a homologar al sacerdote con las propias categorías de pensamiento, despojándolo de su fundamental dimensión mistérico-sacramental». El sacerdote –explicó el cardenal– no tiene nada que ver con la figura que, en ocasiones, se ha querido presentar a la opinión pública: «Sociólogo, terapeuta, obrero, político, manager..., e incluso el sacerdote jubilado». Esta visión del sacerdote confunde su misión propia, y puede llevar a los mismos sacerdotes a convertirse en víctimas de la indiferencia, la desilusión, que podrían conducir al fracaso, siguió aclarando el Prefecto de la Congregación vaticana para el Clero. Y, sin embargo –insistió–, en la parroquia «reside la vitalidad de la Iglesia» y, en ella, las asociaciones, grupos y movimientos «pueden constituir un formidable recurso para la obra misionera de la nueva evangelización», a condición de que sean «complementarios» a la parroquia, «alentados e inteligentemente coordinados por el párroco».
Entre los peligros más agudos para el sacerdote hoy día, la Instrucción señala «la burocratización, el funcionalismo, el democraticismo, o la planificación que atiende más a la gestión que a la pastoral». Por desgracia –explica el texto–, en algunas circunstancias, el presbítero puede encontrarse oprimido por un cúmulo de estructuras no siempre necesarias, que terminan por sobrecargarlo, y que tienen consecuencias negativas tanto sobre su estado psicofísico como espiritual y, en consecuencia, repercuten negativamente sobre el mismo ministerio». De este modo, el documento vaticano se convierte en un reconocimiento único de la labor de los miles de párrocos cuya difícil labor en medio de la indiferencia religiosa y la humillación, casi siempre en la precariedad, no es reconocida por la sociedad actual y, en ocasiones, incluso por los mismos bautizados.
El documento concluye proponiendo una Oración del párroco a María Santísima, en la que, entre otras cosas, pide: «Dame fuerza en las horas oscuras de la vida, confórtame en la fatiga de mi ministerio, que tu Jesús me ha confiado, para que, en comunión contigo, pueda llevarlo a cabo con fidelidad y amor, Madre del Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, Auxilio de los presbíteros».
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Sacerdotes en el mundo
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En el mundo existen hoy día 405.178 sacerdotes, de los cuales 265.781 son diocesanos y 139.397 religiosos. En estos momentos, a nivel global, están aumentando las ordenaciones sacerdotales, que han pasado de las 5.787 registradas en el año 1980, a las 8.788 de 1999. Según el Anuario Estadístico de la Iglesia (cuyos últimos datos fueron publicados en el año 2000), en el mundo hay 218.196 parroquias: 138.193 están confiadas a un párroco del clero diocesano; 24.274 a un párroco sacerdote religioso; y hay 55.729 parroquias sin párroco, de las cuales: 50.575 están gobernadas por otro sacerdote o vicario, 566 por un diácono permanente, 237 por un religioso no sacerdote, 940 por una religiosa, 1.630 por un laico y 1.781 vacantes. Aumenta también el número de seminaristas: en 1970 eran 72.900, mientras que hoy son 110.583. |
Tras el converso, un sacerdote

Grupo de coreanos de la parroquia madrileña
de Jesús de Nazaret
Nunca estuvo vinculado a ninguna religión. Cuando llegó a España, le conmovió la fe de su familia política y de su esposa, la española María Rosa Pérez. Su primer acercamiento a la fe católica fue al acompañar a un amigo coreano un domingo a misa. De eso han pasado ya diez años. «No significó mucho para mí, ni me molestaba, ni me emocionaba», afirma. Pero «Dios me ha ido conquistando poco a poco». En ese proceso ha sido determinante el padre Sebastián, coreano y también converso...
El padre Sebastián tiene como nombre coreano Bung Kwon Lee, y su llegada a la parroquia Jesús de Nazaret, del barrio madrileño de Manoteras, dio a la vida de la comunidad un vuelco considerable. El sacerdote nació en Corea, donde predomina el budismo, y conoció el cristianismo al emigrar su familia a Paraguay. Tenía 7 años, y era el mayor de dos hermanos; su familia regentaba un comercio desde primeras horas de la mañana hasta altas horas de la noche.

Un momento de la celebración
del Bautismo en la catedral de Madrid.
Foto: Héctor Esteban
Siendo ya sacerdote, su primera tarea fue ser reclutador vocacional, una misión que no sólo le ayudó a dar razones de su fe, sino también de su vocación: «Los jóvenes tienen miedo de comprometerse con Dios porque su compromiso es con el dinero, con la carrera, el trabajo... Es un reto ser cristiano. Lo que presentamos al mundo no son los sabores a los que se está acostumbrado; hablamos de plenitud en el mundo donde se habla del placer. Urge la satisfacción inmediata, concreta, pero no la felicidad completa que da la Verdad».
Su primer destino en España fue en un colegio de Barcelona, pero Dios quiso que acabara en Madrid. En su parroquia actual, se encarga de la educación de jóvenes, niños y familias; organiza misiones, fiestas... Y, entre su feligresía, hay más de cien coreanos. Es un maravilloso espectáculo verle recibir a los fieles en las misas, una delicia escuchar sus homilías donde entremezcla los evangelios con cuentos coreanos; y un desafío, su negativa a admitir respuestas fáciles en cuestiones como: ¿por qué somos católicos?
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