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Vídeos
La Eucaristía, corazón del sacerdocio
Prosigue el año dedicado a la oración por los sacerdotes. En este vídeo, cuarto de la serie iniciada en este website, se habla sobre la unión entre el sacerdocio y el Santo Sacrificio.
La identidad del sacerdote
¿Qué diría el Santo Padre al oído a cada sacerdote del mundo si pudieran encontrarse un momento? Según el secretario de la Congregación para el Clero, Mons. Mauro Piacenza, Benedicto XVI hablaría de identidad (03’29’’).
Dar gracias a Dios por los sacerdotes
Segundo vídeo de la serie dedicada al Año Sacerdotal. El profesor Francisco Varo recuerda que los sacerdotes siempre han estado en los momentos mejores y más importantes de nuestras vidas, haciendo presente a Dios (04'30'').
Mensaje del Prelado del Opus Dei con motivo del Año Sacerdotal
Benedicto XVI ha convocado un año en el que se rezará de modo especial por los sacerdotes. Con ese motivo, iniciamos una nueva colección de vídeos sobre el don del sacerdocio. Introduce la serie Mons. Javier Echeverría (05’18’’)
"Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal" 5/5
Con el título "Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal", Mons. Javier Echevarría pronunció una conferencia en los Diálogos de Teología Almudí, invitado por Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Valencia.
"Sacerdote para la eternidad" es el título de la tercera homilía, en la que san Josemaría reflexiona sobre la Santa Misa; sobre la naturaleza del sacerdocio católico, su dignidad y su necesidad; y sobre la relación entre sacerdotes y laicos en la Iglesia.
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Conviene recordar, con machacona insistencia, que todos los sacerdotes, seamos pecadores o sean santos, cuando celebramos la Santa Misa no somos nosotros. Somos Cristo, que renueva en el Altar su divino Sacrificio del Calvario. La obra de nuestra Redención se cumple de continuo en el misterio del Sacrificio Eucarístico, en el que los sacerdotes ejercen su principal ministerio, y por eso se recomienda encarecidamente su celebración diaria, que, aunque los fieles no puedan estar presentes, es un acto de Cristo y de la Iglesia (Cfr. Ibidem).
Enseña el Concilio de Trento que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció El mismo cruentamente en el altar de la Cruz... Una sola y la misma es, en efecto, la Víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse (Concilio de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa (Denzinger-Schön. 1743 (940)).
La asistencia o la falta de asistencia de fieles a la Santa Misa no altera para nada esta verdad de fe. Cuando celebro rodeado de pueblo, me encuentro muy a gusto sin necesidad de considerarme presidente de ninguna asamblea. Soy, por un lado, un fiel como los demás; pero soy, sobre todo, ¡Cristo en el Altar! Renuevo incruentamente el divino Sacrificio del Calvario y consagro in persona Christi representando realmente a Jesucristo, porque le presto mi cuerpo, y mi voz y mis manos, mi pobre corazón, tantas veces manchado, que quiero que El purifique.
Cuando celebro la Santa Misa con la sola participación del que me ayuda, también hay allí pueblo. Siento junto a mí a todos los católicos, a todos los creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de Dios -la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas-, dando gloria al Señor la Creación entera.
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Y especialmente, diré con palabras del Concilio Vaticano II, nos unimos en sumo grado al culto de la Iglesia celestial, comunicando y venerando sobre todo la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, de San José, de los santos Apóstoles y mártires y de todos los santos (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 50).
Yo pido a todos los cristianos que recen mucho por nosotros los sacerdotes, para que sepamos realizar santamente el Santo Sacrificio. Les ruego que muestren un amor tan delicado por la Santa Misa, que nos empuje a los sacerdotes a celebrarla con dignidad -con elegancia- humana y sobrenatural: con limpieza en los ornamentos y en los objetos destinados al culto, con devoción, sin prisas.
¿Por qué prisa? ¿La tienen acaso los enamorados, para despedirse? Parece que se van y no se van; vuelven una y otra vez, repiten palabras corrientes como si las acabasen de descubrir... No os importe llevar los ejemplos del amor humano noble y limpio, a las cosas de Dios. Si amamos al Señor con este corazón de carne -no poseemos otro-, no habrá prisa por terminar ese encuentro, esa cita amorosa con El.
Algunos van con calma, y no les importa prolongar hasta el cansancio lecturas, avisos, anuncios. Pero, al llegar al momento principal de la Santa Misa, el Sacrificio propiamente dicho, se precipitan, contribuyendo así a que los demás fieles no adoren con piedad a Cristo, Sacerdote y Víctima; ni aprendan después a darle gracias -con pausa, sin atropellos-, por haber querido venir de nuevo entre nosotros.
Todos los afectos y las necesidades del corazón del cristiano encuentran, en la Santa Misa, el mejor cauce: el que, por Cristo, llega al Padre, en el Espíritu Santo. El sacerdote debe poner especial empeño en que todos lo sepan y lo vivan. No hay actividad alguna que pueda anteponerse, ordinariamente, a esta de enseñar y hacer amar y venerar a la Sagrada Eucaristía.
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El sacerdote ejerce dos actos: uno, principal, sobre el Cuerpo de Cristo verdadero; otro, secundario, sobre el Cuerpo Místico de Cristo. El segundo acto o ministerio depende del primero, pero no al revés (Santo Tomás, S. Th. Supl. q. 36, a. 2, ad 1).
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