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Noticias y artículos en torno a la festividad de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei
30 de junio de 2010
Diario de Mallorca. Celebración de la fiesta del fundador del Opus Dei en la Seu
Benedicto XVI pide a los jóvenes que apoyen a los sacerdotes
Benedicto XVI viajó a la localidad italiana de Sulmona para conmemorar el 800 aniversario del nacimiento del Papa Celestino V. Es el único Papa de la historia que renunció a su cargo. Decía que no se consideraba apto para la tarea.
El vuelo del águila
Siempre recordaré el comentario de un viejo amigo, todo menos conservador, que a mediados de los 90 me decía que "Ratzinger vuela como un águila, mientras sus críticos parecen ratones". Y eran los años duros en que el prefecto de la Doctrina de la Fe se batía el cobre con los rescoldos de una teología secularizada que gozaba del aplauso de la gran prensa. Podríamos decir con el Esclesiastés que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero sí lo hay. O al menos, ahora lo vemos mejor. 
La primera mitad del 2010 podría verse como un auténtico potro de tortura para Benedicto XVI, pero él lo ha vivido como una oportunidad de enseñar de nuevo qué es el cristianismo, una ocasión para volver a la fuente de la fe y para regenerar al pueblo cristiano. No ha habido tregua para el Papa: la histórica carta a los católicos de Irlanda, los viajes a Malta, Portugal y Chipre, los conmovedores encuentros con las víctimas de abusos sexuales, la impresionante guía del pueblo reunido en la Plaza de San Pedro el 16 de mayo, su planteamiento novedoso sobre el diálogo y la misión, la inolvidable clausura del Año Sacerdotal, los nombramientos en la Curia romana... Todo ello en medio de un chaparrón de fango lanzado desde las más poderosas tribunas del poder mundano, un chaparrón que en muchos casos le buscaba precisamente a él, a Benedicto, ese Papa extraña mezcla de inteligencia y mansedumbre, de pasión y serenidad, ese hombre que ama la tradición viva tanto como para no temer las preguntas inquietantes de los modernos.
Todavía esta semana el New York Times lanzaba su enésima andanada, su ideología desaforada y llena de engañosas construcciones y zafias mentiras contra el hombre que no se defiende en Roma, contra este Pedro del siglo XXI al que no hacen temblar las persecuciones, pero que llora por la traición de sus hijos. Y no sólo por el horrendo pecado de los abusos (frente al que ha lanzado una formidable operación de limpieza y transparencia) sino por el daño inmenso de una fe contaminada, deformada y vaciada. Todavía esta semana un mezquino imitador de la gran pompa neoyorkina, nuestro rancio El País, lanzaba un editorial-píldora condensado de mentiras descabelladas sin inmutarse. Es cierto que Pedro es ya poco más que basura para cierta prensa, pero al menos esperábamos cierta altura profesional de las grandes cabeceras del mundo laico. Ingenua esperanza.
Pero la incomprensión y el odio no vienen sólo de fuera. La Reppublica se ufanaba con un artículo del pretendido teólogo Vito Mancuso que lanzaba su anatema total contra la Iglesia de Benedicto cual si fuera una cueva de perdición, mientras entonaba el cansino canto de una comunidad toda espiritual y sin mancha, democrática y autogestionada, un nuevo comienzo del verdadero cristianismo. Y en la otra esquina están los que murmuran en voz baja contra este Papa que no desenvaina la espada, que sale al encuentro del mundo moderno, que piensa y reza demasiado pero no utiliza los poderes de la historia para defender el legado de la gran institución católica, que no entiende la misión como un lanzar las huestes contra el enemigo en una suerte de nueva batalla de Solferino.
¿Entonces está solo el Papa, como dicen tantos analistas bien intencionados? No. En primer lugar Benedicto XVI tiene una genialidad única pero no es un asteroide. Es hijo de un pueblo, de la tierra de la Iglesia del siglo XX, de un flujo vital, intelectual y afectivo, que ha alimentado el Espíritu durante decenios. Y no le faltan compañeros con los que ciertamente vive una relación de saludable paternidad y libertad, colaboradores francos y leales que saben como él que la respuesta a estos tiempos difíciles no viene de programas prefabricados ni de maniobras astutas. Viene de la conversión a Cristo, aunque les suene a música celestial a tantos clericales de izquierda y derecha.
Pero además, como en tantas ocasiones a lo largo de la historia, Pedro conecta especialmente con el pueblo de los sencillos (ése del que abominan los autoproclamados católicos adultos de una y otra orilla). Como aquella mujer sin techo que le saludó en el albergue de la estación Termini: "querido Santo Padre, que Dios le dé la fuerza de permanecer sereno, fuerte y lleno de esperanza, como lo estamos nosotros". O como aquélla que escribió al diario Avvenire reconociendo que no era ella la que sostenía al Papa sino que era él quien la sostenía a ella con su testimonio en el arduo oficio de vivir cada día. O como la familia siciliana que un cuarto de hora después de llegar a la Plaza de San Pedro el 16 de mayo salía corriendo de nuevo para no perder el tren de vuelta a casa. Quince minutos para llevarse esto en el corazón: "prosigamos juntos con confianza por este camino, y que las pruebas que el Señor permite nos impulsen a una mayor radicalidad y coherencia".
Pero igual que con los sencillos, el Papa se gasta en asegurar la paz y la comunión en el cuerpo episcopal, y lo hace con una maestría incomparable. Recordamos su carta a los obispos de todo el mundo cuando se suscitó la polvareda en torno al levantamiento de las excomuniones de los obispos ordenados por Lefebvre, una carta que casi cortaba el aliento por su pureza y autenticidad evangélicas. Y estos días hemos visto cómo se ha empleado a fondo para restaurar la confianza en el colegio cardenalicio entre Schönborn y Sodano, o el modo en que ha aprovechado la triste situación del obispo de Augsburgo, Walter Mixa, para amonestar paternalmente a los obispos alemanes, recordándoles que "en un tiempo de contrastes e inseguridades el mundo espera de los cristianos un testimonio concorde, que nace del encuentro con el Señor resucitado".
El domingo en Sulmona, recordando a Pedro Morrone, el sufrido Celestino V, el Papa recordaba que Jesús espera de sus discípulos el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico, también en los momentos de persecución, sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni a la de la violencia o de la imposición. Poco después les decía a los jóvenes que "la fe y la oración no resuelven los problemas, pero permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva, de una forma digna del hombre". Y les invitaba a confiar en el futuro, porque "si miramos a la historia de la Iglesia veremos que es rica en figuras de santos que... iluminados por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas en todos los siglos". Los jóvenes estaban encantados, pero claro, ¿qué puede significar todo eso para los sabios del NYT?
50 años de vida sacerdotal, 30 de ellos en Nicaragua, del sacerdote español Manuel Conesa
OMPRESS-NICARAGUA (22-06-10) El sacerdote español Manuel Conesa, carmelita descalzo, cumple 50 años de vida sacerdotal, de los cuales más de 30 los ha dedicado a servir en Nicaragua.
Actualmente es vicario parroquial de la parroquia El Carmen de Managua. Ayer lunes cumplió 76 años.
Para el sacerdote carmelita, cumplir 50 años sirviendo a Dios y a la comunidad lo llena de mucha alegría y fortaleza. "Me siento orgulloso de estar nada más y nada menos cumpliendo 50 años de sacerdocio. En estos años ha habido momentos álgidos y otro menos, pero todos los tiempos han sido de estar mirando a Dios, que es igual que estar mirando a los hijos de Dios y me siento orgulloso de ser sacerdote, de haber servido a Dios y también a la Iglesia de María, la Madre de Jesús", afirma con regocijo el padre Manuel Conesa.
La celebración de este aniversario se llevó a cabo en la parroquia El Carmen con una eucaristía de acción de gracias oficiada por Mons. Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua. Fue una fiesta de toda la comunidad parroquial que quiso mostrar su amor y su agradecimiento al padre Conesa por su entrega generosa como sacerdote en Nicaragua de 1978 a 1985 y de 2007 hasta hoy. Recientemente había declarado a un diario local que lo mejor que había encontrado en sus años de ministerio en el continente americano era Nicaragua y los nicaragüenses.
En la homilía Mons. Silvio José Báez, también carmelita descalzo, le agradeció el haber compartido como pastor años muy duros al lado de este pueblo; como carmelita, recordó que el padre Conesa era superior de El Carmen cuando Mons. Báez llegó como aspirante en 1978 y le agradeció toda su labor a favor de la familia del Carmelo en Centro América; finalmente le agradeció como obispo, en nombre del Sr. Arzobispo y de toda la arquidiócesis su trabajo evangelizador y de promoción social a favor de esta Iglesia Local. Al final Mons. Báez hizo una reflexión sobre el sentido del sacerdocio único y eterno de Jesucristo en la Carta a los Hebreos y el significado del ministerio de los sacerdotes en la Iglesia.
En la misa estuvo presente el Provincial de los Carmelitas de Centro América, Juan Miguel Henríquez y varios sacerdotes de la arquidiócesis.
Cuenta este sacerdote español que, pese a que vino al país en momentos de la guerra, ha aprendido a quererla como si fuese su patria. "Yo amo a Nicaragua. Yo llevo 47 años en América y he estado acá por dos ocasiones y por todos lados donde he ido me han preguntado qué es lo que más me gusta de América. Nicaragua. Los nicaragüenses son únicos, acogedores y solidarios. Nicaragua es un país mariano y eucarístico", responde con sinceridad.
Nuestros dos nuevos sacerdotes en Sigüenza-Guadalajara
El domingo 11 de julio el obispo José Sánchez González ordena dos nuevos sacerdotes para su diócesis: Angel Díaz Matarranz y Raúl Pérez Sanz. Con este motivo, el obispo de Sigüenza-Guadalajara escribe la siguiente carta
La ordenación de un nuevo presbítero constituye siempre en la Iglesia un acontecimiento extraordinario, del que, por lo general, fuera de la familia, la parroquia de origen y los diocesanos más comprometidos no siempre se toma cuenta.
Por la imposición de manos del Obispo, son ordenados para ejercer, en la persona de Cristo, el ministerio de los presbíteros en el triple servicio al culto, a la palabra de Dios y a la comunidad cristiana. Ellos serán, como estrechos colaboradores del Obispo, los administradores de los sagrados misterios. Si es propio de un administrador que sea fiel, siguiendo el lema escogido por el Santo Padre Benedicto XVI para el recién clausurado Año Sacerdotal – Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote – hoy y siempre pedimos para nuestros dos nuevos presbíteros, Ángel y Raúl - para nuestros sacerdotes diocesanos y para todos lo sacerdotes el don y la virtud de la fidelidad. Que en su seguimiento de Cristo aprendan a responder a su infinito amor como Él nos ha amado, a serle fieles porque Él es fiel y como Él es fiel y a servirle hasta dar la vida por Él y por los hermanos, como Él nos ha servido. La Ordenación de los presbíteros, que es una celebración solemne y emocionante, con la participación de la mayoría de los presbíteros diocesanos, de los familiares, amigos y de numerosas personas que ya han recibido el servicio de los ordenándoos durante su tiempo de seminaristas y de diáconos, es también una ocasión propicia para que todos nos preguntemos: ¿Porqué, si este momento es tan emocionante, que suscita una cierta admiración y hasta una fascinación entre los asistentes, no tenemos más vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en nuestra Iglesia? Es posible que la consideración de la vida y ministerio de los sacerdotes, desde el día después de su Ordenación, contemplada y medida con los criterios al uso en nuestra sociedad, que valora con exceso lo económico, el nivel de vida, el poder y la fama, no cautive a los niños y jóvenes de hoy. Tampoco cautivaría la vida y ministerio de Jesús en su vida, si, con los criterios de nuestro mundo, contempláramos al Señor como pobre, casto, humilde, servidor incondicional y, al final, perseguido y crucificado. Contemplemos con fe la vida de nuestros hermanos sacerdotes y la de tantas personas consagradas a Dios, que dan por bueno el sufrimiento, la cruz, la renuencia y la entrega por amor a Dios y a los demás y viven ya en esta vida, como el Señor, en anticipo y prenda, la bienaventuranza prometida a los que, por Él y por su causa, aceptan la pobreza, el llanto, la persecución y la cruz, porque saben que su suerte está en las manos de Dios, que resucitó de entre los muertos a su Hijo, que fue en vida el hombre más feliz y perfecto, al que el sacerdote sigue y sirve.
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