Testimonios

Llevar a los jóvenes a Cristo La propuesta pastoral del verano 2010, en “El camino de Santiago”

Mis queridos hermanos y amigos:

“La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Lo que el Señor reconocía y recomendaba al comienzo de su vida pública, ha sido una constante en la vida de su Iglesia, con mayores o menores variantes. También lo es hoy.
Image

También hoy podemos y debemos constatar que son muchos los que en nuestra sociedad han olvidado la verdad del Reino de Dios, que ha llegado con Jesús, o, lo que es peor, han renunciado a ella. A las nuevas generaciones de los españoles actuales, hijos de una grande y honda tradición religiosa, sostenida y vivida en la comunión de la fe católica, apenas les llega en toda su plenitud por las vías de la comunicación social la noticia de Jesucristo, Redentor del hombre, en el que pueden encontrar “camino, verdad y vida”, en quien pueden confiar en todas las circunstancias de la vida y de la muerte, por ser el único que les puede prometer y garantizar el verdadero éxito: el de la vida y felicidad eternas. Y, si les llega, les llega muy frecuentemente parcial, fragmentada, cuando no deformada y falsificada.

Sí, “la mies es verdaderamente mucha" en Madrid, en España, en Europa…¡en el mundo! ¿Y los operarios? Continúan siendo pocos. Jesús llamó a doce, entre los no pocos discípulos, varones y mujeres, que le seguían para que estuvieran con él. No eran muchos para la misión de y en Israel; sin embargo, no amplió el número. Lo mantuvo idéntico antes y después de su Pascua: ¡la definitiva Pascua de la Alianza nueva y eterna! Pero, Israel, el viejo Pueblo elegido por Dios para preparar la venida del Mesías, se iba a convertir en un Pueblo nuevo: ¡universal! El nuevo Pueblo de Dios estaba llamado a no conocer fronteras ni interiores ni exteriores al hombre mismo. Todo hombre y todo el hombre eran los destinatarios de ese tiempo nuevo de la Gracia del Resucitado, por el que quedaba instaurado el Reino de Dios en toda la tierra, de Norte a Sur, de Oriente a Occidente. La necesidad de “operarios” para esa apasionante siembra y cosecha del Reino de Dios creció inmensamente.

Al iniciarse el período veraniego, en la acción pastoral de nuestra Archidiócesis de Madrid, nos vemos interpelados por un doble reto: el de la intensificación de la preparación de la JMJ que en poco más de un año se celebrará en Madrid, en torno al Sucesor de Pedro y presidida por El, rodeado de un gran número de Obispos, Pastores de las Iglesias Particulares, a los que acompañarán miles de sus Presbíteros y seminaristas; y el reto, derivado del anterior, de configurar y de vivir la peregrinación a Santiago de Compostela en este verano del Año Santo como un itinerario de conversión y de testimonio de la fe en Jesucristo que nos facilite espiritual y pastoralmente la vivencia eclesial de este itinerario espiritual y apostólico de tal modo, que nos lleve "arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe", hasta el gran acontecimiento de comunión y misión, que será la JMJ 2011 con el Santo Padre en la tercera semana de agosto del año próximo. ¡Configurémoslo como un itinerario del alma para los jóvenes de nuestro tiempo! Los jóvenes que esperan poder encontrarse con el Señor en sus vidas –siendo conscientes de ello o no– son muchos: ¡una verdadera multitud! “La mies es mucha” en el verano de este Año Santo compostelano, víspera de la JMJ 2011. Y ¿los operarios para el hoy pastoral, marcado por el doble reto que hemos indicado? Y, sobre todo, ¿para el mañana de esa nueva evangelización de los jóvenes del futuro, a la que nos convocaba audazmente Juan Pablo II y que acaba de subrayar y confirmar con renovados tonos pastorales y teológicos Benedicto XVI? La contestación verdadera y sincera a estos interrogantes no puede ser otra que la que Jesús, como la conocemos por el Evangelio de San Lucas: ¡son pocos! Él, el Señor, espera de nosotros, por tanto, una comprometida respuesta apostólica, enraizada en la insistente y perseverante oración de la Iglesia: ¡roguemos fervientemente “al Señor de la mies” que envíe “obreros a su mies”! (cfr. Lc 10, 1-9) El “Camino de Santiago”, recorrido y transitado con el espíritu y la forma interior y exterior del “peregrino cristiano”, ha sido siempre, y no ha dejado de serlo nunca, “surco” precioso para la siembra de las nuevas vocaciones para el sacerdocio y la vida consagrada. La preparación próxima y la celebración de la JMJ 2011, honda espiritualmente, gozosa y festiva eclesial y humanamente, ha significado siempre una excepcional ocasión para una copiosa cosecha vocacional.

Acudamos a María, la Madre del Señor, de los Apóstoles y de toda la Iglesia, que nos mantenga fieles y cada vez más fervorosos en la oración por las vocaciones y por los frutos de la JMJ 2011. Que Ella, la Virgen de La Almudena, nos acompañe con su amor maternal en el Camino de Santiago. Que al retornar a Madrid de nuestra peregrinación al Sepulcro de Santiago el Mayor, el primero entre los Apóstoles que derramó su sangre por el Señor y el primer Evangelizador de España, su Patrono, sintamos que nuestro corazón arde en el deseo de llevar las almas –¡la vida entera!- de los jóvenes de Madrid a Cristo. Que, cuando acojamos a los jóvenes del mundo en el próximo verano con el Santo Padre, el Vicario de Cristo que nos preside en la Caridad, les ayudemos con el testimonio auténtico de la propia vida a convertirse a Él. Que vean en nosotros la belleza de dejarse arraigar y edificar en Cristo, ¡firmes en la fe! Digamos a los jóvenes de todo el orbe: construid vuestro presente y vuestro futuro sobre el firme fundamento de la Fe. Así es como encontraréis “el camino, la verdad y la vida”.

Con todo afecto y mi bendición,

+ Antonio Mª Rouco Varela

Cardenal-Arzobispo de Madrid

 

El Sacerdote y el Canon de la Santa Misa

Columna de teología litúrgica dirigida por Mauro Gagliardi

ROMA, viernes 5 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- El artículo de hoy de nuestra columna – escrito originalmente en inglés y que termina citando un texto de J. Ratzinger, traducido por primera vez al italiano del original alemán – muestra la importancia de la Plegaria Eucarística de la Santa Misa. El artículo invita a todos los fieles, pero en particular a los sacerdotes, a reconocer en el Canon de la Misa el corazón y el culmen de la vida cristiana (Mauro Gagliardi).

***

El corazón y culmen de la Santa Misa

La Plegaria Eucaristíca, conocida en la tradición oriental como Anaphora (“ofrenda”), es verdaderamente el “corazón” y el “culmen” de la celebración de la Santa Misa, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica [1]. En la tradición romana, la Plegaria Eucaristíca tomó el nombre de Canon Missae (“Canon de la Misa”), expresión que se encuentra en los primeros Sacramentarios y que se remonta al menos al papa Vigilio (537-555), el cual habla de la prex canonica [2].

La Anáfora o Canon es una larga oración que tiene forma de acción de gracias (eucharistia), conformada al ejemplo de Cristo mismo durante la Última Cena, cuando Jesús tomó el pan y el Cáliz y “dio gracias” (Mt 26,27; Mc 14,23; Lc 22,19; 1Cor 11,23). San Cipriano de Cartago (muerto en 258), uno de los testigos más importantes de la tradición latina, proporcionó una formulación clásica del vínculo inseparable entre la celebración litúrgica y el acontecimiento de la institución de la Eucaristía en el Cenáculo, cuando enfatizó que el celebrante debe imitar de cerca los actos y las palabras que el Señor usó en aquella ocasión, y de los cuales depende la validez de los sacramentos [3].

El Santo Padre Benedicto XVI expresó esta verdad esencial de la fe en una homilía pronunciada en París, durante su Visita Apostólica de 2008:

“El pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos es comunión con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelación que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Apóstoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil años: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagración del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, según la famosa expresión de San Agustín, "más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad" (cf. Confesiones, III, 6.11)” [4].

Las palabras concretas del “agradecimiento” de Cristo – excepto las de la institución, con las cuales el Señor estableció el Sacrificio de la Nueva Alianza – no nos han sido transmitidas y por ello dentro de la Tradición Apostólica se ha desarrollado una variedad de ritos que están históricamente asociados con las sedes primadas más importantes, que se nombran en el sexto canon del Concilio de Nicea (325): Roma, Alejandría, Antioquía y, un poco más tarde, Bizancio [5].

Elementos esenciales de la Plegaria Eucarística

Los elementos esenciales de la Plegaria Eucarística se presentan sintéticamente en el Catecismo:

- En el Prefacio, “la Iglesia da gracias al Padre, por medio de Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación. De este modo toda la comunidad se une a la alabanza incesante que la Iglesia celeste, los ángeles y todos los santos cantan al Dios tres veces Santo” [6].

- En la Epíclesis, la Iglesia “ora al Padre para que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición) sobre el pan y el vino, para que se conviertan, por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo y para que aquellos que participan en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas sitúan la epíclesis tras la anámnesis)” [7].

- En el corazón de la Plegaria Eucarística, es decir, en el relato de la institución, “la eficacia de las palabras y de la acción de Cristo, y el poder del Espíritu Santo, hacen sacramentalmente presentes bajo las especies del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido ofrecido en la cruz de una vez por todas” [8].

- Al relato institucional sigue la anámnesis, en la que “la Iglesia hace memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Vuelta gloriosa de Jesucristo; ésta presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él” [9].

- En las intercesiones, se “manifiesta que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en la comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus diáconos, y todos los obispos del mundo con sus Iglesias” [10].

Desde la antigüedad tardía hasta la reforma litúrgica efectuada tras el Concilio Vaticano II, elCanon Missae era la única Plegaria Eucarística del Rito Romano, y es aún así para la forma extraordinaria de este rito, celebrada de acuerdo con el Missale Romanum de 1962. En la editio typica del Misal, publicada en 1970, el Canon Romano se ha conservado con algunas modificaciones secundarias (y con la reducción de los gestos ceremoniales) como la primera de cuatro Plegarias Eucarísticas. Las nuevas Plegarias Eucarísticas contienen elementos tanto de la tradición latina como de las orientales. Sucesivamente se han añadido al Misal aún otras Plegarias Eucarísticas.

El Canon Missae se remonta a la segunda mitad del siglo IV, periodo en el que la liturgia latina romana comenzó a desarrollarse plenamente. En su De Sacramentis, que consiste en una serie de catequesis dirigidas a los nuevos bautizados en torno al año 390, san Ambrosio cita de forma extendida pasajes de la Plegaria Eucarística utilizada en ese tiempo en su ciudad [11]. Los pasajes citados representan las primeras formulaciones de las oraciones Quam oblationem, Qui pridie, Unde et memores, Supra quae, y Supplices te rogamus del Canon que se encuentra en los primeros Sacramentarios romanos.

En la más antigua tradición romana, el Canon inicia con lo que nosotros llamamos Prefacio, un acto solemne de agradecimiento a Dios por sus innumerables beneficios, especialmente por su obra de salvación. El Sanctus fue introducido en un momento sucesivo, separando así el Prefacio de las plegarias que siguen. Es una característica propia del Rito Romano que el texto del Prefacio varíe de acuerdo con el tiempo litúrgico o en la fiesta celebrada. Las colecciones más antiguas de Misas recogían diversos Prefacios, que se habían reducido mucho ya al principio de la Edad Media, de modo que el Missale Romanum de 1570 mantenía sólo once. Sucesivamente se añadieron otros, y ciertamente representa una de las ganancias del trabajo más reciente de reforma litúrgica el haber enriquecido el corpus de los Prefacios eligiéndolos de las fuentes antiguas [12].

La plegaria sacerdotal

Como escribió Juan Pablo II en su Carta Apostólica Dominicae Cenae en los primeros años de su pontificado, la Eucaristía es “la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y junto con ella” [13]. La Plegaria Eucarística es verdaderamente la plegaria sacerdotal por excelencia porque, como enseña el Concilio Vaticano II, el sacerdote ordenado “realiza el sacrificio eucarístico en el papel de Cristo y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” [14]. El sacerdote, que recibiendo el sacramento del Orden ha sido conformado a Cristo Sumo Sacerdote, actúa y habla representando a Cristo Cabeza. Es por esta razón – escribe Juan Pablo II en su última EncíclicaEcclesia de Eucharistia – que “en el Misal Romano está prescrito que sea únicamente el sacerdote en recitar la Plegaria Eucarística, mientras el pueblo se asocia a él con fe y en silencio” [15].

En la consagración de la Eucaristía, el sacerdote ordenado no actúa nunca por sí solo, sino siempre en y con el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, cuyos miembros, a través de las virtudes infundidas de la fe y de la caridad, participan en la acción de Cristo Cabeza, representados por el sacerdote ministro. El Papa Pío XII, en su Encíclica Mediator Dei, afirma que también los fieles “ofrecen la Víctima divina, si bien en un sentido diverso” respecto a como la ofrece el sacerdote ministro. Esta enseñanza está confirmada por referencias a los escritos sobre la Misa del papa Inocencio III y de san Roberto Bellarmino. Pío XII llama la atención también sobre el hecho de que las plegarias litúrgicas de ofrenda están a menudo en primera persona del plural, como sucede también en diversas partes del Canon de la Misa [16]. El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, sigue la Mediator Dei cuando proclama que los fieles, al participar en el Misterio de la Fe, o sea, en la Santa Eucaristía, “den gracias a Dios, ofreciendo la Víctima inmaculada no sólo por las manos del sacerdote, sino junto con él, y aprendan a ofrecerse a sí mismos” [17]. Como enseña también la Constitución Dogmática conciliar sobre la Iglesia, los fieles, en virtud de su sacerdocio real, participan en la ofrenda de la Eucaristía” [18]. A través del carácter indeleble que recibieron en el Bautismo, los fieles participan en el sacerdocio de Cristo y por tanto también en la ofrenda sacrificial que Él hace de dí mismo al Padre en el Espíritu Santo.

Esta enseñanza del Magistero de la Iglesia ofrece también el fundamento para una renovada y más profunda comprensión de la participatio actuosa (participación activa) de los fieles en la liturgia, participación que no solo es exterior, sino que también y sobre todo es interior. Desde esta perspectiva se entiende también mejor porqué desde la época carolingia hasta la reforma del Vaticano II, y también hoy en la forma extraordinaria del Rito Romano, el sacerdote celebrante reza el Canon en silencio. Como explicó el entonces cardenal Joseph Ratzinger, haciendo así no se niega la comunión ante Dios:

“No es cierto en absoluto que la recitación en voz alta, ininterrumpida, de la Plegaria Eucarística sea la condición para la participación de todos en este acto central de la Celebración eucarística. Mi propuesta de entonces era: por una parte, la educación litúrgica debe hacer que los fieles conozcan el significado esencial y la dirección fundamental del canon; por la otra, las primeras partes de cada oración deberían ser pronunciadas como una invitación a toda la comunidad para que, después, la oración silenciosa de cada uno haga propia la entonación y pueda llevar la dimensión personal a la comunitaria, y la comunitaria a la dimensión personal. Quien ha vivido personalmente la unidad de la Iglesia en el silencio de la Plegaria Eucarística ha experimentado qué es el silencio verdaderamente pleno, que representa a la vez un grito fuerte y penetrante dirigido a Dios, una oración rebosante de espíritu. Aquí nosotros rezamos verdaderamente juntos el Canon, como también en la unión con el cargo particular del servicio sacerdotal” [19].

Para los sacerdotes, la Celebración de la Eucaristía es el momento más importante de la jornada. Todas las demás actividades, cualquier otro aspecto de su existencia sacerdotal, debe estar íntimamente conectado con la ofrenda del Santo Sacrificio. Aquí encontramos el corazón del sacerdocio, es más, de toda la naturaleza sacramental de la Iglesia, como dijo bien el entonces teólogo Joseph Ratzinger:

“Para que el acontecimiento sucedido en un tiempo pasado se haga presente, deben por tanto ser pronunciadas las palabras: Esto es mi Cuerpo – Esto es mi Sangre. Pero en estas palabras se supone que habla el Yo de Jesucristo. Solo Él puede decir estas cosas; son Sus palabras. Ningún hombre puede pretender declarar el Yo de Jesucristo como propio. Ninguno puede decir aquí de forma apropiada 'Yo' y 'Mio'. Y sin embargo, esto debe decirse, si el ministerio salvífico ya no es un pasado lejano. Por eso se puede decir a partir de un munus [Vollmacht] que nadie puede darse a sí mismo . Un munus que ni siquiera la comunidad o muchas comunidades pueden transmitir, sino que solo puede fundarse en la autorización 'sacramental' dada a toda la Iglesia por el mismo Jesús. [...] Y esto es exactamente la 'Ordenación sacerdotal' y el 'Sacerdocio'” [20].

Notas

[1] Catecismo de la Iglesia Católica [=CCC], n. 1352.

[2] Papa Vigilio, Ep. ad Profuturum, 5: PL 69,18

[3] Cipriano de Cartago, Ep. 63,16-17: CSEL 3,714-715.

[4] Benedicto XVI, Homilía durante la Celebración Eucarística en la Explanada de los Inválidos, París (13 de septiembre de 2008).

[5] Cf. Joseph Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, San Pablo, Cinisello Balsamo 2001,pp. 155-166.

[6] CCC, n. 1352.

[7] CCC, n. 1353

[8] Ibid.

[9] CCC, n. 1354.

[10] Ibid.

[11] Ambrosio de Milán, De Sacramentis, IV, 5,21-22; 6,26-27: CSEL 73,55 e 57.

[12] En su Carta a los Obispos de todo el mundo para presentar el Motu Proprio sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970 (7 de julio de 2007), el Papa Benedicto XVI indica que el Misal antiguo podría ser enriquecido con la inserción de “nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios”.

[13] Juan Pablo II, Carta Apostólica Dominicae Cenae (24 de febrero de 1980), n. 2.

[14] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 10.

[15] Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de 2003), n. 28.

[16] Pío XII, Carta Encíclica Mediator Dei (20 de noviembre de 1947), nn. 85-87.

[17] Concilio Vaticano II, Constitución sobre Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 48.

[18] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 10.

[19] J. Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, p. 211.

[20] J. Ratzinger, Das Fest des Glaubens. Versuche zur Theologie des Gottesdienstes, Johannes, Einsiedeln 1993 (III ed.), pp. 84-85 (= J. Ratzinger, Theologie der Liturgie. Die sakramentale Begründung christlicher Existenz, Gesammelte Schriften 11, Friburgo, Herder 2008, p. 626).

   

El sacerdote en los Ritos de Comunión de la Santa Misa

Columna de teología litúrgica dirigida por don Mauro Gagliardi

ROMA, domingo 14 de marzo de marzo 2010 , domingo, 14 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- El padre Paul Gunter, profesor en el Pontificio Instituto Litúrgico y Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, nos ofrece en este artículo una panorámica sobre los Ritos de Comunión de la Santa Misa (forma ordinaria y extraordinaria), concentrando la atención sobre el sacerdote celebrante. De su exposición surge el significado litúrgico y espiritual de estos ritos, que disponen al sacerdote y a los fieles a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con las debidas disposiciones del alma, de modo que la Comunión eucarística produzca frutos de conversión y de santidad en sus vidas (don Mauro Gagliardi).
***
El sacerdote que se prepara a los ritos de Comunión en la Misa está predispuesto por la Plegaria Eucarística, que acaba de completar, a reconocer que "en el relato de la institución, la eficacia de las palabras y de la acción de Cristo, y el poder del poder del Espíritu Santo, hacen sacramentalmente presentes bajo las especies del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido sobre la cruz una vez para siempre" [1]. Por otro lado, cuando llega el momento en que el sacerdote y los fieles reciben la Santa Eucaristía, o sea, cuando se preparan a comer el Cuerpo del Señor y a beber su Sangre, es necesario acordarse del discurso de Jesús en Cafarnaúm, que representa la recepción de la Santa Eucaristía tanto como una venida que como un encuentro [2].
Por cuanto respecta al tema de la venida, el Evangelio de san Juan dice: "el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo" [3]. Sobre el encuentro, la Eucaristía es incluso concebida como expresión de la relación interna en la Santísima Trinidad, atestiguada en la relación filial de Jesús con su Padre celestial. Jesús la explica con las palabras: "No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida" [4]. "Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" [5]. En consecuencia, la preparación personal y pública para recibir la Santa Eucaristía, que los Ritos de Comunión favorecen de forma tan intensa, tanto en la forma ordinaria como en la extraordinaria de la Misa, no preparan al sacerdote y a los fieles a recibir una cosa, sino a una Persona. Come resume Romano Guardini: "No esto, sino a Él, la Persona suprema alabada por toda la eternidad" [6].
La forma ordinaria del Rito Romano
En la forma ordinaria (o Misa de Pablo VI), al inicio de los Ritos de Comunión, guiados por el sacerdote, el pueblo está en pie. A nivel simbólico, la imagen del sacerdote que está en el centro del altar, rodeado por la asamblea en pie, representa una anticipación de la Iglesia que estará con Cristo en el cielo al final de los tiempos. El sacerdote introduce el Pater Noster utilizando una de las fórmulas previstas, antes de que se recite o se cante juntos la oración del Señor. Las palabras que Jesús nos enseñó para que rezásemos con confianza, y que nosotros utilizamos antes de acercarnos a la Santa Eucaristía, han sido comentadas por numerosos autores. Por ejemplo, algunos textos tomados del comentario de san Cipriano de Cartago sobre la oración del Señor fueron insertados en el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas, en la semana undécima del Tiempo Ordinario, para educarnos a un mayor aprecio del significado de estas palabras [7]. Los textos de san Cipriano recuerdan al sacerdote que cada recitación del Pater Noster es un acto eclesial, que trae consecuencias en la vida de los demás. San Cipriano escribió:
"Ante todo, el Maestro de la paz y de la unidad no quiso que orásemos por cuenta nuestra y en privado, de manera que cada uno rezase sólo para sí mismo. Por eso no decimos Padre mio que estás en el cielo, o Dame hoy mi pan [...]. Nuestra oración es pública y para todos y, cuando rezamos, lo hacemos no por una persona sola, sino por todas, porque nosotros todos somos uno" [8].
La oración Libera nos continua difundiendo dulcemente los ecos del Pater Noster y describe la indignidad humana y la necesidad de liberación del mal con que nos acercamos a la Eucaristía. El sacerdote, que reza a favor de cada uno, reconoce, por un lado, las circunstancias que inciden sobre nuestra paz, en vidas manchadas por pecados y angustias; y por la otra, la gozosa esperanza que trae la venida del Señor. El pueblo completa la oración con una doxología, que expresa la expectativa de que el Señor cumplirá su promesa de ser glorificado en nosotros. La oración Domine Iesu Christe se concentra sobre nuestros pecados y angustias y reposa sobre la fe de la Iglesia que espera la paz y la unidad del reino, como cumplimiento de la voluntad de Dios. Después, el sacerdote extiende las manos e intercambia el saludo con la asamblea: Pax Domini sit semper vobiscum. Se responde: Et cum spiritu tuo.
El intercambio efectivo de la paz no representa un componente obligatorio de la liturgia: el diácono o el sacerdote pueden, si es oportuno, invitar a los presentes a intercambiarse el signo de la paz. Las discusiones respecto al momento más apropiado para intercambiarse la paz dentro de la liturgia sin distintas de las que se refieren al modo de intercambiarla. El Misal mantiene las debidas distinciones eclesiológicas. Ciertamente, el intercambio de la paz no es un momento en el que de una actitud formal se pase a una informal, sino más bien un momento en el que las relaciones humanas, que son parte intrínseca del orden de las cosas, se revelan en sus justas proporciones. "Se trata de un rito de intercambio, no de un saludo por las buenas" [9]. Santo Tomás de Aquino expresó esta relación entre las relaciones humanas y el buen orden en su bello himno al Santísimo Sacramento con el título Pange Lingua, cantado el Jueves Santo y en el día del Corpus Domini en la liturgia romana [10]. La tercera estrofa recita: "En la noche de la Cena, / sentado a la mesa con sus hermanos, / tras haber observado plenamente las prescripciones de la ley..." [11].
El sacerdote intercambia la paz con el diácono o con el ministro asistente. No está previsto que deje el presbiterio para saludar a los fieles en la nave. Estos se intercambian la paz sólo con aquellos que están más cerca. El libro distingue estos dos gestos (es decir, el del celebrante y el de los fieles), lo que impide que haya un malentendido eclesiológico, que podría brotar de una visión puramente horizontal.
La fracción del pan, que sigue, posee un aspecto práctico y uno simbólico. Desde el punto de vista ritual, en muchos casos el celebrante rompe la Hostia grande, que consume en primera persona. Por otro lado, este rito permite que se use también una Hostia más grande respecto a lo normal, que se haga pedazos para distribuirlos a los fieles. Una partícula de ésta debe meterse en el cáliz, mientras el sacerdote dice en secreto: "El Cuerpo y la Sangre de Cristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna".
El Agnus Dei que acompaña esta acción pide perdón y se dirige a Jesús, que es el Cordero pascual, cuyo cuerpo sacrificado ha derramado su sangre para el perdón de los pecados. La imagen de Jesús como Cordero está representada en un modo extraordinario por un retablo de la catedral de San Bavón, en Gante, en la que se ve un cordero de pie sobre el altar, que derrama su sangre en un cáliz [12]. El Agnus Dei se remite al Libro del Apocalipsis, que proclama la dignidad del Cordero que fue inmolado [13] y la bendición de aquellos que son invitados al banquete de bodas del Cordero [14]. La antigüedad del Agnus Dei en el Rito Romano es tal que muchos expertos sostienen que fue el papa Sergio I (687-701) quien lo introdujo en la Misa. La tercera invocación del Agnus Dei pide la paz porque la Santísima Eucaristía es Sacramento de Paz, en cuanto que es el medio a través del cual todos aquellos que lo reciben se estrechan en un vínculo de unidad y de paz [15].
El sacerdote reza en secreto una oración preparatoria personal a la Santa Comunión, entre las dos que propone el Misal. En la primera, pide ser liberado de sus iniquidades y de todo otro mal, a través del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y pide la gracia de permanecer en los mandamientos del Señor para que nada pueda nunca separarle de él. En la segunda, el sacerdote ora para que su recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo no traiga sobre él un juicio de condena, sino al contrario, represente una defensa y una cura para el alma y el cuerpo. La Comunión del sacerdote, que siempre precede a la de los fieles, se hace bajo las dos especies, para completar la acción litúrgica de la Misa. Él ora para que el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo conduzcan a la vida eterna. En cambio, en la purificación de los vasos sagrados, reza en favor de los que han comulgado (incluido, por tanto, él mismo), para que lo que han recibido con los labios sea recibido por un corazón puro, y para que de simple don hecho en el tiempo, la Comunión eucarística se convierta en un remedio que dura para la vida eterna. El conjunto de estas palabras y acciones revela que aquí se ha celebrado un gran misterio: la Celebración eucarística es un kairos - tiempo favorable del Señor - que ha interceptado el chronos, o sea, el tiempo que es simple sucesión de acontecimientos que tienen lugar alrededor nuestro. Por eso aquí, ante Dios, el silencio representa en el fondo la única respuesta personal apropiada que proviene de la parte más íntima de nuestro ser para expresar fe, reverencia y comunión de amor con Aquel que hemos recibido.
Este momento de silencio debería ser salvaguardado con atención. Debería durar minutos y no segundos, para proporcionar un espacio de oración claramente definido. En la oración después de la Comunión, que también prevé una pausa de silencio después del Oremus, sobre todo si esta no ha sido observada en precedencia, el sacerdote guía el agradecimiento de la Iglesia y reza para que el don de la Comunión, que ha sido distribuido, pueda dar fruto en nosotros. El Amén con el cual los fieles responden a esta oración concluye los Ritos de Comunión, que habían iniciado con la invitación del sacerdote a rezar el Pater Noster.
La forma extraordinaria
El sacerdote en los Ritos de Comunión de la forma extraordinaria (o Misa de san Pío V) realiza gestos más complejos, que indican la identidad y la función sacerdotales, en preparación a la Santa Comunión. Siguiendo el mismo orden usado para exponer los ritos de la forma ordinaria, consideremos ahora la extraordinaria, comenzando por la introducción al Pater Noster hasta la conclusión de la oración tras la Comunión. Se notan ciertamente diferencias entre ambas formas que componen el Rito Romano. Dado que el Misal Tridentino prevé celebraciones con distintos grados de solemnidad, en estos casos los ministros asistentes llevan a cabo acciones que en cambio son realizadas por el propio sacerdote cuando celebra la Misa Baja (no solemne). El sacerdote recita el Pater Noster él solo y el ministro asistente responde: sed libera nos a malo. El Libera quaesumus incluye las intercesiones de todos los santos, y además de mencionar a la Virgen María y a los santos Pedro y Pablo, incluye también a san Andrés, probablemente como signo de particular devoción hacia el apóstol.
Cuando el sacerdote reza para obtener la paz en nuestros días [16], hace el signo de la cruz sobre sí mismo con la patena y la besa sobre la orla superior, antes de ponerla bajo la Hostia, para preparar el desarrollo de la fracción del pan. En su explicación de las oraciones y ceremonias de la Santa Misa, Guéranger ofrece un comentario que describe el objetivo de la fórmula Haec Commixtio, que se dice en el momento de inserir la partícula de la Hostia en el cáliz - comentario que al mismo tiempo revela la tendencia de este autor hacia la alegoría:
"El sacerdote después deja caer la partícula que tenía en la mano dentro del cáliz, mezclando así el Cuerpo y la Sangre del Señor, diciendo al mismo tiempo: Haec commixtio et consecratio Corporis et Sanguinis Domini nostri Iesu Christi fiat accipientibus nobis in vitam aeternam. Amen. ¿Cual es el significado de este rito? ¿Qué cosa se significa en la mezcla de la Partícula con la Sangre que está en el cáliz? Este rito no es de los más antiguos, aunque tiene casi mil años. Su fin es demostrar que, en el momento de la resurrección de Nuestro Señor, su Sangre se unió de nuevo a su Cuerpo, circulando en sus venas como antes. No habría sido suficiente que se fuese reunida a su Cuerpo solo su Alma; debía suceder lo mismo con su Sangre, de modo que el Señor estuviese íntegro y completo. Nuestro Salvador, por eso, en la resurrección retomó su Sangre que había sido antes derramada en el Calvario, en el Pretorio y en el Huerto de los Olivos" [17].
Tras el Agnus Dei, hay tres plegarias que el sacerdote dice antes de la Santa Comunión, con los ojos fijos sobre la sagrada Hostia y cuyo contenido se encuentra largamente en los Ritos de Comunión de la forma ordinaria. Después, teniendo la Hostia dice la fórmula Domine, non sum dignus por tres veces y simultáneamente se bate el pecho. Cuando purifica la patena en el cáliz antes de consumir la preciosa Sangre, cita el Salmo 115: "¿Cómo al Señor podré pagar todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré, e invocaré el nombre del Señor", y añade: "Alabando invocaré al Señor y me salvará de mis enemigos" [18]. Durante la purificación del cáliz, tras el Quod ore sumpsimus, el sacerdote reza para que no quede en él alguna mancha de sus faltas y que el Cuerpo y la Sangre de Cristo que ha recibido transformen todo su ser.
Se ve que el énfasis reposa sobre el carácter sacerdotal y sobre las acciones litúrgicas del sacerdote en los Ritos de Comunión son extremamente alentadores. Mientras no esconden la conciencia que el sacerdote posee de su propia indignidad, subrayando con todo su dignidad única y le recuerdan cómo debe luchar para volverse puro y santo como Cristo. Por ello estos ritos invitan - e invitan de un modo inmediato - al sacerdote que realiza el sacrificio a entrar en una unión más estrecha con Jesucristo, Sumo Sacerdote y Víctima. Además invitan a los fieles a reconocer con alegría el ministerio del sacerdocio, cuyo misterio es esencial para la Eucaristía, como "Fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia" [19]. En estos aspectos distintos de la misma invitación, la Iglesia entrevé las maravillas del amor de Dios, que se humilló a sí mismo para compartir nuestra humanidad; amor que renueva su invitación cada vez que su alianza de amor se hace presente sobre el altar, cuando Cristo arrastra nuestra existencia humana cada vez más profundamente a su vida resucitada. Como atestigua el autor del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" [20].

[Por Paul Gunter, O.S.B. Traducción de Inma Álvarez]

Note

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353.
[2] Jn 6.
[3] Jn 6,33.
[4] Jn 6,46-48.
[5] Jn 6,57.
[6] R. GUARDINI, Meditations Before Mass, tr. ingl. E. CASTENDYK, Sophia Institute, Manchester (NH) 1993 (rist.), 174.
[7] Cipriano de Cartago, De Oratione dominica, 4-30, PL 3A, 91-113.
[8] Cipriano de Cartago, De Oratione dominica, 8.
[9] J. DRISCOLL, What happens at Mass, Gracewing, Leominster 2005, 123.
[10] Durante la solemne traslación del Santísimo Sacramento del Jueves Santo y como Himno en las Vísperas del Corpus Domini.
[11] «In supremae nocte caenae recumbens cum fratribus, observata lege plene...».
[12] J. VAN EYCK, Adoración del Cordero, escena del retablo, 1432, Catedral de San Bavón, Gante, Bélgica.
[13] Ap 5,11-12.
[14] Ap 19,7.9. El sacerdote introduce el Domine, non sum dignus, formula basada en Mt 8,8 y Lc 7,6-7 los cuales, en el Misal de Pablo VI, se añadió la imagen de la fiesta del Cordero.
[15] "Oh signo de unidad, oh vínculo de caridad": Agustín de Hipona, In Joannis evangelium tractatus, 26, 13: PL 35, 1613; cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47.
[16] «Da propitius pacem in diebus nostris».
[17] P. Guéranger, Explanation of the Prayers and Ceremonies of Holy Mass, tr. ingl. L. Shepherd, Stanbrook Abbey, Worcestershire 1885, 61.
[18] «Laudans invocabo Dominum et ab inimicis meis salvus ero».
[19] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 3.
[20] Ap 3,19-20.
   

Oración nunca es extraña a la realidad y es el secreto de la vocación, dice Benedicto XVI

VATICANO, 05 Jul. 10 / 09:42 am (ACI)

En su visita a la localidad italiana de Sulmona por el Año Jubilar Celestiniano en ocasión del 800° aniversario del nacimiento de Celestino V, el Papa Benedicto XVI sostuvo un especial encuentro con los jóvenes a quienes explicó que la oración, es decir la relación donde se cultiva la amistad con Dios, nunca es extraña a la realidad y es el secreto de la vocación de quienes deciden aceptar el llamado divino.

El Santo Padre alabó la "memoria histórica" de los jóvenes que poco antes se habían referido a Celestino V como un personaje que conservaba toda su actualidad. "Sin memoria, no hay futuro. Si hace tiempo se decía que la historia era maestra de vida, la cultura consumista actual tiende, en cambio, a clavar al ser humano en el presente, haciéndole perder el sentido del pasado, de la historia; pero así lo priva también de la capacidad de comprenderse, de percibir los problemas y de construir el futuro. Queridos jóvenes: quiero deciros que el cristiano es alguien que tiene buena memoria, que ama la historia y quiere conocerla".

Al referirse al legado de San Pedro del Morrone, Benedicto XVI resaltó algunas cualidades perennes como "la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior", y explicó que "es importante aprender a vivir momentos de silencio interior a lo largo de nuestras jornadas para poder escuchar la voz del Señor".

"Estad seguros que si aprendemos a escuchar esa voz y a seguirla con generosidad no tenemos miedo de nada porque sabemos y sentimos que Dios está con nosotros. El secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración. Y esto es válido sea antes de la decisión, o sea en el momento de decidir si emprender el camino, sea después, si queremos ser fieles y perseverar en el camino. San Pedro Celestino fue en primer lugar un hombre de oración, un hombre de Dios".

Seguidamente el Papa advirtió que "la oración verdadera no es absolutamente extraña a la realidad. Si rezar os alienase, os apartase de vuestra vida real estad en guardia: no es una oración de verdad".

"No se trata de multiplicar las palabras, sino de estar en presencia de Dios, haciendo nuestras, en la mente y en el corazón, las frases del Padre Nuestro, o adorando la Eucaristía, o meditando el Evangelio, o participando en la Liturgia. Todo esto no aparta de la vida, al contrario contribuye a que seamos realmente nosotros mismos en todos los ambientes, fieles a la voz de Dios que habla a la conciencia, libres de los condicionamientos del momento".

"La fe y la oración no resuelven los problemas, pero nos permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva, de forma digna del ser humano y también de manera más serena y eficaz. Si contemplamos la historia de la Iglesia observamos que está repleta de figuras de santos y beatos que partiendo de un diálogo intenso y constante con Dios, iluminados por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas: la salud, la instrucción, el trabajo, etc. Su decisión estaba animada por el Espíritu Santo y por un amor fuerte y generoso por los hermanos, especialmente por los más débiles y con más desventajas".

El Papa exhortó luego: "¡Queridos jóvenes, dejaos conquistar totalmente por Cristo! Emprended también vosotros con decisión el camino de la santidad, es decir el estar en contacto y en conformidad con Dios, que está abierto a todos, porque también os hará ser más creativos a la hora de hallar soluciones a los problemas que encontráis y de hallarlas juntos. Otra característica del cristiano es que nunca es individualista".

Benedicto XVI también explicó que la elección de vida eremita de Pedro de Morrone (Celestino V) no fue una fuga de la responsabilidad, porque "en las experiencias aprobadas por la Iglesia, la vida solitaria de oración y penitencia está siempre al servicio de la comunidad y nunca se contrapone a ella. Los eremitorios y los monasterios son oasis y fuentes de vida espiritual a las que todos pueden recurrir. El monje no vive para sí mismo, se dedica a la vida contemplativa por el bien de la Iglesia y de la sociedad, para que puedan estar siempre irrigadas de energías nuevas, de la acción del Señor".

El Papa animó también a los jóvenes a amar "a la Iglesia: os ha dado la fe, os ha hecho conocer a Cristo. Conservad vuestro entusiasmo, vuestra alegría que nace del haber encontrado al Señor y comunicadla a vuestros coetáneos. Con vosotros siento que la Iglesia es joven".

"Caminad, queridos chicos y chicas, caminad por la senda del Evangelio, amad a la Iglesia, madre nuestra; sed sencillos y puros de corazón; humildes y fuertes en la verdad: humildes y generosos", concluyó.

Finalizado el encuentro, el Papa bajó a la cripta para venerar las reliquias de San Pánfilo y San Celestino V. Después se desplazó al estadio Pallozzi para despedirse de las autoridades que lo habían recibido por la mañana y a las 5:45 p.m. volvió en helicóptero al Vaticano.

   

Ser sacerdote da una alegría y ganas de vivir increíbles, dice Arzobispo

Mons. Braulio Rodríguez, Arzobispo de Toledo

TOLEDO, 05 Jul. 10 / 08:24 pm (ACI/Europa Press)

El Arzobispo de Toledo, Mons. Braulio Rodríguez, ha animado este domingo a los seis nuevos sacerdotes y 15 diáconos de la diócesis, a los que ha ordenado en la Catedral Primada, a que celebren "siempre" la Eucaristía con "amor, temblor y alegría profunda".

Según ha asegurado Mons. Rodríguez en la homilía celebrada en la capital regional, donde también han estado presentes cinco obispos, dos abades mitrados y cerca de dos centenares de sacerdotes; "este es un día de alegría para toda la Diócesis" con "nuevos sacerdotes y nuevos diáconos de Jesucristo, para el servicio del Pueblo de Dios".

De este modo, ha agradecido tanto la labor realizada por los seminarios Mayor y Menor "por cuanto habéis hecho en la formación de estos jóvenes", como a la familia de los nuevos presbíteros y diáconos. También ha felicitado a las parroquias de las que salieron y en las que han trabajado.

Tras recordar las palabras del Papa Benedicto XVI en la clausura del año sacerdotal, el arzobispo de Toledo ha dicho a los jóvenes "que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro 'sí'".

Por ello, ha manifestado que, junto con la Iglesia, "tenemos que pedir a Dios esta vocación", añadiendo que "otro tipo de sacerdocio sería bien acogido por muchos en nuestra sociedad de débil pensamiento, pero sería un fracaso y una infidelidad a lo que nos dice Cristo, a la audacia de Dios que confía en nuestra limitación y pequeñez".

En este sentido, y tras asegurar a los ordenandos que "no quiero yo dorar ninguna píldora", ha asegurado que "ser sacerdote es un riesgo y una responsabilidad, pero es posible y da una alegría y unas ganas de vivir increíbles". Además, ha añadido que Dios "no nos dejará solos" y se ha mostrado "particularmente contento" de acoger en el seno del 'presbiterio' toledano a estos seis nuevos sacerdotes y de ordenar a los nuevos diáconos.

"Acontecimiento de gracia"

"Nos sentimos, de este modo, invitados todos a entrar en el 'misterio', en el acontecimiento de gracia que se realiza esta tarde en vuestros corazones con la ordenación sacerdotal y diaconal. Dejémonos, pues, iluminar por la Palabra de Dios que ha sido proclamada ante nosotros", ha manifestado.

Tras ello, ha explicado que una de las características "más llamativas" del seguimiento de Jesús es el carácter absoluto de sus exigencias conforme al mensaje del Reino. "Jesús no quiere discípulos con el corazón dividido, los quiere convencidos de la absoluta novedad del Reino, y entregados a él con todas las fuerzas de su corazón", ha afirmado. "Es bueno el entusiasmo en nuestra declaración de seguir al Señor; pero conviene también el realismo de la dificultad de esta empresa", ha apuntado Mons. Rodríguez, quien ha preguntado si "pide Jesús unas exigencias que sobrepasan lo que humanamente puede pedirse".

"Estoy seguro que no es así. Lo que sí parece es que al Señor no le gustan los indecisos o la blandura de una fe 'light', al estilo de nuestro mundo, Él pide que seamos honestos y no nos engañemos, exige que arando se eche mano al arado y no se siga mirando atrás, pero quiere siempre la libertad y la concentración que da su seguimiento, no personas sin rumbo o sin decisión, de lo contrario no se ara bien", ha concluido.

   

Página 9 de 201

<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>

CatInfor.com: información católica actualizada

Diseño web

Revaloria.org: difundiendo valores cristianos por internet

Descargar libros gratis

Foro JMJ Madrid 2011

JMJ Madrid 2011

¿Quieres anunciarte aquí?