Testimonios

Vocación y misión

Miguel Ángel Diez Villalmanzo reflexiona en su comentario matinal acerca del Pasaje evangélico de la vocación y seguimiento de Mateo.

Hoy, el Evangelio nos habla de una vocación, la del publicano Mateo. Jesús está preparando el pequeño grupo de discípulos que han de continuar su obra de salvación. Él escoge a quien quiere: serán pescadores, o de una humilde profesión. Incluso, llama a que le siga un cobrador de impuestos, profesión menospreciada por los judíos -que se consideraban perfectos observantes de la ley-, porque la veían como muy cercana a tener una vida pecadora, ya que cobraban impuestos en nombre del gobernador romano, a quien no querían someterse.

 

Todos hemos recibido la vocación a la vida cristiana. Dios nos ha creado para prestarle un servicio concreto, cada uno de nosotros. Tenemos una misión, comos eslabones de una cadena. Decía el Cardenal Newman: “No me ha creado para nada. Haré bien el trabajo, seré un ángel de la paz, un predicador de la verdad en mi propio lugar si obedezco sus mandamientos. Por tanto confiaré en él quienquiera que yo sea, dondequiera que esté. Nunca me pueden desechar. Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle. En la duda, mi duda puede servirle. Si estoy apenado, mi pena puede servirle. Él no hace nada en vano. ¡El sabe lo que hace!”

 

Las palabras de este Evangelio son de actualidad. Jesús continúa invitándonos a que le sigamos, cada uno según su estado y profesión.

 

En fin, que «un cristiano no es dueño de sí mismo, sino que está entregado al servicio de Dios»  nos dice (San Ignacio de Antioquía).

 

El sacerdocio no es un empleo, es un sacramento

El coloquio en español del Papa, jueves 10 de junio, con los sacerdotes

América: Beatísimo Padre: Soy el sacerdote José Eduardo Oliveira y Silva, y vengo de América, concretamente del Brasil. La mayoría de los aquí presentes trabajamos en la pastoral directa, en la parroquia, y no sólo con una comunidad, sino que a veces somos ya párrocos de varias parroquias o de comunidades bastante extendidas. Con toda nuestra buena voluntad, tratamos de atender las necesidades de una sociedad que ha cambiado mucho, que ya no es totalmente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro «hacer» no es suficiente. ¿Hacia dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?

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Papa: Queridos amigos: Ante todo, quisiera expresar mi gran alegría por ver aquí reunidos a sacerdotes de todas las regiones del mundo, con la alegría de nuestra vocación y dispuestos a servir con todas nuestras fuerzas al Señor en este tiempo nuestro. En relación con su pregunta, soy muy consciente de que hoy resulta muy difícil ser párroco, también –y sobre todo– en los países de antigua cristiandad; las parroquias abarcan cada vez más, las unidades pastorales... resulta imposible conocer a todos, resulta imposible hacer todas las actividades que cabría esperar de un párroco. Y así, realmente, nos preguntamos adónde ir, como usted ha dicho. Pero quisiera decir ante todo: sé que hay muchos párrocos en el mundo que ponen realmente todas sus fuerzas al servicio de la evangelización, de la presencia del Señor y de sus sacramentos, y a esos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados de Cristo, quisiera transmitirles, en este momento, mi gran agradecimiento. He dicho que no es posible hacer todo lo que se desea y que tal vez debería hacerse, porque nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones se vuelven difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada. Pienso, sobre todo, en la importancia de que los fieles puedan ver que ese sacerdote no se limita a desempeñar un empleo durante unas horas de trabajo, y después queda libre y vive tan sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo, que lleva en sí el fuego del amor de Cristo. Si los fieles ven que está lleno de la alegría del Señor, entienden también que no puede hacerlo todo, aceptan sus limitaciones y ayudan al párroco. Éste me parece el punto más importante: que se pueda ver y percibir que el párroco, realmente, se siente llamado por el Señor; que esté lleno de amor al Señor y a los suyos. Teniendo esto, se comprende y puede entenderse también la imposibilidad de hacerlo todo. Por lo tanto, estar llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser es la primera condición. Después hay que escoger, tener prioridades, ver lo que es posible y lo que es imposible. Diría que las tres prioridades fundamentales ya las conocemos: son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. En primer lugar, la Eucaristía, los sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo la dominical, en la medida de lo posible y para todos, celebrándola de manera que se convierta realmente en el acto visible de amor del Señor para con nosotros. Después, el anuncio de la Palabra en todas sus dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía. El tercer punto es la caritas, el amor de Cristo: estar presentes para los dolientes, para los pequeños, para los niños, para las personas en dificultad, para los marginados; hacer realmente presente el amor del Buen Pastor. Y después, una prioridad muy importante es también la relación con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre leemos un hermoso texto de San Carlos Borromeo, gran pastor cuya entrega fue auténtica e íntegra, que nos dice a todos los sacerdotes: «No desatiendas tu alma: si tu alma está desatendida, tampoco podrás dar a los demás todo lo que deberías darles. Por lo tanto, también para ti mismo, para tu alma, necesitas tiempo»; en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo. Es una prioridad pastoral fundamental, es condición para nuestro trabajo por los demás. Y la oración no es algo marginal: es precisamente «profesión» del sacerdote rezar, también como representante de la gente que no sabe rezar o que no encuentra el tiempo para ello. La oración personal, y sobre todo la Liturgia de las Horas, es alimento fundamental para nuestra alma, para toda nuestra acción. Por último ya, reconocer nuestras limitaciones, abrirnos también a esta humildad. Recordemos una escena de Marcos, en el capítulo 6, donde los discípulos están «estresados», quieren hacerlo todo, y el Señor les dice: «Vámonos; descansad un poco» (cf. Mc 6, 31). Éste también es, a mi entender, trabajo pastoral: hallar y tener la humildad, el valor de descansar. Pienso, por lo tanto, que la pasión por el Señor, el amor al Señor, nos muestra las prioridades, las elecciones; nos ayuda a encontrar el camino. El Señor nos ayudará. ¡Gracias a todos vosotros!

África: Santidad, soy Mathias Agnero y vengo de África, precisamente de Costa de Marfil. Sois un papa teólogo, mientras que nosotros, en el mejor de los casos, a malas penas leemos algún libro de teología para nuestra formación. Creemos, sin embargo, que se ha producido una fractura entre teología y doctrina y, aún más, entre teología y espiritualidad. Se siente la necesidad de que el estudio no sea todo él académico, sino que alimente también nuestra espiritualidad. Sentimos esa necesidad en nuestro propio ministerio pastoral. A veces parece que la teología no está centrada en Dios y en Jesucristo como primer «lugar teológico», sino que obedece a gustos y tendencias difusos; y la consecuencia es la proliferación de opiniones subjetivas que permiten la introducción, también en la Iglesia, de un pensamiento no católico. ¿Cómo no desorientarnos en nuestra vida y en nuestro ministerio cuando es el mundo el que juzga la fe, y no viceversa? ¡Nos sentimos «descentrados»!

Papa: Gracias. Usted plantea un problema muy difícil y doloroso. Existe realmente una teología que quiere por encima de todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy y no sólo en el pasado. Ya San Buenaventura distinguió dos formas de teología en su tiempo; dijo: «Hay una teología que procede de la arrogancia de la razón, que quiere dominarlo todo, que hace pasar a Dios de sujeto a objeto que nosotros estudiamos, mientras que debería ser sujeto que nos habla y nos guía». Se da realmente este abuso de la teología que es arrogancia de la razón y no alimenta la fe, sino que ensombrece la presencia de Dios en el mundo. Pero hay también una teología que quiere conocer más por amor del Amado, que está impulsada por el amor y guiada por el amor, que quiere conocer más al Amado. Y ésta es la verdadera teología, que procede del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo. En realidad, las tentaciones, hoy en día, son grandes; se impone, sobre todo, lo que se denomina «visión moderna del mundo» (Bultmann, «modernes Weltbild»), que se convierte en criterio de lo que sería posible o imposible. Y así, con este mismo criterio de que todo es como siempre, de que todos los acontecimientos históricos son de la misma naturaleza, se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la novedad verdadera que es la alegría de nuestra fe. ¿Qué hacer? Ante todo, les diría a los teólogos: sed valientes. Y quisiera manifestar mi gran gratitud también a los muchos teólogos que trabajan bien. Existen abusos, lo sabemos, pero en todas las regiones del mundo hay muchos teólogos que viven realmente de la Palabra de Dios, que se alimentan de la meditación, que viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente en nuestro mundo actual. A estos teólogos quisiera manifestarles mi gran agradecimiento. Y diría a los teólogos en general: «¡No temáis a este fantasma de la cientificidad!». Yo sigo la teología desde 1946; empecé a estudiar teología desde 1946, por lo que he conocido casi a tres generaciones de teólogos, y puedo decir que las hipótesis que en aquella época y después en los años sesenta y ochenta eran las más novedosas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, desde entonces han envejecido y no valen ya. Muchas de ellas se antojan casi ridículas. Por lo tanto, hay que tener el valor de resistirse a la cientificidad aparente, de no someterse a todas las hipótesis del momento, sino pensar partiendo realmente de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y nos abre el acceso a la verdad. Sobre todo, además, no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente –que no puede ser accesible– sea la razón auténtica. Esta razón débil, que presenta sólo las cosas susceptibles de experimentación, es realmente una razón insuficiente. Nosotros los teólogos hemos de utilizar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo, a la cuestión de las raíces del ser. Esto me parece muy importante. Por lo tanto, hay que tener el valor de la razón grande y amplia; tener la humildad de no someterse a todas las hipótesis del momento; vivir de la gran fe de la Iglesia de todos los tiempos. No hay mayoría contra la mayoría de los santos: ¡la verdadera mayoría la constituyen los santos en la Iglesia, y conforme a los santos debemos orientarnos! Después, a los seminaristas y a los sacerdotes les digo lo mismo: pensad que la Sagrada Escritura no es un libro aislado, sino que está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y garantiza la presencia de la Palabra de Dios. El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente. Confiamos en este magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa, que nos representa la presencia de la Palabra. Y además confiamos también en la vida de la Iglesia y, sobre todo, debemos ser críticos. Ciertamente la formación teológica –quisiera decirles esto a los seminaristas– es muy importante. En este tiempo nuestro debemos conocer bien la Sagrada Escritura, precisamente también contra los ataques de las sectas; debemos ser realmente amigos de la Palabra. Debemos conocer también las corrientes de nuestro tiempo para poder responder razonablemente, para poder dar –como dice San Pedro– «razón de nuestra fe». La formación es muy importante. Pero también debemos ser críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que examinar también a los teólogos y las teologías. El papa Juan Pablo II nos dio un criterio absolutamente seguro en el Catecismo de la Iglesia Católica: en él vemos la síntesis de nuestra fe, y este catecismo es realmente el criterio para ver adónde va una teología aceptable o inaceptable. Por lo tanto, recomiendo la lectura, el estudio de este texto, y así podremos proseguir con una teología crítica en sentido positivo, es decir crítica con las tendencias de la moda y abierta a las novedades verdaderas, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela como nueva en todos los tiempos, incluso en el nuestro.

Europa: Padre Santo, soy el sacerdote Karol Miklosko; vengo de Europa, concretamente de Eslovaquia, y soy misionero en Rusia. Cuando celebro la Santa Misa me encuentro a mí mismo y comprendo que ahí hallo mi identidad y la raíz y energía de mi ministerio. El sacrificio de la cruz me revela al Buen Pastor que todo lo da por su rebaño, por cada una de sus ovejas, y cuando digo: «Esto es mi cuerpo entregado... ésta es mi sangre derramada» en sacrificio por vosotros, entonces comprendo la belleza del celibato y de la obediencia que prometí libremente en el momento de mi ordenación. Aun con las naturales dificultades, el celibato me parece algo obvio cuando contemplo a Cristo, pero me quedo aturdido al leer tantas críticas mundanales contra este don. Os pido humildemente, Padre Santo, que nos iluminéis sobre la profundidad y el sentido auténtico del celibato eclesiástico.

Papa: Gracias por las dos partes de su pregunta: la primera, en la que muestra el fundamento permanente y vital de nuestro celibato; la segunda, que muestra todas las dificultades en las que nos encontramos en nuestro tiempo. Importa la primera parte, es decir que el centro de nuestra vida debe ser realmente la celebración de la Santa Eucaristía; y aquí resultan capitales las palabras de la consagración: «Esto es mi Cuerpo, éste es mi Sangre», es decir que hablamos «in persona Christi». Cristo nos permite usar su «yo», hablamos en el «yo» de Cristo, Cristo nos atrae hacia sí y nos permite que nos unamos, nos une a su «yo». Y así, mediante esta acción, este atraernos hacia sí, de forma que nuestro «yo» queda unido al suyo, realiza la permanencia, la unicidad de su sacerdocio; así él es realmente siempre el único Sacerdote, y sin embargo está muy presente en el mundo, porque nos atrae hacia sí y así hace presente su misión sacerdotal. Esto significa que somos atraídos hacia el Dios de Cristo: esta unión con su «yo» es la que se realiza mediante las palabras de la consagración. También en el «yo te absuelvo» –porque ninguno de nosotros podría absolver de los pecados– es el «yo» de Cristo, de Dios, el único que puede absolver. Esta unificación de su «yo» con el nuestro implica que nos veamos «atraídos» también hacia su realidad de resucitado, que avancemos hacia la vida plena de la Resurrección, de la que Jesús habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida «nueva» en la que nos encontramos ya más allá del matrimonio (cf. Mt 22, 23-32). Importa que nos dejemos siempre penetrar una y otra vez por esta identificación del «yo» de Cristo con nosotros, por este vernos «atraídos hacia fuera», hacia el mundo de la Resurrección. En este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendemos este tiempo y seguimos adelante, y así «nos atraemos» a nosotros mismos y «atraemos» nuestro tiempo hacia el mundo de la Resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la nueva y verdadera vida. Por lo tanto, el celibato es una anticipación hecha posible por la gracia del Señor, que nos atrae hacia sí, hacia el mundo de la Resurrección; que nos invita siempre, una y otra vez, a trascendernos a nosotros mismos, a trascender este presente, en pos del verdadero presente del futuro, que se convierte en presente hoy. Y tocamos aquí un punto muy importante. Un gran problema de la cristiandad del mundo actual es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece bastar sólo el presente de este mundo. Queremos tener sólo este mundo, vivir sólo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir esas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del mundo que hemos de vivir ya como presente. Vivir, pues, así un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo basar mi vida en Cristo, en la vida futura. Y conocemos también las críticas mundanales de las que usted ha hablado. Es verdad que para el mundo agnóstico, el mundo en el que no hay lugar para Dios, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. Mediante la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo ¡Y esto tendría que desaparecer! En cierto sentido, puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en una época en la que cada vez se estila más no casarse. Pero este no casarse es algo total y fundamentalmente distinto del celibato, ya que el no casarse se basa en la voluntad de vivir sólo para uno mismo, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de mantener la vida en todo momento en plena autonomía, de decidir en cada momento cómo hacer, qué tomar de la vida; y es, por lo tanto, un «no» al vínculo, un «no» a lo definitivo, un poseer la vida sólo para uno mismo; mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un «sí» definitivo, es un dejar que Dios le lleve a uno en sus manos, un entregarse en manos del Señor, a su «yo», y es, por consiguiente, un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de ese «no», de esa autonomía que no quiere obligarse, que no quiere vincularse; es precisamente el «sí» definitivo que supone, que confirma el «sí» definitivo del matrimonio. Y este matrimonio es la forma bíblica, la forma natural de ser hombre y mujer, fundamento de la gran cultura cristiana, de grandes culturas del mundo. Y si esto desaparece, quedará destruida la raíz de nuestra cultura. Por eso el celibato confirma el «sí» del matrimonio con su «sí» al mundo futuro, y así queremos seguir adelante y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios. Sabemos que, además de este gran escándalo, que el mundo no quiere ver, existen también los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que ensombrecen el auténtico escándalo y hacen que se piense: «¡Pero si no viven realmente basados en Dios!». ¡Pero hay tanta fidelidad! El celibato –precisamente las críticas lo demuestran– es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo. Oremos al Señor para que nos ayude a liberarnos de los escándalos secundarios, para que haga presente el gran escándalo de nuestra fe: ¡la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se basa en Dios y en Cristo Jesús!

Asia: Santo Padre, soy el sacerdote Atsushi Yamashita, y vengo de Asia, precisamente del Japón. El modelo sacerdotal que Vuestra Santidad nos ha propuesto durante este año, el Cura de Ars, tiene en el centro de su existencia y de su ministerio la Eucaristía, la Penitencia sacramental y personal y el amor al culto dignamente celebrado. Llevo en los ojos los signos de la austera pobreza de San Juan María Vianney y al mismo tiempo los de su pasión por las cosas valiosas para el culto. ¿Cómo vivir estas dimensiones fundamentales de nuestra existencia sacerdotal sin caer en el clericalismo o en una ajenidad respecto a la realidad, que el mundo de hoy no nos permite?

Papa: Gracias. Por lo tanto la pregunta es cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perdernos en una vida puramente cultual, ajenos a la vida diaria de las demás personas. Es sabido que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, y hoy también; tanto más importante es hallar la manera auténtica de vivir la Eucaristía, que no estriba en cerrarse al mundo, sino precisamente en abrirse a las necesidades del mundo. Debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza el gran drama de Dios que sale de sí mismo, que abandona –como dice la Carta a los Filipenses– su propia gloria, sale y desciende hasta ser uno de nosotros y desciende hasta la muerte en la cruz (cf. Flp 2): la aventura del amor de Dios, que se deja, se abandona a sí mismo para estar con nosotros. Y esto se hace presente en la Eucaristía; el gran acto, la gran aventura del amor de Dios es la humildad de Dios que se entrega a nosotros. En este sentido, la Eucaristía ha de considerarse como la entrada en este camino de Dios. Dice San Agustín en su De Civitate Dei, libro X: «Hoc est sacrificium christianorum: multi unum corpus in Christo», es decir: «Sacrificio de los cristianos es estar unidos por el amor de Cristo en la unidad del único Cuerpo de Cristo». El sacrificio consiste precisamente en salir de nosotros mismos, en dejarnos atraer hacia la comunión del único pan, del único Cuerpo, y entrar así en la gran aventura del amor de Dios. Así debemos celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como esta escuela de la liberación de mi «yo»: entrar en el único pan, que es pan de todos, que nos une en el único Cuerpo de Cristo. Por eso la Eucaristía es, en sí misma, un acto de amor que nos obliga a esta realidad del amor a los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Por lo tanto, de esta manera debemos aprender la Eucaristía, que es precisamente lo contrario del clericalismo, del cerrarse en uno mismo. Pensemos también en la Madre Teresa, verdaderamente el gran ejemplo de este siglo, en este tiempo, de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de ajenidad respecto al mundo; que se dirige a los más marginados, a los más pobres, a las personas próximas a morir, y se entrega totalmente al amor por los pobres, por los marginados. Pero la Madre Teresa nos ha dado este ejemplo: la comunidad que sigue sus huellas suponía siempre como primera condición de una fundación suya la presencia de un sagrario. Sin la presencia del amor de Dios que se entrega no habría sido posible realizar este apostolado, no habría sido posible vivir en este abandono de uno mismo; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden realizar hoy este gran acto de amor, esta apertura a todos. En este sentido, diría: vivir la Eucaristía en su sentido original, en su profundidad verdadera, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda tentación de clericalismo.

Oceanía: Beatísimo Padre, soy el sacerdote Anthony Denton y vengo de Oceanía, de Australia. Esta noche estamos aquí muchísimos sacerdotes. Sabemos, sin embargo, que nuestros seminarios no están llenos y que, en el futuro, en varias zonas del mundo, nos espera un descenso, incluso brusco. ¿Qué hacer que sea realmente eficaz para las vocaciones? ¿Cómo proponer nuestra vida, en lo grande y hermoso que ésta tiene, a un joven de nuestro tiempo?

Papa: Gracias. Realmente, usted plantea otro problema grande y doloroso de nuestro tiempo: la falta de vocaciones, por causa de la cual hay Iglesias locales que corren peligro de agotarse porque les falta la Palabra de vida, les falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás sacramentos. ¿Qué hacer? La tentación es grande: tomar nosotros mismos las riendas de la cuestión, transformando el sacerdocio –el sacramento de Cristo, el ser escogido por él– en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y por lo demás pertenecerse sólo a sí mismo, haciendo así de él como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil. Pero se trata de una vocación que no resuelve el problema. Me hace pensar en la historia de Saúl, el rey de Israel, que antes de la batalla contra los filisteos aguarda a Samuel para el necesario sacrificio a Dios. Y cuando Samuel, en el momento esperado, no acude, él mismo realiza el sacrificio, aun sin ser sacerdote (cf. 1 S 13); piensa que así resolverá el problema, lo que naturalmente no resuelve, pues si toma en sus manos lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperar que las cosas vayan realmente a la manera de Dios. Así, nosotros también, si nos limitáramos a ejercer una profesión como los demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que sólo Dios da, que sólo puede proceder de su vocación, y no de nuestro «hacer», no resolveríamos nada. Tanto más debemos –como nos invita el Señor a hacer– rezarle a Dios, llamar a su puerta, al corazón de Dios, para que nos dé vocaciones; rezar con gran insistencia, con gran determinación, incluso con gran convicción, pues Dios no rehúsa una oración insistente, permanente, confiada, aunque deje hacer, esperar, como a Saúl, más allá de los tiempos que nosotros hemos previsto. Éste creo que es el primer punto: animar a los fieles a tener esta humildad, esta confianza, este valor de rezar con insistencia por las vocaciones, de llamar al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes. Además de esto diría tal vez tres puntos. El primero: cada uno de nosotros debería hacer lo posible por vivir su propio sacerdocio de manera que resulte convincente, de manera que los jóvenes puedan decir que ésa es una verdadera vocación, que así se puede vivir, que así se hace algo esencial para el mundo. Pienso que ninguno de nosotros se habría hecho sacerdote si no hubiera conocido a sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo. Éste es, pues, el primer punto: tratemos de ser nosotros mismos sacerdotes convincentes. El segundo punto es que debemos invitar, como ya he dicho, a la iniciativa de la oración, a tener esta humildad, esta confianza de hablar con Dios con energía, con decisión. El tercer punto: tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios los llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir a la escucha de la vocación divina; hablar con los jóvenes y sobre todo ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan vivir. Tal y como está hoy el mundo, parece casi excluirse la maduración de una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que se muestre la belleza de la fe, en los que se muestre que se trata de un modelo de vida, «el» modelo de vida, y por lo tanto ayudarles a encontrar movimientos, o la parroquia –la comunidad en la parroquia– u otros contextos en los que se vean realmente rodeados de fe, de amor de Dios, y puedan abrirse, por consiguiente, para que la vocación de Dios llegue y les ayude. Por otro lado, demos gracias al Señor por todos los seminaristas de nuestro tiempo, por los jóvenes sacerdotes, y oremos. ¡El Señor nos ayudará! ¡Gracias a todos vosotros!

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)

   

El sacerdote, audacia de Dios

Hemos clausurado con gozo y acción de gracias a Dios el Año Sacerdotal, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Más de 15.000 sacerdotes, algunos de nuestra diócesis, y unos 500 obispos de todo el mundo nos hemos reunido en torno al sucesor de Pedro, el papa Benedicto XVI en la plaza de san Pedro de Roma. Otros miles y miles de sacerdotes por todo el orbe católico se han unido espiritualmente y a través de los medios de comunicación social. Y en tantos lugares se han tenido celebraciones propias.

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Todo un éxito, si por éxito se entiende no simplemente la publicidad de este mundo, sino las gracias de Dios derramadas sobre aquellos que han sido agraciados con el don del sacerdocio ministerial en favor del pueblo santo de Dios. Toda la Iglesia ha orado intensamente y se ha sacrificado a favor de los sacerdotes. Eso dará mucho fruto. Pero, ¿por qué tanta insistencia en el sacerdocio ministerial? Porque sabemos que el sacerdote, por voluntad de Cristo, es un elemento constitutivo de su Iglesia santa.

«El sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, desde Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y del vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo», nos ha recordado el Papa.

Sin sacerdotes no puede haber Iglesia. El sacerdote no es un oficio organizativo simplemente, sino un sacramento. A través del sacerdote, Dios se acerca hasta nosotros, de manera admirable. «Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aún conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra “sacerdocio”». Se trata realmente de una audacia de Dios que nos deja asombrados. El Año Sacerdotal ha querido –y ha conseguido– despertar la alegría de ser sacerdotes para muchos que ya lo son y para otros muchos que se sienten llamados a serlo. Y esa admiración se ha ampliado a todos los fieles, que miran al sacerdote con ojos nuevos, al considerar la grandeza de la misión que se les ha confiado.

«Era de esperar que al “enemigo” no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo». A lo largo de su larga travesía por la historia, la Iglesia encuentra dificultades concretas en cada época. En esta época se ha encontrado con este escollo, el de un mundo que quiere eliminar a Dios, al tiempo que lo necesita vivamente. Y en esa tendencia demoledora de Dios, se inserta hacer desaparecer toda huella de Dios, todo rastro de Dios, representado en el sacerdote. El Año Sacerdotal ha sentado muy mal al “enemigo”. Lo hemos constatado de múltiples maneras.

Pero, ¿quién es el enemigo? Es el Maligno, del que pedimos vernos libres en el Padrenuestro: “…y líbranos del mal (del Maligno)”. Es el demonio (CEC 391s), que trabaja constantemente para apartarnos de Dios, aunque muchas veces no lo consiga. Son tantas personas que actúan movidas por el demonio y haciéndole el juego a sus intereses. El enemigo es todo lo que se opone a Dios, y ahí se incluyen nuestros propios pecados y el pecado del mundo. El sacerdote ha sido llamado por Jesús para luchar cuerpo a cuerpo contra el demonio, sus obras y sus seducciones, y vencerlo como lo ha vencido Él, con el poder que ha dado a sus sacerdotes. El Año Sacerdotal ha sido también un año de derrota para el Maligno.

Por todo ello damos gracias a Dios y a tantas personas que se han tomado en serio este Año sacerdotal.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

   

La última cima

Artículo de José-Román Flecha Andrés sobre la película La última cima, dedicada al sacerdote Pablo Domínguez, fallecido en accidente de alpinismo el 15 de febrero de 2009

La proyección de la película “la última cima” ha sido una sorpresa para muchos. En apariencia es un reportaje sobre Pablo Domínguez, sacerdote, doctor en Filosofía y Teología y reconocido profesor en la Facultad de San Dámaso, de Madrid.

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El director, Juan Manuel Cotelo, comienza provocando al espectador con una confesión personal. Si hace una película denigrando a los sacerdotes tendrá éxito, pero si la hace para alabar la integridad de uno de ellos, se va a ver envuelto en muchas dificultades. Ante la oleada de críticas al sacerdocio, el espectador no puede por menos de compartir esa sospecha.

Pero más importante que esta provocación es la observación sobre algunas consecuencias de afrontar en el cine un tema como este. Tratar la vida de un sacerdotes lleva inmediatamente a preguntarse por el sacerdocio y, en consecuencia, por la Iglesia entera. Y por la vida cristiana.

La película es un elogio al sacerdote Pablo, que vive su vida con total dedicación a una misión. Se oye la voz de la calle que subraya los defectos y los valores de los sacerdotes en general. Ante el espectador van pasando testigos que recuerdan las cualidades humanas de Pablo: su alegría y su humildad, su amor a los niños y su deportividad, su preparación académica y su capacidad para anunciar el evangelio de la forma más sencilla y convincente.

Entre tantos testimonios, es impresionante el relato de la joven madre que acepta un embarazo difícil sin poner fin al hijo que se desarrolla en su seno, que, gracias a Pablo, comprende el sentido de aquella vida aparentemente destinada al fracaso y que nos reserva una sorpresa para el final de la película.

Ante el espectador van pasando también los testigos que subrayan la dimensión espiritual del sacerdote Pablo: su oración, su celibato, su amor a la eucaristía, su cercanía a los pobres y humildes de esta tierra y su esperanza ante el misterio de la muerte.

La película puede parecer una apasionada apología. Precisamente el Foro sobre la Apologética es el escenario en el que se desarrolla la conferencia en la que Pablo filosofa sobre la razón y la fe. Y no otra cosa es la sana apologética.

Pablo siempre quiso morir joven y, a ser posible, en la montaña. En la montaña repite, al modo de Teilhard de Chardin, su “himno al universo”. Subir al Moncayo, tras predicar unos ejercicios espirituales en un hermoso monasterio, fue como la culminación de todo un sueño de libertad. Un vuelo hacia un cielo anticipado cada día en esta tierra, en el servicio fiel a Dios y a los hijos de Dios.

A fin de cuentas, la película es más que un reportaje admirado sobre Pablo. Es una palabra profética sobre Dios y su puesto en el mundo de hoy. Y una palabra sobre la más profunda vocación del ser humano. La de aceptar el amor y el perdón de Dios para sumergirse en el amor que de él brota y a él nos lleva. Ésa es, en realidad, “la última cima”.

José-Román Flecha Andrés

 

   

Cuando el sacerdote dimite de su ministerio

Articulo del sacerdote y escritor conquense Roberto Esteban Duque al hilo de la homilía del Papa Benedicto XVI en las ordenaciones sacerdotales del domingo 20 de junio en Roma

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Si no lo hago así, viviré en lo más parecido al Infierno, un estado, según C. S. Lewis, “en el que todo el mundo está perpetuamente pendiente de su propia dignidad y de su propio enaltecimiento, en el que todos se sienten agraviados, y en el que todos viven las pasiones mortalmente serias que son la envidia, la presunción y el resentimiento”. Dejemos mejor que lo diga el Papa:

“Quien quiera sobre todo realizar una ambición propia, alcanzar éxito propio, será siempre esclavo de sí mismo y de la opinión pública. Para ser considerado deberá adular; deberá decir aquello que agrada a la gente; deberá adaptarse al cambio de las modas y de las opiniones y, así, se privará de la relación vital con la verdad, reduciéndose a condenar mañana aquello que había alabado hoy. Un hombre que imposta así su vida, un sacerdote que vea en estos términos el propio ministerio, no ama verdaderamente a Dios y a los otros, sino sólo a sí mismo y, paradójicamente, termina por perderse a sí mismo”.

En mis casi veinte años de sacerdocio, he notado con una brusquedad de espanto, las preferencias de los hombres, aquello a lo que dan una intolerable importancia, capaz de crear divisiones difíciles de recomponer en la urgencia del amor. Este conocimiento no proviene sólo del exterior, sino de mi propio corazón, del lento aprendizaje de la textura de mi alma: “mi corazón – no necesito el de otro – me mostró la maldad de los impíos”, sentenció el gran Lewis. He podido constatar que la Iglesia deja de ser un lugar de encuentro con Cristo entre gentes dispares cuando el hombre no trasciende las pertenencias y adscripciones a determinados sectores de la vida pública. El hombre de la calle, el hombre con el que Cristo nos lleva a encontrarnos, tiene sus opiniones que eleva a una categoría dogmática, enfrentándose así sin pudor, de un modo cainita, sin disponerse previamente a querer la verdad. No hay altura sin normas a que nuestros prójimos puedan y deban recurrir. No hay negociación posible ni vale hablar de ideas cuando no se admite lo incondicional y valioso, lo dado en la misma Creación. La Iglesia no puede dimitir de anunciar la verdad.

La demagogia y el lenguaje de lo políticamente correcto son ajenos a la vida de Jesús y corrompen el anuncio del Evangelio. No hay cultura donde las polémicas sobre ideas no reconozcan lo que no está a disposición del hombre, la fuerza creadora del don de Dios, de su vida y de su amor. Existen cuestiones vinculantes que no deberían crear problemas al sacerdote en el momento de anunciar el Evangelio. En demasiadas ocasiones, se da una inaceptable prioridad al propio bienestar personal en detrimento de la verdad que nos hace libres. El sacerdote dimite de su ministerio si no anuncia el Evangelio en su integridad, si lo rebaja utilizando el lenguaje de la complacencia, del aplauso y de la popularidad. El sacerdote rechazará abiertamente el aborto y la eutanasia, defenderá el matrimonio monógamo y heterosexual, proclamará la soberanía de los padres en la educación de sus hijos, así como la libertad religiosa y la denuncia del pecado, anunciando el Amor por la vía del testimonio. Lo primero no es el interés personal o el cálculo de unos beneficios, sino la causa de la verdad de Cristo, hasta jugarse la vida en su nombre, llevando la cruz en la búsqueda y actualización de la comunión. No podemos olvidar que el gran éxito de Cristo se da a través del fracaso de la Cruz, de la entrega libre por amor.

En su homilía a los nuevos sacerdotes, el Papa Benedicto XVI nos invita a considerar a todos los cristianos que la felicidad de los hombres es una felicidad fundada sobre la negación de sí mismo – “el que pierda su vida por mi causa, la salvará” – y sobre el dolor - al que quiera gustar el don de Dios se le va a preguntar si está dispuesto a beber el cáliz que el Siervo bebió -; una felicidad que consiste en ver el rostro de Cristo detrás de toda eventualidad, abrazando el misterio de la cruz en la receptividad del don de Dios, en un vivir en Su amor en medio de la “noche oscura”, de la que hablaba san Juan de la Cruz, en el tender a Dios absolutamente hasta tenerlo por completo en el contemplar, puesto que “la contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera”, según dictum formidable de Konrad Weis.

   

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